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Cine y pacifismo

2 de marzo de 2026 22:43 h

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La gala de los Goya discurrió entre el glamour de la alfombra roja y los dardos reivindicativos característicos de este tipo de actos de la industria cinematográfica, en un día que amaneció con la noticia de las bombas caídas sobre Irán, fruto de un nuevo ataque preventivo, ilegal y unilateral de los EEUU y de su aliado Israel, provocando un nuevo conflicto que tiene al mundo en vilo. De hecho, la velada empezó con los presentadores, Luis Tosar y Rigoberta Bandini, luciendo ostensiblemente un pin con la bandera palestina en la solapa, para denunciar el genocidio en Gaza, y con una explícita condena de la violencia, marca de la casa, pues ya tuvo lugar algo similar en la misma ceremonia con motivo de las guerras de Irak o Ucrania, como se encargó de recordar el actor gallego. Bandini lamentó incluso la orden israelí de expulsar a las ONG de Gaza y Cisjordania, entre ellas a Médicos Sin Fronteras, que ha ahondado más si cabe en la crisis humanitaria que sufre la asediada población gazatí. 

Además, muchos de los asistentes a la gala lucían en su pechera chapas donde se leía el mensaje Free Palestine. Con una chapa de 'Free Palestine' recogió precisamente su Goya de honor una emocionada Susan Sarandon. También hizo lo propio Nagore Aramburu, la primera premiada de la noche como mejor actriz revelación por su papel en Los Domingos. Miki Esparbé, en una breve alocución, significó que “El mundo está muy mal (…) Tenemos que aprovechar esta alfombra roja para utilizar nuestro altavoz y recordar que la cosa sigue estando muy cruda allí”, en relación al conflicto de Palestina. “Parece que estemos en una especie de distopía donde hay unos señores jugando al Risk”, en velada referencia a Donald Trump y al conocido juego de estrategia sobre cómo conquistar el mundo.

Pero no en todas partes sucede lo mismo. Como si de un caso de justicia poética se tratara, la película Yellow Letters, del cineasta turco-alemán Ilker Çatak, sobre la censura de las autoridades turcas a una pareja de artistas, ganó hace unos días el Oso de Oro a la mejor película del festival de cine de Berlín. Y es que el prestigioso certamen estuvo marcado desde el inicio por las declaraciones del jurado presidido por Wim Wenders, en las que lejos de condenar la matanza de Gaza abogó por mantener a la Berlinale alejada de la política, en línea con la pusilánime actitud de gobiernos como el alemán y de la UE en el caso de Gaza, y anticipándose a la posición de los gobiernos teutón. Británico y francés en el caso de Irán. Y claro está, tanta tibieza no hizo más que enojar a gente como Arundhati Roy, autora de El dios de las cosas pequeñas, que canceló su visita a Berlín por entender que se estaba silenciando un crimen contra la humanidad. En este proceloso contexto, el director palestino-sirio Abdallah Alkhatib, premiado por la mejor Ópera Prima con Chronicles From the Siege al recoger su galardón acusó al gobierno alemán incluso de complicidad con el genocidio de Israel en la Franja. La directora de la Berlinale, Tricia Tuttle, tuvo que salir al paso al final diciendo que alzar la voz forma parte de la democracia. Pero al parecer esto no la ha salvado de estar en la cuerda floja pues puede que sea sustituida en cualquier momento. Quizás haya entendido que la libertad de expresión es un elemento que debe estar presente en la creación, y especialmente en el corazón de Europa en estos momentos. Lo contrario es el triunfo definitivo del autoritarismo de Trump, Putin o Xi Jingping. 

Además, el cine y la política van unidos desde siempre, todo lo contrario de lo que afirmó el admirado realizador de París Texas, para quien el cine —dijo— es el contrapeso de la política. Al contrario, como arte de masas, el cine ha contribuido a entretener, pero también a crear universos de poder simbólico como vehículo de propaganda de regímenes totalitarios —recordemos las películas de Leni Riefensthal al servicio del gabinete de propaganda de Goebbels o los noticiarios fascistas al estilo NO-DO de la España de Franco) o la cruda denuncia, ya en democracia, de conflictos como los de los Balcanes (En tierra de nadie), la guerra de Irak (En el valle de Elah o Fahrenheit 9/11) o Ucrania (Mariupol). Ciertamente, gran cantidad de películas del Hollywood actual —la saga de Star Wars, Independence Day, En tierra hostil o El francotirador— han cultivado la idea de que EEUU está librando una batalla en el marco de un choque de civilizaciones como el que preconizaba Samuel Huntington, en el que los malos son identificados con terroristas armados hasta los dientes y los buenos gozan de poderes especiales para salvar a la humanidad. Pero también ha habido en el cine preguntas profundas y de signo contrario, por ejemplo sobre la proliferación negativa de las armas y las matanzas indiscriminadas (Bowling for Columbine). La emergencia del cine independiente (indie) no deja de ser el resultado de la voluntad de separar el cine de arte de este Hollywood de moral uniforme. 

Existe, pues, una tradición cinematográfica crítica con las injusticias, las guerras o el poder de las grandes corporaciones. Quién no recuerda películas tan celebradas como Caballero sin espada, de Frank Capra, donde se proyectaba una imagen vigorosamente idealizada de la democracia en un país como el estadounidense, que no pasa por su mejor momento bajo la égida de Donald Trump. O las de denuncia de todo tipo de villanías públicas como Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula, sobre el caso Watergate, o sobre la discriminación racial como Do the right thing o Malcom X de Spike Lee. O incluso filmes que evidencian el crecimiento de las desigualdades y del malestar por una prosperidad con grandes diferencias entre la población (El capital o Comportarse como adultos de Costa-Gavras, El Lobo de Wall Street de Martin Scorsese, La Gran Apuesta de Adan MacKay, e Inside Job de Charles Ferguson).

En suma, si el cine es un vehículo que ha servido para evidenciar la corrupción, defender los derechos civiles o criticar el estilo de vida desaforado del capitalismo especulativo que exacerba los peores instintos, es lógico que en la gala de los Goya o en el festival de Berlín —o en los César, los BAFTA o los Gaudí— se quiera reflexionar sobre el pacifismo o denunciar las maldades de la geopolítica actual, a menos que una industria cultural tan potente como el cine se deje colonizar también por el creciente autoritarismo posdemocrático y el capitalismo falto de moralidad que desgraciadamente parecen regir nuestros destinos.