El mantra de la categoría 'juventud'
Las sociedades son cada vez más complejas. La especialización laboral, la aceleración de la globalización y la acumulación de conocimiento, entre otras cuestiones, provocan que cualquier análisis que pretenda abordar el funcionamiento de las sociedades tenga que tener en cuenta una gran cantidad de variables. Sin embargo, en plena época de la simplificación, de los tweets y los reels, las explicaciones tienden a simplificarse, lo que en ocasiones conlleva análisis reduccionistas y carentes de cualquier parecido con la realidad.
La juventud como categoría social es quizás una de las más afectadas por esa simplificación de la realidad. Y esa trivialización del propio concepto se puede explicar a través de tres dimensiones.
En primer lugar, cabe preguntarse si es legítimo comprender la sociedad mediante juicios generalizados sobre los grupos de edad, asumiendo que pertenecer a uno de ellos define por completo a la persona y tratándolos como compartimentos estancos. Para comprender la sociedad es necesario incluir otras variables de estudio que son especialmente importantes y determinantes. El nivel de renta o la zona geográfica de residencia influyen enormemente. Una persona joven y una persona mayor pueden tener un grado de coincidencia en sus intereses materiales relevante si comparten capacidad económica. Es decir, un joven de un barrio humilde puede compartir más intereses materiales con una persona mayor de su mismo entorno socioeconómico, que con un joven del barrio de Salamanca en Madrid. En este sentido, tal y como ha señalado Thomas Piketty, la herencia es un elemento diferenciador clave para los jóvenes.
A esto se une que los debates que afectan a los más jóvenes (vivienda, natalidad…) cada vez alcanzan a personas de mayor edad, difuminando las fronteras de los problemas generacionales, ¿Hasta cuándo es uno joven?
En segundo lugar, se debe reflexionar sobre algunos comentarios socialmente extendidos. Es frecuente escuchar que “la juventud está desmovilizada” o que “no muestra interés por el futuro”. Sin embargo, las actuales movilizaciones relacionadas con la vivienda (en el marco del desahucio de Maricarmen) ponen en cuestión esta afirmación. Y, aunque con menor eco mediático, encuentros universitarios como el desarrollado en la UCLM, titulado 'Jóvenes sin miedo al presente. Capaces, conscientes y responsables', evidencian que existen jóvenes sí tienen interés por reflexionar sobre su manera de ver el mundo y por debatir sobre cómo contribuir a la construcción de un futuro mejor. Y lo hacen no desde una perspectiva de grupos de edad, como si se tratasen de compartimentos estancos, sino mediante un debate intergeneracional. Esto último conecta directamente con la primera dimensión comentada anteriormente.
Muy relacionado con todo lo anterior, existe un tercer argumento que se utiliza con frecuencia: “en el pasado, los jóvenes tenían más interés” o “en el pasado la juventud tenía más valores y más compromiso laboral”. Tal y como analizó la filósofa Clara Ramas en su obra 'El tiempo perdido' (2024), tras estos comentarios se esconde un determinada idealización del pasado que puede alimentar una visión edulcorada de épocas anteriores (en el caso español, la dictadura). Cada juventud es fruto de su contexto y, por tanto, establecer comparaciones de brocha gorda contribuye a ensalzar un pasado simplificado y descontextualizado. Lo único que es cierto es que en el pasado todo el mundo era más joven. Quizás ese es uno de los principales motivos de esa idealización por el pasado, porque, como escribió Rubén Darío “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”
En definitiva, la complejidad de la sociedad merece que los análisis sean multinivel y traten de comprender las interacciones humanas en toda su complejidad. La simplificación de cualquiera de los protagonistas de una sociedad (ya sea grupo de edad, género o minorías) supone una tergiversación del carácter poliédrico de las sociedades. La edad puede ser una variable relevante para comprender determinados fenómenos sociales, pero no una explicación en sí misma, y mucho menos si se interpreta a través de tópicos. Convertir estas simplificaciones en categorías explicativas no contribuye a una mejor comprensión del mundo, sino que puede terminar alimentando un enfrentamiento artificial entre grupos de edad.