La rabieta de Meloni
No, no es sólo por lo de Ceuta. Esto viene de atrás. La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, y su homóloga de Dinamarca, Mette Frederiksen, ya coincidieron a primeros de año en oponerse al proceso de regularización de medio millón de inmigrantes ilegales en España. Las protestas hasta ahora han sido sonadas, como la Carta de los Veintidós contra el presidente español Pedro Sánchez, veintidós Estados miembros de la Unión Europea. Y, ahora, de nuevo, otra carta firmada por las dos únicas jefas de Gobierno de los 27 países de la Unión nos afea nuestra política migratoria. Y el problema no son los inmigrantes que van entrando de forma irregular por tierra, mar y aire, sino que el espacio Schengen les permite viajar de forma legal por todo el continente, al menos durante 180 días como turistas.
A ello se añade el nuevo Pacto de Inmigración y Asilo, largamente discutido y modificado desde 2008, y que se aprobó en 2024 entrando en vigor poco antes de nuestra regularización masiva. Lo que debería haber sido un frente común de los países del sur, frente a los insolidarios del norte, ha terminado por enfrentarnos a todos. La frontera del sur seguirá siendo un “hotspot”, como obligaba el Convenio de Dublin II, campos de refugiados en los países del sur para tramitar la estancia o salida de todos los refugiados e inmigrantes que entraran de forma ilegal. ¿Recordamos la “Ley de Joyas” danesa de 2016? Se aplicó a los refugiados sirios, a los que se les confiscaban sus joyas al llegar para sufragar su estancia en el país. ¿O el Plan de la Isla de Lindholm de 2018? Confinaba a una isla danesa deshabitada a 100 inmigrantes con antecedentes penales u órdenes de expulsión que no podían ser deportados.
Bien, pues la solidaridad nórdica seguirá aplicándose a gusto del consumidor, es decir, de forma voluntaria y no obligatoria, punto central de la discusión del nuevo Pacto de Inmigración y Asilo que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, no pudo aprobar hasta el final de su primer mandato. Los países fronterizos con el Mediterráneo exigían una cuota obligatoria y proporcional para repartirse a los inmigrantes que entraban de forma ilegal por la frontera sur de la Unión Europea, de la que son guardianes. Éste fue y sigue siendo el punto de fricción. El Pacto se saldó con un reparto voluntario y el país que lo rechace tendrá que pagar 20.000 euros por inmigrante. ¿Anualmente? No, para siempre.
Conste aquí que el coste por inmigrante irregular que entra en España ya alcanza e incluso supera esa cantidad en el momento de su primera acogida. En particular, los que entran por el mar en patera y llegan a las Islas Canarias. Desde la actuación de Salvamento Marítimo en alta mar hasta su traslado a la península en avión y posterior estancia temporal de hasta seis meses en hoteles, albergues o pisos de primera acogida con pensión completa y paga semanal, pueden comenzar a sumar los euros. Asistencia sanitaria, jurídica e intérpretes incluidos.
Europa nos ha dejado a los pies de los caballos. Y, en lugar de unirnos en la lucha final los países del sur, Meloni hace fuerza con la presidenta danesa. En un comunicado conjunto, rechazan de forma tajante la “inmigración descontrolada a Europa”, abogan por una política migratoria rigurosa y reclaman la creación de centros de repatriación en terceros países. Pero lo que más llama la atención es su referencia a los valores de la Europa cristiana, hoy liderados por la extrema derecha y que, no obstante, ya estaban en el prólogo de la non nata Constitución Europea de 2004. De Meloni lo podíamos esperar, y más cuando tiene los comicios electorales a las puertas, pero Frederiksen es socialdemócrata. ¿Qué puede haber unido a estas dos mujeres en una carta tan dura e insolidaria? “Cari tutti”, comienza Meloni en un tweet…
La frase, en concreto, es: “Ambas estamos orgullosas del patrimonio cultural cristiano de Europa y queremos protegerlo. Esperamos que quienes vengan a nuestros países y elijan Europa como su hogar respeten nuestros valores y no intenten imponernos modelos de vida que no compartimos”. Para Meloni y Frederiksen, “ésta es la manera correcta de proteger Europa y nuestros valores comunes”, al tiempo que ligaban la inmigración descontrolada a la inseguridad y la delincuencia sexual.
Entre los inmigrantes que llegan, la mayoría proceden de países donde la mujer no es un igual, algo que los líderes masculinos de partidos de la derecha liberal y la izquierda han pretendido orillar en pos de la multiculturalidad, “sus” costumbres y la libertad religiosa.
En el fondo, lo que hay es un problema de integración que se arrastra en Europa desde hace más de 60 años, especialmente en el Reino Unido (fuera de la UE desde el Brexit), Francia y Bélgica, tras sus procesos de descolonización. Me lo contaba un amigo iraquí cristiano residente en Bruselas, que estudió en un internado francés. “Cuando mis padres nos enviaron a Europa a estudiar, me cambiaron el nombre para que no se supiera que llegaba de un país musulmán. Porque a los niños de origen musulmán no les promocionaban en la escuela a los grados superiores y les impedían llegar a la universidad”. Mi amigo “George”, procedente de Irak, llegó a ser abogado con nombre falso. “Cari tutti”…