Si definimos terrorismo como violencia indiscriminada contra la población civil, bien podríamos señalar el bombardeo de Caracas como un acto terrorista. Visto así, con la crudeza del momento, un hecho de este calado nos da la medida exacta de la agresividad que se gasta el capitalismo cuando entra en crisis, cuando el estancamiento económico paraliza la espiral de beneficios. Y eso mismo, con otras palabras, nos vino a decir Roger Waters el otro día cuando se asomó a las redes sociales condenando el “salvaje acto de agresión contra Venezuela”.
El que fuera integrante de Pink Floyd siempre se posicionó en el lado legítimo de la historia, y esta vez no iba a ser menos. No nos sorprende su discurso. Lo que nos sorprende no es otra cosa que la falta de sensibilidad de los mal llamados patriotas venezolanos celebrando un bombardeo a su propio país. Me recuerda a nuestros patriotas, los mismos que ensalzan la figura de Franco quien, como sabemos, se cargó España con ayuda de los italianos, los alemanes y los moros. Pero qué se puede pedir cuando la premio Nobel de la Paz pide la intervención de los gringos en su propio país, llamando al diablo del terrorismo imperialista. Como diría Eduardo Galeano, el plomo flota y el corcho se hunde.
La imagen de Maduro, secuestrado y con los ojos cubiertos le ha servido a Donald Trump para lanzar su propaganda de escarnio; una burla que se ha convertido en vileza ejemplarizante igual a aquellas otras que dieron la vuelta al mundo desde la prisión de Abu Ghraib, en Irak, donde aparecían cuerpos cubiertos de heces, encapuchados y conectados a la corriente eléctrica, amontonados unos encima de otros, desnudos y humillados, llevados a rastras con collares de perro, como si hubiese un placer estético, una morbosidad escondida en algún rincón de la mente de sus verdugos. La imagen de Maduro con los ojos tapados y esposas en las muñecas mientras sostiene un botellín de agua sirve de mofa al mundo. Ese es el mensaje. Tras la agresión que sufrió el pueblo venezolano, el historiador de arte Manu Martín desarrollaba el asunto en un hilo, sin desperdicio, de la red social X.
El capital manda sobre el tablero de un juego sucio donde el petróleo tizna las manos del croupier. Donald Trump, que es el gerente del casino, ha decidido convertir Venezuela en un manicomio. Aunque el peso del mundo tire hacia el otro lado del mapa y Occidente manifieste su estado terminal, Venezuela ha sido la víctima expiatoria de un pecado que es sinónimo de crisis económica. De eso no hay duda. La imagen del disco Wish You Were Here de Pink Floyd nos ilustra acerca de ello.
Aparecen dos hombres de negocios que se estrechan la mano en plena calle; uno de ellos arde llamas. Es una señal. Porque la cortesía aparente no puede ocultar quién de ellos ha salido perdiendo. Es lo que tiene tratar con capitalistas, que al final acabas quemado como el cielo de Caracas. Pero los patriotas que celebran la “liberación” de su país no lo perciben, ciegos por el salpicón de petróleo robado. Cuando se quieran dar cuenta serán las siguientes víctimas. Y llegará un momento en el que el cálculo de sus beneficios pasará a ser el tacto frío de la limosna en la mano.