Cámara de eco
Una vez tuve un peluquero con el que me llevaba estupendamente, me sigo llevando aunque él ya no sea albacea del poco pelo que me queda, que hace tres años me sorprendió diciendo que era votante de Vox. Por aquel entonces, más allá de aquella conversación que tuvimos a raíz de que le contara que iba a cubrir el acto de Yolanda Díaz en la Universidad de Murcia, no volvimos a hablar de política. No era tanto una cuestión de rehuir del tema porque no opinamos igual, sino que, en realidad, Adrián y yo nunca hablábamos de política.
Mi mejor amigo, en cambio, ha seguido yendo a cortarse el pelo a su barbería todos estos años y me ha ido contando poco a poco su evolución, hasta el punto de decirme esta semana que si los peluqueros pusieran una tarifa más cara para pelarte sin tener que escucharlos, se forraban. “No puede ser que en cuanto te sientes en la silla, te pongan la cabeza como un bombo, con el PerroSanxe™ y con lo mala que está la vida”, me decía.
Este cambio de tendencia del chaval, que, no me cansaré jamás de repetirlo, es una buenísima persona —tiene menos luces que una ruta de montaña, pero es un tipo estupendo carcomido hasta los cimientos por el algoritmo de TikTok—, refleja una dinámica que hace unos años suponía un quebradero de cabeza para las personas que se dedican a estudiar las dinámicas electorales. El votante de Vox era un votante silencioso, que no contestaba a las encuestas, que de algún modo sentía cierto pudor a decir en alto su tendencia política y por eso Vox era una fuerza muy difícil de medir. Todo eso ha cambiado hoy. Lo que ha cambiado, precisamente, es que el votante de Vox ya no se esconde. Lo dice en la barbería, lo dice en TikTok y lo dice cuando le llaman de una empresa demoscópica, así que hoy es probablemente el votante mejor medido del país.
Puede ser que llegue el 29 de noviembre y gane la derecha. Y digo puede ser porque en algún momento tendrán que ganar, porque las dinámicas democráticas son como son, un constante vaivén de volantazos a uno y otro lado del estrechísimo espectro político, y en algún momento tocará un gobierno de derechas, que puede decirse que es tan inevitable como la muerte o la alopecia. Y puede ser que llegue el 29N y gane la derecha, pero a fecha de hoy no lo tengo tan claro.
Las encuestas recogen una mayoría comodísima para PP y Vox, que llevan semanas fantaseando con Consejos de Ministros compuestos por los más estridentes paladines de la ilustración oscura de la que son patrios proveedores, soñando con su deseadísima enmienda a la totalidad del sanchismo y mirando muebles en Ikea para la salita de estar de Moncloa. Si las encuestas fallan el 29N, y en 2023 fallaron (dieron a PP y Vox una mayoría que la noche electoral se quedó en 170 escaños), el error no estará en ese lado de la silla. Estará en el contrario: en el del que se sienta, aguanta la chapa, paga la cuenta y se pira sin dar réplica porque qué pereza tener que discutir cosas elementales con alguien que solo quiere ver el mundo arder.
Esta semana, Feijóo ha confirmado que está negociando con Abascal para repartirse el Senado y le ha pedido a Vox que no se presente en las provincias donde no rasca senadores. Cuando Aimar Bretos le preguntó este viernes si pactaría con la ultraderecha, contestó que no puede descartar hacer caso a lo que le manden los españoles, porque él es un demócrata, que es la manera más larga que existe de decir que sí, que va a pactar con la ultraderecha. Entre medias le dio tiempo a defender a Milei en fondo aunque no en forma y a opinar que una chica de dieciséis años no debería abortar sin conocimiento de sus padres, o sea, sin la coacción de sus padres. El votante mayoritario, por mucho que la burbuja se empeñe, se parece bastante más a mi colega que a mi exbarbero; el mayor mérito de estos ocho años de coalición progresista, más que sus políticas, ha sido fijar unos marcos, ahora inamovibles para una inmensa mayoría de la población, como la eutanasia o el aborto. Por eso, además de ser muy poco inteligente sacar esos temas en campaña electoral, da una muestra clarísima de qué está pasando, o mejor dicho, que lleva pasando ocho años a la derecha del PSOE.
El antisanchismo lleva tanto tiempo con las ventanas cerradas que ya no sabe qué tiempo hace fuera, dentro se respira siempre el mismo aire y al cabo de un tiempo uno deja de notar lo cargado que está. Así es como se ha ido construyendo la oposición al gobierno progresista, devolviéndose la voz a sí mismo hasta tomarla por la del país, en tertulias, columnas y editoriales. En ese mézclum, el deseo y el análisis duermen en la misma cama y, como nadie quiere ser quien abra las ventanas y arruine las fantasías de quienes ansían un gobierno de derechas, cada pronóstico que se realiza se escribe para no desentonar con el anterior. Me puedo equivocar, porque para eso estamos, pero tengo muchas dudas de que la derecha vaya a gobernar próximamente, porque este país sigue teniendo muchísimo más interés en que no gobiernen unos a que continúen gobernando otros.