Cayuela, Ortega y Sunyol: Los presidentes que el fascismo borró y la lección de memoria que llega desde Osasuna
Cuando Michael Robinson fichó por Osasuna en 1987, le comentó a su mujer que buscara la ubicación en el mapa. Nada, no aparecía; creían que se trataba de una ciudad. Al cabo de los años, el británico afirmó que Osasuna les dio la oportunidad a él y a su familia de dar un cambio de vida en lo personal, pero que como equipo no tenía ambiciones deportivas y representaba la media del fútbol español.
Sin embargo, muchos años antes de que el británico pisara Pamplona, el fútbol español se tiñó de sangre y guerra. Las historias de Natalio Cayuela (Osasuna), Josep Sunyol (Barcelona) y Antonio Ortega (Real Madrid) encarnan la máxima expresión de cómo el golpe de Estado trituró el deporte. En el caso de Navarra, la traición se fraguó desde dentro del propio club. Antonio Lizarza Iribarren, jefe de los requetés, fue uno de los conspiradores monárquicos y carlistas que se reunieron con Benito Mussolini el 31 de marzo de 1934 en Roma, donde obtuvieron el compromiso oficial de apoyo económico, suministro de armas y formación militar para derrocar a la Segunda República Española. Lizarza formaba parte de la directiva del C.A. Osasuna cuando el equipo de Pamplona ascendió a Primera División en 1935. Aquel verano, maniobró junto a la prensa derechista en una intensa campaña para desacreditar al presidente y al resto de la junta directiva. Al quedarse sin apoyos, los dirigentes republicanos de Osasuna se vieron forzados a dimitir. Las reuniones conspirativas contra la República tuvieron, entre otros lugares de encuentro, el propio campo de San Juan durante las semifinales de Copa el 7 de junio de 1936.
Ocho meses más tarde de la dimisión de Natalio, Lizarza —uno de los principales organizadores de la trama golpista— fue detenido el 17 de julio de 1936 mientras planeaba el traslado del general Sanjurjo a Pamplona para ponerlo al mando del golpe de Estado. Con sus planes abortados, fue encarcelado en Madrid. Mientras tanto, la represión desatada en Pamplona contra los miembros de los partidos de izquierdas y del Frente Popular se cobró la vida de más de 300 personas asesinadas en los primeros meses. Entre las víctimas se encontraban el presidente de Osasuna, Natalio Cayuela, y dos miembros de aquella junta directiva, Ramón Bengaray y Enrique Astiz. Muchos otros socios, directivos, futbolistas y trabajadores del club corrieron el mismo destino: fueron fusilados, encarcelados o se vieron obligados a huir al exilio en una Navarra donde no hubo frente de guerra —porque el golpe dirigido por Emilio Mola se impuso por la fuerza desde el primer día— y donde la represión fascista acabó con la vida de unas 3.500 personas.
Esta cifra de exterminio civil supuso una auténtica catástrofe demográfica. Si trasladamos proporcionalmente el impacto de esas 3.500 víctimas de la Navarra de 1936 a la sociedad y al fútbol de hoy, equivaldría a hacer desaparecer varios estadios de fútbol atestados de aficionados, borrando de golpe a miles de socios y aficionados de cada equipo.
Por paradojas del destino, Lizarza salvó la vida en dos ocasiones gracias a personas que consideraba sus enemigos políticos. En 1938 fue puesto en libertad gracias a la intervención de Manuel de Irujo, ministro de Justicia de la República, líder del nacionalismo vasco y uno de los fundadores del Club de fútbol Izarra de Estella. Previamente, tras refugiarse en diferentes embajadas, Lizarza había sido descubierto por Jesús Monzón Reparaz, líder comunista navarro, promotor de la Federación Navarra de Fútbol, presidente del club Indarra y en ese momento gobernador civil de Alicante. El trato para no ser entregado consistía en que Lizarza debía interceder para liberar al hermano de este, Carmelo Monzón —ingeniero socialista y también directivo de Osasuna—, un pacto que Lizarza finalmente no cumplió.
En 1941, Lizarza firmó y entregó una carta junto a otros jefes carlistas en el consulado alemán de Pamplona mostrando su apoyo a la invasión de la URSS por parte de la Alemania nazi. Ese mismo año asumió por primera vez la presidencia oficial de Osasuna. Bajo su mandato, el club cosechó los peores resultados de su historia y descendió a Tercera División. Dejó el cargo, para regresar dos años más tarde, en 1944. Durante aquel verano, mientras Hitler sufría la derrota y retirada de sus tropas en París, Lizarza intentó vender el club, primero al Real Madrid y luego al Atlético Aviación. En paralelo, miles de nazis y resistentes antifranquistas se enfrentaban en el Pirineo; Lizarza, funcionario de la Diputación, compaginaba su presidencia con los cargos de Ayudante de Montes y delegado de la lucha contra el maquis, llegó a ofrecer un contingente de 2.500 contraguerrilleros para combatir a la resistencia en la vertiente navarra. Al otro lado de la frontera, los antifranquistas estaban dirigidos, precisamente, por Jesús Monzón en Francia.
El fracaso de la invasión del maquis en el Valle de Arán dejó a España sumida en tres décadas de dictadura y autoritarismo franquista, corrió en paralelo a las desastrosas gestiones de Lizarza en Osasuna. Décadas después, en 1970, un anciano Antonio Lizarza declaraba para el NO-DO en un documental especial por el 50.º aniversario de Osasuna, afirmando que él “siempre había trabajado para salvar al club de la desaparición”. No dedicó ni una sola palabra a sus antiguos compañeros de directiva republicanos asesinados, ni al resto de los osasunistas represaliados: Fortunato Aguirre, alcalde de Estella y fundador de Osasuna; Eladio Zilbati, uno de los que ideó el nombre del club y militante de ANV; Florencio Alfaro, vicepresidente de Osasuna y concejal republicano; Filomeno Urdíroz, militante socialista y portero de Osasuna; José Javier Villafranca, directivo y dirigente trotskista; Leandro Villafranca, presidente del Socorro Rojo Internacional y del Frente Popular y socio honorable del club, y un largo etcétera.
Desde sus inicios en 1920, Osasuna fue el club referente de los napartarras (nacionalistas vascos), de los liberales y de los republicanos pamploneses. Los carlistas tenían su propio equipo, el Deportivo Pamplonés, y quisieron trasladar la batalla política para dirimir sus diferencias en el campo de fútbol. Ante su derrota fueron admitidos en Osasuna. En esa línea, en el primer aniversario de la proclamación de la República, uno de los fundadores del club, José Huici, escribió sobre el carácter democrático y popular de la entidad: «La bandera de Osasuna es solamente roja, como sus blusas; no quisieron sus fundadores que fuera roja y azul, sino exclusivamente roja».
Existe un abismo moral entre ambas épocas. Mientras que la directiva republicana y fundacional de Osasuna destacó por su pluralidad democrática, integrando con total normalidad a sus rivales y enemigos políticos en el seno del club, los conspiradores hicieron exactamente lo contrario tras el triunfo del golpe. Carlistas y falangistas como Jáuregui, Lizarza o Goicoechea se hicieron con el control absoluto de la entidad mediante la fuerza, eliminando físicamente a sus oponentes y dictando una consigna clara para las siguientes décadas: hacer que su memoria y su legado desaparecieran para siempre.
Como bien afirmó el Papa Francisco: “Una sociedad con sus muertos escondidos no puede sonreír al futuro”. En este mapa de la desmemoria, los gigantes del fútbol actúan de forma dispar. El FC Barcelona homenajea todos los años a Josep Sunyol, su presidente asesinado; por el contrario, el Real Madrid sigue sin reconocer en su lista oficial de presidentes al coronel republicano Antonio Ortega (así como a Juan José Vallejo). En el caso de Osasuna, la entidad mantuvo durante décadas en el olvido la figura de su presidente asesinado, Natalio Cayuela, y del resto de sus víctimas directas.
Sin embargo, el panorama está cambiando de raíz gracias al empuje de la base social. En 2019, la plataforma Osasuna Memoria inició un arduo trabajo de investigación y divulgación histórica que se ha convertido en un referente y un espejo para todo el deporte del Estado. Gracias a su labor minuciosa, se ha recuperado la identidad de más de una decena de asesinados y una veintena de represaliados vinculados al club navarro. Tres libros publicados y varios homenajes institucionales —en colaboración con el Instituto Navarro de la Memoria del Gobierno de Navarra y las peñas— avalan un modelo de reparación ejemplar. Con motivo del centenario del club, familiares de las víctimas osasunistas tendieron puentes con los familiares de los dirigentes olvidados del Real Madrid. Juntos, desde la dignidad civil y esquivando los silencios institucionales de los grandes despachos, reivindican reconocimiento y un gesto tan sencillo y poderoso como un saque de honor conjunto. El cumplimiento de la Ley de Memoria Democrática, así como la propia historia del fútbol y del deporte español, exigen rescatar del olvido definitivo a Cayuela, Ortega, Sunyol y a todas las personas que sufrieron la represión tras el golpe de Estado de 1936.
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