Las campañas se sabe cómo empiezan…
Ya desde el primer día de la convocatoria anticipada de elecciones, pareciera que haya sido un millón de años atrás, había algo raro. Se palpaba en el ambiente. Nadie parecía estar en su sitio y todo parecía estar descolocado.
Aquellos que se habían tirado toda la legislatura reclamando la inmediata convocatoria de los comicios, para poner las cosas en su sitio y que gobernarse quien realmente quieren los “verdaderos españoles”, que diría el Tribunal Supremo, parecían visiblemente incómodos con la llamada a las urnas, casi cabreados.
En cambio, aquellos que habían comprometido su palabra en agotar la duración prevista de la legislatura parecían afrontar la inminente contienda electoral con un optimismo más cercano a la fe que el análisis racional. Apenas un par de semanas después, esas primeras sensaciones se confirma.
A Pedro Sánchez y a los socialistas la campaña parece sentarles cada día mejor y su líder hasta parece más alto y más guapo en cada aparición estelar. De récord de audiencia en récord de audiencia y de baile en baile hasta la batalla final. El voto útil vuelve a ser tendencia, como las chaquetas de pana, las hombreras o los colores neón.
A Alberto Núñez Feijóo y a los populares, por el contrario, la campaña viene con toda la pinta de sentarles como una mala digestión y su líder parece empeñado en pelearse consigo mismo en cada aparición. El melonar en que se ha convertido la agenda de la campaña popular va camino de convertirse en un caso de estudio para la Ciencia Política. Ha llegado tan desfondado al momento para el cual llevaba preparándose toda la legislatura que resulta desconcertante y sólo con Miguel Tellado no se explica.
De Santiago Abascal lo más veraz que se puede decir es que va de plaza en plaza a ver si alguien le hace el favor de regalarle la campaña. La izquierda alternativa acaba como quien dice de llegar y aún es pronto para sacar conclusiones; con no acabar de arruinarla tienen más que suficiente.
Que la reputación de ganador de Sánchez causa efectos telúricos sobre sus rivales constituye un hecho pacíficamente aceptado. Tantos y tan contundentes son que impedirle que pudiera optar siquiera fue parte del plan toda la legislatura. Que a Feijóo las campañas no se le dan bien es algo que sabíamos todos los gallegos y gallegas pero que, como tantas otras cosas, no compartíamos.
Pero hay algo más. Estas elecciones no se van a parecer casi nada a aquellas casi todos habíamos imaginado que serían. Va a resultar al final que el gran efecto que va a producir el drama de Maricarmen no será tanto que se hable de vivienda durante la campaña, como que la derecha siga empeñada en convertir el 29N en un referéndum sobre Sánchez y el sanchismo como si no hubiera pasado nada, mientras que la izquierda haya decidido que ahora sí va de mucho más que Sánchez y sus cosas. Aunque es bien sabido que las apariencias engañan, y en campaña más.