Mi casa tembló
El pasado martes 18 de agosto, hacia las diez y media de la mañana, mi casa en Bubión se cimbreó durante unos segundos. Yo estaba en el comedor con mis invitados Merche Medina y José Ramón Alarcón, editores de Makma, disfrutando de esas charletas tranquilas y bienhumoradas posteriores al desayuno que solo son posibles en vacaciones, cuando el temblor de tierra en la ciudad de Granada alcanzó la Alpujarra. José Ramón fue el primero en tenerlo claro: “Un terremoto”, dijo con la calma del que se limita a constatar un hecho.
Era un terremoto, en efecto. El segundo –de magnitud 4,8– en tierras nazaríes desde la madrugada del pasado sábado; y les adelanto que en estos pueblos de alta montaña no causó el menor daño humano o material, ni tan siquiera esas grietas en las paredes o esos desprendimientos de cornisas registrados en el barrio granadino del Zaidín y algunos municipios del extrarradio. Pero les mentiría si les dijera que el temblor no ha dejado alguna huella en nuestras almas, ensombreciendo un poco el vitalismo con el que disfrutábamos del ferragosto.
Acojona que tu hogar se contonee como una bailarina arrancando su interpretación del Bolero de Ravel, aunque sea durante unos pocos segundos y sin consecuencias constatables inmediatamente. Te envía un mensaje alto y claro sobre la fragilidad de la existencia humana en nuestro planeta. Máxime cuando se añade a una serie de capítulos llamados pandemia, volcán de la Palma, inundaciones en Valencia, incendios forestales y hasta eclipse de sol. El humor de mis invitados y el mío se ha teñido de negro, como el del resto de los habitantes de esta aldea de la provincia de Granada. ¿Qué será lo próximo? ¿Qué vendrá antes: el meteorito o la invasión de los extraterrestres?
Voltaire escribió uno de sus textos más imperecederos tras el terrible terremoto que asoló Lisboa el 1 de noviembre de 1755, cuando las iglesias estaban repletas de fieles celebrando el Día de Todos los Santos. El filósofo francés se preguntó cómo un Dios supuestamente bondadoso podía permitir la muerte de miles de niños absolutamente inocentes. Rousseau le replicó señalando que Dios no tenía nada que ver con el temblor, de cuya extraordinaria mortandad eran responsables factores humanos como el hacinamiento y la malísima construcción.
“Eres del lugar donde recoges la basura”, escribió Juan Villoro a propósito del terrible seísmo sufrido por la ciudad de México en 2017. Me parece muy inteligente esta frase, tanto como la que afirma que no eres de donde naces, sino de donde paces. Una verdad rotunda, una verdad que desmiente a todos aquellos que desean discriminar a las personas por factores como el lugar de nacimiento, el color de su piel o sus creencias. Ceutíes son los actuales habitantes –cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, agnósticos o ateos– de Ceuta. Granadinos son los trabajadores –caucasianos, magrebíes o negros– que recogen los escombros esparcidos por los terremotos de Granada.
Nuestra vida es vulnerable, mucho. Por causas naturales, por accidentes provocados por el error humano, por crisis económicas o guerras producidas por la codicia o el odio. Llámenme como quieran, pero pienso que eso debería retener la lengua de los politicastros que se arrojan como hienas sobre los escenarios de las desgracias. Estos días, por ejemplo, me estomaga la actitud del alcalde de Ceuta, Juan Jesús Vivas, soltando frasecitas tan mentirosas y venenosas como esta: “Es vergonzoso que nuestro Gobierno nos tenga abandonados”.
Nadie los tiene abandonados, señor Vivas. Decían de usted que era un señor moderado y constructivo, pero no lo es. Si lo fuera, sería perfectamente consciente de que un impacto traumático como la entrada repentina en la ciudad de decenas de miles de aspirantes a la migración no se resuelve en un fin de semana. Y también de que el Gobierno central no ha parado de mandar policías, guardias civiles, militares, sanitarios y ministros a Ceuta. Demagogias, las justas, por favor.
No se responde con las tripas a lo inesperado; eso no sirve para nada, salvo para azuzar el miedo y el odio. Se responde con una acción humana racional, solidaria y coordinada. Como hacen los rescatistas que buscan cadáveres entre los escombros de los terremotos. Como hacen los bomberos forestales y los militares de la UME, que intentan combatir los tremendos fuegos en los bosques que está provocando esa criatura de nuestro delirio energético llamada cambio climático.
Me pregunta mi hija mayor si los terremotos son impredecibles. Le respondo que, por lo que yo sé, lo son. Aún no hemos encontrado los instrumentos que nos permitan anticiparlos como lo hemos hecho con el eclipse solar del pasado 12 de agosto. No soy muy ducho en materia científica, pero confío en esos hermanos nuestros que denominamos científicos. Estoy seguro de que los sismólogos curran duramente para intentar detectar con suficiente antelación los movimientos telúricos que terminan convirtiéndose en terremotos. Como estoy seguro de que los oncólogos trabajan de lo lindo para combatir el cáncer.
De quienes menos me fío es de los políticos. Concretamente, de un tipo de políticos: de los que se pasan el día intentando ganarles a los adversarios algunos puntos en los sondeos con frasecitas asesinas fáciles de recordar; de los que sienten una ansiedad incontrolable por conquistar el poder; de los que en mis tierras granadinas llamamos los malafollás.
Terminaré con una anécdota que me resulta literaria. En mi casa solo se cayó una cosa al suelo durante el temblor de tierra del martes: las gafas con las que había visto el eclipse de la pasada semana. Las había colocado tente mientras cobro en una botella vacía de Moët & Chandon situada en la parte superior de mi biblioteca. ¿Significa esto algo?