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Vivienda protegida indefinida para el 60% de la población y casi sin desahucios: así es el elogiado modelo de Viena

Grúas levantando viviendas protegidas en el nuevo barrio de Seestadt, en Viena

Iker Rioja Andueza

Viena —
3 de octubre de 2026 21:31 h

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El miércoles, en un soporte metálico oxidado de la estación del U-Bahn de Heiligenstadt, se repartían decenas de ejemplares del gratuito Heute, el periódico de más tirada de la ciudad de Viena y el segundo de Austria. En su primera página interior, contaba la historia de una “oma” (‘abuela’, en alemán) de España llamada Maricarmen Abascal. La fotografía mostraba una de las protestas contra los desahucios que se estaban sucediendo a más de 2.000 kilómetros.

En esta ciudad, la quinta urbe de la Unión Europea por población con unos dos millones de personas, hay más de 200.000 viviendas municipales de renta asequible y otras 200.000 de precios controlados, a través de cooperativas o fórmulas similares. En números redondos, el 60% de la población está cubierto por esta red y el 80% es elegible para entrar en ella, no solamente las rentas bajas. Los alquileres son indefinidos; se heredan incluso de generación en generación. Y los desahucios no están en la agenda, simplemente porque se limitan a casos extremos de fraude o mal comportamiento de los inquilinos. No hay fianzas. En la periferia, crecen distritos nuevos con casas con grandes terrazas, zonas ajardinadas y servicios comunitarios. Apenas circulan coches en ellos y en Seestadt, uno de los mayores desarrollos urbanísticos del continente, incluso hay un lago con agua dulce del Danubio para que los vecinos naden y los cisnes chapoteen.

elDiario.es/Euskadi, invitado en el marco de un viaje institucional del Departamento de Vivienda del Gobierno vasco, ha recorrido durante cinco días —más de 200 kilómetros— el centro y la periferia de Viena, que es además uno de los nueve estados o ‘land’ de la república austríaca y que tiene amplísimas facultades para legislar y actuar sobre el suelo, sobre el transporte o sobre la política social. Esas viviendas protegidas están por toda la ciudad, desde bloques próximos al Rathaus, el Ayuntamiento, o la Ópera, hasta los nuevos polígonos al norte o al sur.

Aunque el modelo tiene también algunas sombras y algunas perspectivas inciertas, enamora a delegaciones internacionales de todo el mundo. El rotativo salmón Der Standard contaba a toda plana este viernes que Die Linke mira ya a Viena para su nuevo proyecto tras ganar las elecciones en Berlín. The Economist o The Guardian, por citar solamente dos publicaciones, han sucumbido al embrujo de una ciudad en cuyas guías turísticas, además de los palacios imperiales y de la ópera, se cuelan viviendas sociales como el Karl-Marx-Hof.

La ‘Viena roja’

En el Karl-Marx-Hof residen del orden de 5.000 personas en bloques unos pegados a los otros que se extienden por 1,1 kilómetros frente a la estación de Heiligenstadt. Aunque no fue el primero, este complejo es el gran icono de la denominada ‘Rotes Wien’, la Viena ‘roja’ que emergió tras la I Guerra Mundial y la decadencia del imperio austrohúngaro. Los socialdemócratas, el partido ahora conocido por las siglas SPÖ y que sería equivalente al PSOE en España, aprovecharon la disponibilidad de terreno plano para iniciar una política de construcción sistemática de bloques para las clases populares.

“Se trataba de crear una ciudad completamente nueva para un nuevo humano”, expone un guía por el complejo residencial. Allí, en la actualidad, un alquiler puede rondar ahora los 9 o 10 euros por metro cuadrado si se cuentan todos los gastos. En Donostia son ya 14. ¿Y los sueldos? El dato medio anual de la capital de Austria duplica al de Gipuzkoa, 62.000 por 31.000.

Hace casi un siglo, el Karl-Marx-Hof fue revolucionario. Proporcionaba a precios asequibles una vivienda con electricidad, urinario privado y agua corriente, y ofrecía servicios comunitarios como jardín, ‘kindergarten’, colmados y un ‘waschsalon’, a la vez lavandería y duchas. Operarios municipales, con un uniforme oscuro con detalles rojos y blancos, como la bandera del país, cuidan las instalaciones desde entonces.

El Karl-Marx-Hof encierra mucho del simbolismo de la ‘Rotes Wien’. Cuatro estatuas muestran a los habitantes la filosofía del “nuevo humano”, hombres y mujeres empoderados, cultos y liberados del capitalismo; pero también disciplinados, con horarios de entrada y salida estrictos, obligación de ventilar cinco veces al día, de no cocinar fuera de hora y apercibidos de multas si se llegaba borracho. El bloque se ubicó frente a un barrio acomodado, para que se pudieran mirar de tú a tú. Y se pagó con impuestos especiales a la prostitución, al juego, a las carreras de caballos y al champán.

Aquel tributo se llamaba Wohnbausteuer y este nombre aparece grabado en letras rojas mayúsculas en algunos edificios de titularidad municipal. Ahora existe una versión moderna, llamada Wohnbauförderungsbeitrag y que implica que empleadores y trabajadores abonan un canon del 0,75%, respectivamente, como contribución para el fomento de la vivienda social.

“El Versailles de la clase obrera”, sonríe el guía sobre el Karl-Marx-Hof. En el antiguo ‘waschsalon’, superado por las duchas privadas de las casas, se mantienen las lavadoras y secadoras comunitarias, pero, en el resto del espacio, se ha habilitado un pequeño museo de la ‘Viena roja’ con ejemplares antiguos de ‘Die Diktatur des Proletariats’ y otros tesoros.

Era tal el simbolismo del Karl-Marx-Hof que la llegada del nazismo al poder no solo suspendió la política social de construcción de casas, sino que motivó un cambio del nombre. El complejo pasó a ser Heiligenstädter Hof, por la estación, lo mismo que el país dejó de ser Österreich para ser Ostmark por capricho de Adolf Hitler. Y se ordenó la salida de 212 vecinos de los bloques exclusivamente por ser judíos. Fueron desahuciados y enviados a campos de concentración. Una pequeña placa los recuerda junto al U-Bahn.

Viviendas del Karl-Marx-Hof, icónico bloque de la 'Viena roja'

Wiener Wohnen es el organismo municipal que gestiona la política de Vivienda en Viena. Tiene 4.500 funcionarios, un ejército en comparación con los alrededor de 150 de Alokabide, la agencia vasca que gestiona los alquileres sociales. Tiene hasta su propia revista. Fue en la década de 1920 cuando Wiener Wohnen empezó a intervenir en el mercado de la vivienda. Hasta entonces, se habían hecho cinco promociones con un total de 369 pisos. Solo en esa década se levantaron 185 de 29.027 alojamientos. En 1930, antes del ‘anscshluss’ nazi, llegaron otros 255 bloques y 23.847 apartamentos. El proyecto tuvo continuidad tras la liberación a partir de 1945. En la década de 1950 hubo 463 promociones y casi 55.000 pisos municipales o ‘Gemeindebau’, a los que siguieron otros 43.000 a partir de 1960, 32.800 desde 1970 y, ya a un ritmo más bajo, otras promociones que llegan hasta el presente. En lo que va de década han sido once los nuevos bloques y 586 casas.

Las sombras del modelo

Como la ciudad nunca se desprende del patrimonio, hay una bolsa estable de más de 200.000 apartamentos municipales. “Esto es una política social que tiene historia. Más de 100 años. Esto es la ‘Viena roja’. El derecho a la vivienda no está anclado en la Constitución, pero es un pilar muy importante. Las ‘Gemeindebau’ son una joya. Esto es algo que no está a la venta. Absolutamente. Venderlo son solo desventajas. Lo hemos visto en otras ciudades. Somos una ciudad de inquilinos”, afirma, en alemán, Waltraud Karner-Kremser, presidenta de la comisión de Vivienda de la ciudad-estado de Viena desde 2019.

Su partido, el SPÖ, controla el Ayuntamiento desde 1945. Sin alternancia. Aunque ha forjado coaliciones con otras fuerzas, los burgomaestres siempre han sido socialdemócratas. El actual es Michael Ludwig. Eso sí, la sigla está lejos de los resultados por encima del 60% de hace medio siglo. En las elecciones de 2025 este partido logró un 39% de los votos, igualando el peor dato desde la II Guerra Mundial. Y una encuesta conocida esta semana pronostica para la siguiente cita con las urnas un porcentaje aún peor, del 35%.

Waltraud Karner-Kremser

La ultraderecha, el FPÖ, es ya la segunda fuerza. Está asociado a Vox. La oposición de izquierdas está preocupada por el futuro del modelo. En su despacho del Rathaus, decorado con detalles de madera y otros elementos reciclados, Georg Prack, portavoz de Die Grünen, formación ecologista y tercera fuerza local, señala en inglés que el FPÖ ya ha cuestionado políticas sociales cuando ha tocado poder en Austria. Pero avisa también que incluso algunos cuadros locales del SPÖ han lanzado el globo-sonda de buscar ingresos rápidos con la venta de viviendas sociales.

Según Prack, Viene tiene exactamente los mismos problemas que otras grandes urbes europeas. Cita Barcelona y Venecia como ejemplos negativos. Suben los precios en el mercado libre, construir es cada vez más caro, hay colectivos sociales vulnerables y AirBnb busca negocio. Pero el factor diferencial de Viena, matiza, es que tiene todavía un peso tan grande lo público que aún es capaz de capear esos envites. Y tiene que preservarlo en el futuro, defiende. “Viena es una ciudad que crece mucho. Cada año la población sube un neto de 20.000 personas. Hay que construir más. Supongamos que conviven de dos en dos. Necesitamos 10.000 al año. Y en la última década se han construido unas 200 ‘Gemeidebau’ por año. Es un 2% de lo que precisamos”, avisa.

“Sí, empezamos a tener muchos problemas en Viena. Ha crecido un 13% en población en la última década. Hay un desequilibrio entre oferta y demanda. Está aumentando la construcción privada, que es mucho más cara”, sostiene en castellano Alexis Mundt, experto del Institut für Immobilien, Bauen und Wohnen, un observatorio “independiente”.

Además de Wiener Wohnen, en la ciudad opera también Wohnfonds Wien. Es otra agencia pública que capta suelos y planifica los desarrollos. Ahora mismo dispone de un patrimonio equivalente a 420 campos de fútbol puestos uno junto al otro para hacer casas. Son tres millones de metros cuadrados, según indica Silvia Hofer, subdirectora de la entidad.

Hofer insiste en que hay un factor diferencial, uno más, en su organismo. Es una entidad sin ánimo de lucro. De hecho, los promotores no pugnan en una subasta por hacerse con las parcelas, sino que los concursos miden la calidad de los proyectos. Se da la circunstancia de que Euskadi, justo antes del viaje a Viena, presentó su propio fondo “social” para captar suelos. Sin embargo, en él se asegura una rentabilidad a los inversores privados, bancos o constructoras. El Gobierno vasco, una coalición de PNV y PSE-EE, habló de intereses moderados. Son del 6,62%.

Los nuevos desarrollos

Sergio Tallo, originario de Puertollano pero con un abuelo bilbaíno, es ingeniero de inteligencia artificial y tenor en la capital mundial de la música. Lleva veinte años en Viena y ahora disfruta de su tercera vivienda protegida a pesar de tener ingresos mensuales muy altos. El sistema fija unos umbrales generosos de entrada, hasta 54.000 euros en muchos casos, y luego no revisa la situación patrimonial jamás.

Los extranjeros, cuando él llegó, tenían que esperar tres años para poder inscribirse en Wiener Wohnen. Cuando cumplió ese plazo, se apuntó recibió una primera carta con una propuesta. Dice el Ayuntamiento que la espera media no supera los 18 meses. Pero la rechazó, algo que es posible. Tuvo una segunda opción y, entonces sí, se mudó a su primera casa protegida. Como le iba bien, buscó seguir en el sistema pero ya en una cooperativa. Los otros 200.000 pisos de precios controlados, en muchos casos, son cooperativas. Se abona una entrada y se va pagando una renta controlada. Si se abandona la casa, se recupera el pago inicial. Tiene la misma estabilidad de la plena propiedad y una gran flexibilidad inexistente en el mundo hipotecario.

Una avenida sin coches en Nordbahnhofviertel

Ahora está en su tercera casa, igualmente otra cooperativa. Él y su familia pagan 850 euros por un espacio amplio y cómodo de 93 metros cuadrados, según cuenta. Le han subido el canon 50 euros en el último año por haber mejorado sus ingresos, pero, con todo, la carga no llega al 15% de su salario. “Es una diferencia de casi 700 euros todos los meses de lo que pagaría por el mismo piso en el mercado libre. Y mi alquiler es vitalicio, además. Me da la tranquilidad de saber que de aquí no me van a echar. Sientes que es tu casa. Aquí hay otra mentalidad. La vivienda pública no es algo de izquierdas o de derechas. Es cultura de ciudad”, expone. Hay algunas reglas básicas que cumplir, como por ejemplo no tener una segunda residencia.

Su barrio se llama Siemensäcker am Park, que se podría traducir como ‘el parque en los antiguos terrenos de Siemens’, por estar allí la central austríaca de esa multinacional. Tallo insiste en que este sistema de bloques que admiten rentas bajas, medias y altas permite también evitar la guetización de barrios enteros, como en otras capitales de Europa. Expone que en su comunidad juegan juntos los hijos de refugiados y de profesionales liberales con grandes salarios.

Porque otro de los rasgos de los barrios vieneses es su vida en comunidad. Viajemos a Wildgarten, el ‘jardín salvaje’. Este distrito, con 1.100 pisos y 2.300 habitantes, fue concebido por el estudio de arquitectos matritense Arenas, Basabe y Palacios. Es bastante reciente. Debe su nombre a que las zonas verdes están deliberadamente asilvestradas, para dar sensación de vivir en la naturaleza dentro de la ciudad. Este barrio tiene un punto de comuna utópica, con inscripciones a gran tamaño en el suelo clamando ‘Freiheit’, ‘libertad’ en alemán. A media tarde, antes de la cena temprana, hay decenas de niños jugando tranquilamente en las calles. No hay un solo coche por allí: tienen que aparcar en el anillo exterior. Y aquí también hay mezcla. Hay alquileres baratos, cooperativas, alguna casa privada y un nuevo modelo, el ‘cohousing’.

Therese vive en un ‘cohousing’. Es un complejo con 19 pisos de entre 36 y 120 metros donde residen exactamente 50 personas, 30 adultos y 20 niños. El vigésimo inmueble es un apartamento alquilable para las visitas o incluso para turistas. En estos edificios hay un huerto donde ya crecen calabazas pensando en Halloween y que es “un paraíso para los pájaros”. Tiene hasta un pequeño invernadero. También hay un ático con bellas vistas al ‘skyline’ de pisos protegidos de otros barrios, una cocina comunal, un espacio con herramientas para arreglos, carpintería y otras chapuzas y hasta un humilde mercado de productos locales de la zona. “Fruta, vegetales, leche”, enumera en inglés la vecina.

Therese, en su 'co-housing' de Wildgarten

Todos los inquilinos, en asamblea, dirigen la comunidad. Hay quien se encarga de la jardinería y hay que llevar las finanzas. Se coordinan por Signal. “Hay mucho trabajo por hacer”, asegura Therese. Su vecina Conny, una madre treintañera, sostiene que “es como vivir en el campo pero en Viena”. “Esto es perfecto”, afirma señalando a sus hijos, que pelotean en un amago de partido de fútbol. “Veo el ‘kindergarten’ desde el salón y el colegio está a cinco minutos. También el supermercado está cerca. No hay coches. Los niños juegan libres. Es perfecto”, repite una vez más. Antes, vivía en otro piso y “jamás” conoció a sus vecinos; ahora, son casi una familia.

¿Puntos negros? Esto es más caro que la media. La casa de Therese —dos plantas, cuatro habitaciones y 90 metros de uso particular— está valorada en 400.000 euros. Para entrar, tuvo que abonar una entrada de 100.000 y la renta “todo incluido” es de 1.300. Nuevamente, si se mudara recuperaría el pago inicial y otro miembro podría sumarse a la comunidad. “Sí, esto es de rentas medias o medias-altas, pero es un proyecto social”, asume Therese. En este caso, además, Wildgarten no está muy bien comunicado con transporte público. “Se están retrasando los proyectos prometidos”, se queja. A Conny le preocupa cómo encajarán en este modo de vida sus hijos cuando sean adolescentes. “Igual estoy todo el día con el coche llevándoles de aquí para allá”, se encoge de hombros.

Nordbahnhofviertel y Sonnwendviertel son dos barrios desarrollados sobre antiguos suelos de ÖBB (Österreichische Bundesbahnen, el equivalente austríaco a Adif). Nuevamente, en el interior de las calles no circulan los coches, aunque sí las bicicletas, los peatones y el Straßenbahn, el tranvía. Lejos de los edificios ‘cebra’ uno detrás de otro que colonizan las periferias españolas, los diseños de las casas están cuidados. Hay bajos con arbustos y barbacoas, ventanales irregulares, entramados de madera… Además de casas sociales, cooperativas y privadas mezcladas, los proyectos incluyen locales comerciales a precios baratísimos —4 euros el metro cuadrado, incluso— para dinamizar los espacios. En uno de ellos se han conservado restos ferroviarios en un gran parque donde hay espacio para el ‘picnic’, el tenis de mesa o la lectura con puntos de intercambio de libros.

El problema del aparcamiento se soluciona con grandes edificios en silo. El arquitecto Bernd Vlay, cerebro de estos dos grandes barrios modernos, expone, en todo caso que se ha dejado atrás el concepto de una plaza por familia. O incluso dos. Hay una por cada cuatro. “Aquí los jóvenes ni se sacan el carné de conducir”, asegura.

La última de las fotografías en la de Seestadt, uno de los desarrollos urbanos en marcha más grandes de Europa. “Tenemos un lago en el medio. Dejas el móvil en casa, coges una toalla y vas a nadar”, promociona Laura, una intérprete latinoamericana que reside allí. Seestadt se podría traducir, precisamente, como ‘la ciudad del lago’.

Silvia Hofer, con el consejero Denis Itxaso

En cifras, este distrito aspira a llegar a 25.000 habitantes en unos años, aunque ahora son 12.000 y las grúas siguen trabajando. Hay un 50% de los espacios que son para actividades sociales, culturales, profesionales y comerciales. Una buena parte son centros universitarios, y muchos estudiantes residen aquí. Nuevamente, no pasan por aquí los coches con matrícula W, salvo por un par de patrullas de la Bundespolizei, aparcadas frente a una comisaría.

Se diseñó habiendo hecho antes una ampliación de la U2 del metro vienés. Para buscar los vehículos hay que ir a una especie de centros comerciales, donde se amontonan en varias plantas. Uno de los promotores del proyecto, Gerhard Schuster, expone en inglés que esto no solamente mejora la convivencia en las calles, sino que reduce costes de construcción. Es más rápido levantar casas que no tengan una o más plantas enterradas para garajes, y los silos son estructuras relativamente sencillas.

Además del lago, en Seestadt hay una torre de 84 metros, la estructura de madera más alta del mundo. Dice Schuster que este tipo de construcciones sostenibles son más seguras que una de acero. “Hay que cambiar el cuento de los cerditos”, bromea. En el barrio todos y cada uno de los nombres de las calles son de mujeres. Se ha editado un pequeño libro con las biografías de todas ellas. Están Zaha Hadid, Janis Joplin o Pippi Långstrump, la ‘calzaslargas’.

“Necesitamos ser la Viena del sur”

Sin embargo, en 1949 uno de los complejos de la ‘Viena roja’ ya fue renombrado como Therese-Schlesinger-Hof, en memoria de una socialdemócrata. En la puerta se produce la entrevista con Isabel, una madrileña residente en Viena desde 2006. Pero ella no vive en el mercado protegido. “Ahora está muy caro todo. Cuando yo vine, había una diferencia de un 10-20% [en el mercado libre], pero desde que empezó la pandemia, las crisis y las guerras se ha disparado la vivienda. Ahora es muchísimo más caro. Hay una Viena de dos velocidades, totalmente”, diagnostica. Fuentes municipales indican que hay algunos programas de subsidios para acceder a alquileres privados también.

Una vivienda privada a la venta en el centro de Viena

¿Y en esta ciudad hay desahucios? Sí, por supuesto. Pero nadie contempla que una “oma” de 87 años tenga que dejar su casa de toda la vida. Tendría que ser por destrozar la vivienda adjudicada o por realquilarla a turistas, aunque hay un acuerdo con AirBnb para que se encienda una luz roja cuando se suba a la plataforma una dirección de Wiener Wohnen. Gobierno local y oposición coinciden en que un desahucio es “más caro”, medido en términos puramente economicistas, que resolver el problema y buscar, con “herramientas” sociales una alternativa ordenada. “En Viena, la ciudadanía puede confiar en que tendrá ayuda si se ve inmersa en una situación difícil. Wiener Wohnungssicherung Plus es un programa que ayuda que nadie se quede sin techo”, explica el Ayuntamiento. Karner-Kremser recalca que solamente una resolución judicial puede motivar un lanzamiento.

Así las cosas, la discusión sobre el modelo gira mucho más en torno a si los empleados municipales tardan más o menos en arreglar desperfectos o podar las flores del jardín comunitario. El español Sergio Tallo bromea que la ciudad está plagada de grupos de redes sociales con quejas y “problemas del primer mundo”. “Tienen hasta una palabra para ello: Wiener Suderei”, cuenta. ‘Sudern’, en alemán vienés, viene a significar refunfuñar por nimiedades. “Necesitamos ser la Viena del sur”, implora el consejero vasco de Vivienda, Denis Itxaso, como corolario a su visita a la capital de Austria mientras en España la preocupación por la emergencia habitacional se dispara e incluso la continuidad del Gobierno está en el aire.

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