Historia de una plaza blindada que se tomó en dos días: “Acampar en Sol fue algo más espontáneo de lo que se cree”
Sábado, 26 de septiembre. El desahucio de Maricarmen, que ha pasado de vecina anónima de 87 años a símbolo de la crisis por la vivienda, ya había prendido la mecha. Madrid es una ciudad repleta de casos como el suyo, pero su larga lucha llevaba años resonando. Cuando la sacaron finalmente en camilla de la que había sido su casa (después de tres intentos previos) fue ante cientos de testigos. Y una ola de protestas entró en ebullición. Lo que pasó después ya se conoce: una manifestación multitudinaria y la acampada masiva que acabó instalándose en plena Puerta del Sol. Algunos hablan de reminiscencias con el 15M; otros defienden que su sentido es distinto, aunque las formas se asemejen. Pero lo que está claro es que un movimiento descabezado tomó en apenas unos días una de las plazas más turísticas de la capital. ¿Casualidad o estrategia?
“La acampada fue algo mucho más improvisado de lo que la gente cree”, asegura al otro lado del teléfono Pablo Pérez, uno de los portavoces del Sindicato de Inquilinas de Madrid que vivió en primera persona aquellas horas de improvisación y logística. “Veníamos de toda una semana denunciando este tema y sabíamos que el debate ya tenía bastante presencia. Pero, al final, Maricarmen ha terminado representando algo más grande que ella misma: el hecho de que ninguno tenemos control sobre nuestra propia vida. Y esa rabia se ha canalizado”, cuenta, sobre las primeras reflexiones que aquel sábado por la tarde compartía con sus compañeros mientras partían en la manifestación.
Sobre las ocho y media de la noche –dos horas después de iniciar la marcha– llegó la noticia de que iba a haber una acampada: “Nos mandó un mensaje Valeria [Racu], diciendo que la gente estaba cogiendo tiendas de campaña y se iban a plantar en la plaza”. Antes de eso, decenas de miles de personas se habían concentrado para respaldar a Maricarmen y reclamar un decreto de vivienda, que luego se partió en dos y finalmente se rechazó el viernes por culpa de PP, Vox, Junts y PNV, este último en el caso del segundo texto. Unas 25.000 personas tomaron las calles ese día, según la Delegación del Gobierno en la Comunidad de Madrid, aunque los organizadores elevaron 12 veces esa cifra y contaron 300.000 asistentes.
Después de ese 26 de septiembre, un día clave para las protestas y tal vez el momento exacto en el que la indignación por la vivienda trascendió a la propia Maricarmen, tocaba consolidar lo hecho. Unas horas más tarde, en la mañana del domingo, Delegación sumaba cientos de personas acampando en Sol y reclamando equilibrar el precio de la vivienda. Precisamente en esa zona, una de las más caras de Madrid, el metro cuadrado ronda los 7.000 euros según una primera búsqueda en portales inmobiliarios.
Primeras horas de acampada: cómo mantenerse a flote
Ese día ya comenzó a intuirse que algo ocurría y era distinto. Una de las portavoces del Sindicato de Inquilinas, Alicia del Río, advirtió en esa primera jornada de que las acampadas iban a “seguir adelante” si el Gobierno de Pedro Sánchez no aprobaba el decreto Maricarmen, que iba a votarse el martes siguiente y al que el boca a boca popular dio el nombre de la vecina de Retiro. Pese a las reticencias iniciales de Sumar, socio en la coalición con el PSOE, el Consejo de Ministros acordó dividir esta reivindicación en dos normas distintas. Pero el reclamo tenía otro muro por delante: su votación el viernes 2 de octubre en el Congreso de los Diputados.
Antes de sucederse todos estos acontecimientos, la misma portavoz del Sindicato de Inquilinas que anunció el domingo la consolidación de la acampada lanzó al aire una pregunta, dirigida al presidente del Gobierno y que, a su juicio, sobrevolaba la protesta: “¿Qué problema tiene su partido con que haya vidas estables en este país para un 30% de la población, que somos inquilinas?”
En un paseo por la acampada días después de su estallido, Alex (28 años) y Laura (32) confrontaban sus puntos de vista. Él estuvo en la manifestación del sábado y se quedó acampando ese mismo día. Ahí seguía a fecha del miércoles. Ella, en cambio, trabajaba temprano al día siguiente y ha estado yendo o viniendo como puede. “Yo sí me había enterado de que iba a haber acampada, porque he militado en plataformas por la vivienda y se comentó en redes internas. Pero hasta el último momento nada estaba claro”, afirmaba Laura, que prefería dar un nombre ficticio.
A su alrededor, lo que comenzó el sábado con unas cuantas tiendas de campaña se había convertido en una ciudad a pequeña escala, con mapas y cartógrafos que ponen nombres a las “calles” o distribuyen letreros de cartón que delimitan cada área. Los nombres, todos con tinte político: “Avenida de Maricarmen”. “Plaza Lésbica”. “Lucha de clases”. “Calle Barrikadas”. “Dictadura del proletariado”... Al ver que la acampada crecía y superaba las 1.200 tiendas, distintas organizaciones o asociaciones civiles afincadas en Sol convocaron las primeras asambleas. Tenían que decidir sus próximos pasos.
Juegos, zonas de 'coworking' o puestos de comida donada
Algunas llegaron a ser multitudinarias, como las que daban cita a asistentes o curiosos a última de la tarde, llenando la plaza de personas y reclamaciones desde el megáfono. Otras, de carácter “interno” o a menor escala, buscaban soluciones a los primeros problemas logísticos: ¿Cómo ordenar las tiendas y abrir espacio al tránsito? ¿Cuál era la manera idónea de “democratizar” las decisiones y representar todos aquellos sentires? ¿Qué necesitaban y qué echarían en falta durante noches al raso?
De esta forma, comenzaron a colocarse toldos cogidos con palos de fregona y algunas carpas pasaron a distribuir comida, bebida, productos de higiene, tapones de oídos para dormir, café en el desayuno, compresas, medicamentos, libros, juegos de mesa –desde el Catan al Exploding Kittens–, gel hidroalcohólico... Frente a uno de los estands, dos chavales echan un ojo. “Hoy han traído Poeta en Nueva York”, comenta uno de ellos. En otros puestos hay colocados carteles con los recursos más escasos (hielo, por ejemplo) o centralitas para las donaciones. In situ indican que es de ahí de donde proviene todo el material expuesto.
La institucionalización es el objetivo final de una protesta. Desde ahí podremos entrar en debates, pero lo primero es forzar a que haya una respuesta estructural
La discusión que dos de los campistas, Alex y Laura, tenían en ese momento giraba en torno al futuro que debía de tener ese movimiento. “Para mí es un flashback de lo que vivimos en el 15M, y por eso tengo miedo de que se institucionalice. Me decepcionaría mucho: creo que no debemos perder la perspectiva de clase”, reseña ella, ante gestos de negativa por parte de su acompañante. “La institucionalización es el objetivo final de una protesta. Luego, desde ahí, podremos entrar en debates sobre cómo gestionar la propiedad privada [refiriéndose a las casas], pero lo primero es forzar a que haya una respuesta estructural”, contrapone Alex, cuando aún no se conocen las posiciones finales en el Congreso sobre los dos decretos que esperan.
De vuelta a la conversación con el Sindicato de Inquilinas, uno de los principales impulsores de la actual protesta por la vivienda, remarcan que no son los únicos. “En los últimos días, hemos ganado notoriedad, pero los desahucios no solo los paran las acampadas, sino la organización y el trabajo diario”, remarca uno de sus portavoces, que nombra otras plataformas presentes en Sol: desde las educadoras infantiles o trabajadoras sociales hasta Greenpeace, partidos políticos o asociaciones de barrio.
“Aunque alrededor hay mucha vigilancia policial no hemos tenido un desalojo forzoso y creo que eso ha dado tranquilidad a otra gente para venir. Pensábamos que al arrancar la semana habría una bajada de asistencia, pero muchos han ido turnándose en el trabajo para dejar siempre a alguien en la tienda”, reseña Pablo Pérez, del Sindicato de Inquilinas.
Por las noches, cuando se va el sol y solo quedan los de la acampada, el entorno cambia de ritmo. Las tiendas empiezan a iluminarse con linternas que cuelgan de algún soporte improvisado. La gente se reúne dentro y se sienta en círculos, charlan o beben cerveza mientras sopesan las razones que le han llevado hasta allí; o simplemente pasan el rato. “¿Quieres dibujar a tu casero?”, pregunta uno de ellos, que ofrece un rotulador negro para pintar sobre una pieza grande de cartón.
Queda poco espacio: el centro lo ocupa una caricatura de un hombre con dientes grandes y un cigarro en la boca. Al lado, un señor mayor con rostro enfurruñado. Otros simulan rasgos de mujer, figuras con cuernos u hombres fornidos con patas de pollo. Conciliar el sueño es difícil, y en la madrugada suele haber al menos dos personas controlando cada uno de los accesos. “Perdona, ¿estás acampada?”, pregunta una de ellas a quienes tratan de acceder, especialmente si portan alguna bebida alcohólica. “Es más bien un método disuasorio, para controlar que nadie entra muy borracho o viene a agitar la acampada”, cuenta uno de ellos.
Desde el 26 de septiembre y hasta que dure este movimiento por la vivienda, la turística y transitada Puerta del Sol deja imágenes de asambleas públicas o sentadas en las calles colindantes, que atraen las miradas o propician preguntas formuladas en inglés. Siempre hay algún viajero que hace fotos e incluso free tours atravesando el campamento, usando las calles o accesos creados con cinta adhesiva. En algún momento de la madrugada, el ruido se disuelve. Nunca del todo.
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