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Los detenidos en Sol denuncian violencia policial durante el desalojo: “Un policía vino y me pateó los huevos”

Una de las últimas imágenes tomadas en la acampada de Sol por la vivienda

Lourdes Barragán

Madrid —

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Eran las 2.54 de la madrugada cuando Juan notó algo raro. Lo sabe porque tenía el móvil en la mano y aún estaba despierto, aunque dentro de la tienda. Fuera hacía frío. Le sobresaltó la entrada de unos agentes uniformados, que lo cogieron de los brazos hasta sacarlo de la pequeña carpa donde acampaba en la Puerta del Sol. Siempre según su relato, fue “gaseado” con spray pimienta y le quedaron marcas del forcejeo en el cuerpo. “Me apartaron del resto y luego me tuvieron una hora solo, hasta que el gas ya me dejó estragos en la cara”, declara a Somos Madrid a las seis de la tarde del día siguiente, en un mirador junto al Jardín de las Vistillas: “Lo que hemos visto ha sido una acción violenta por parte de la policía, y nuestra mejor defensa es comportarnos de forma pacífica”.

Dice tener un informe médico que lo acredita y alterna sus explicaciones con comentarios a otros participantes allí reunidos, que a veces pasan a consultar detalles. Es una tarde ajetreada en la que medio centenar de personas, casi todos expulsados de Sol esa misma noche, deliberan sobre sus próximos pasos. Horas antes un macrodispositivo policial compuesto por 420 agentes desmanteló el campamento por la vivienda que comenzó a formarse el 26S.

Aunque oficialmente se ha anunciado un desalojo con apenas incidentes, en el que han participado 220 efectivos de la Policía Nacional y otros 180 de la Municipal, bomberos o servicios sociales, los desacampados denuncian un “desalojo violento” y “excesos de violencia policial”. Son los calificativos que repiten muchos de los presentes, reunidos horas después en otro lugar para ultimar detalles de una nueva marcha hasta Sol. Había sido convocada de urgencia y movida por las distintas entidades u organizaciones ciudadanas que mantenían la acampada, con más de un mes de trayectoria y una ciudad a pequeña escala creada en protesta, primero, por el mercado del alquiler, y luego por otras causas sobre las que horas antes se había leído un comunicado en mitad de la plaza.

En él analizaban lo logrado, marcaban nuevos pasos a seguir y dejaban entrever su intención de, poco a poco, irse retirando de Sol para continuar desde otras vías. Pero la irrupción policial, de la que aseguran no haber recibido aviso ni orden judicial a la vista. “Dijeron que tenían una autorización oficial, pero todos la hemos pedido y que nos conste ninguno ha podido verla”, rememora Diana, otra de las afectadas esa noche que aún seguía pendiente de volver a Sol.

“A nosotras nos sacaron a las 3.45 y estuvimos retenidas hasta las 4.30 de la mañana, con los antidisturbios entrando y echándolos a todos”, añade, asegurando que a la mayoría de ellos les han confiscado teléfonos móviles, documentación identificativa, papeles de trabajo en el caso de los migrantes, medicamentos para trastornos del espectro autista, la diabetes o contra los ataques de asma, así como enseres de gente sin hogar que “ha perdido todo lo que tenían”. Es lo que detalla Pepe, uno de ellos, que aparenta unos 40 años. Vino de Toledo y vivía en la calle hasta que oyó hablar de la acampada de Sol, donde decidió plantar su tienda en busca de “un lugar más seguro y lleno de gente” donde pasar la noche.

Insiste en que los agentes accedieron “con cuchillos de doble hoja para cortar las vallas” y “gas pimienta con el que rociaban a todo el que estaba allí”, y otra de sus acompañantes (se identifica como Miriam) muestra uno de los vídeos de aquella noche. En él aparece una joven que acampaba en Sol y corrobora las imágenes a preguntas de Somos Madrid. “¡Por favor, el Samur, que no puedo más! ¡No puedo más!”, grita entre llantos y en mitad de la noche. Al fondo se ve un cordón policial, y sus gritos se solapan con otra voz, aparentemente la de la persona que graba: “Por favor, ¡solo necesita un inhalador! ¡No es nada raro!”.

Miriam sostiene que a la chica le estaba dando un ataque de asma ante la inacción de los agentes, y estos “impedían el paso hasta la ambulancia de Samur [los servicios sociales madrileños]”, algo que corrobora ella misma, prefiriendo mantener su nombre en el anonimato. Delegación del Gobierno asegura, sin embargo, que el desalojo de Sol se produjo sin alteraciones violentas del orden público, bajo los principios de oportunidad, congruencia y proporcionalidad“.

Limpieza de la Puerta Sol este martes por la mañana

Entre los últimos acampados de Sol también hubo dos detenidos. Se identifican como Alejandro y Sufi, ambos son jóvenes y aseguran haberse conocido entre tiendas. Fueron los únicos en ser llevados a comisaría y, aunque fueron liberados horas más tarde, ahora están a la espera de juicio. “No será un juicio rápido”, añade Ayla, otra de sus compañeras.

El testimonio de estos dos jóvenes señala directamente actos de “violencia policial” que, a su juicio, fue “arbitraria y excesiva”. A Alejandro, por ejemplo, lo “acorralaron mientras se echaba un cante”; es decir, lanzando a viva voz consignas contra las actuaciones. “Entonces fue cuando empezaron a enzarzarse [los agentes] con los demás, y a mi me cogieron y me sacaron en el aire cogido por las extremidades. Ellos lo vieron, ¿a que sí?”, pregunta al volverse ante Ayla, Sufi o Alberto, que escuchan la conversación durante la nueva marcha hasta Sol, citada a las 19.00 horas de este martes.

Los tres asienten y piden que cuente lo que vino después. “Cuando me dejaron en la calle, otro guardia vino directo hacia mi y me dio una patada en los huevos. Sufi también estaba allí”, narra el joven. Ambos fueron detenidos y dicen no tener móvil, ni “esperanzas” de conservar los objetos que guardaban en el campamento y ahora habían ido a parar a algún depósito del Ayuntamiento; ironizan con el de Valdemingómez [el vertedero municipal].

Los detenidos recuerdan que unos instantes más tarde esos mismos policías le esposaron junto al kilómetro cero, frente a la Real Casa de Correos, dejándole leves marcas en la muñeca. Los testigos consultados por este períodico, al menos una decena, coinciden al mencionar golpes e incluso “palizas”, cuchillos para forzar la entrada, la falta de tiempo para recoger sus cosas o lo abrupto del desalojo: “Nos dijeron que en 40 minutos todo debía estar fuera”.

Poco después, los servicios de limpieza comenzaron a desmontar las tiendas de campaña y a retirar los restos de la acampada, cortando el acceso a viandantes hasta desde por la mañana. A las 13.00 horas la plaza ya se encontraba despejada y abierta al público: el Ayuntamiento suma unas 36 toneladas de tiendas u otros objetos requisados, que han ido a parar a los depósitos municipales con la promesa de ser entregados a quien los reclame vía formulario. Sin embargo, los allí presentes temen que el sistema de recogida con grandes palas de excavadoras haya dejado dañados sus materiales.

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