La historia del campesino que en 1905 entró en una cueva de la que salían murciélagos y en la que encontró pinturas rupestres
En la ladera del cerro de la Pileta, en el municipio malagueño de Benaoján, el año 1905 marcó el inicio de uno de los hallazgos arqueológicos más interesantes de Europa. El campesino José Bullón Lobato, mientras recorría las tierras arrendadas del Rancho del Harillo en la Serranía de Ronda, observó una singular grieta en la roca de la que brotaban densas bandadas de murciélagos. Movido precisamente por la necesidad de encontrar guano para fertilizar sus campos de cultivo, el labrador decidió adentrarse en aquella oscura hendidura sin sospechar la magnitud del tesoro que ocultaban las entrañas de la montaña.
Armado con una antorcha improvisada y superando el angosto paso entre la penumbra, Bullón penetró en las profundidades de la caverna guiado por el rumor de los murciélagos. A medida que iluminaba las frías paredes calcáreas, sus ojos descubrieron extraños trazos de pigmento oscuro, signos geométricos e intensos contornos de animales dibujados sobre la piedra. Asombrado por aquellas enigmáticas marcas prehistóricas a las que ‘bautizó’ inicialmente como la Cueva de los Letreros, el agricultor comprendió de inmediato que se hallaba ante una obra ancestral creada por manos humanas miles de años atrás.
La noticia sobre el misterioso espacio no tardó en difundirse entre los vecinos de los pueblos colindantes de esta comarca de la provincia de Málaga. En 1907, el coronel británico retirado Willoughby Verner, afincado en la zona, escuchó los apasionantes rumores acerca del hallazgo campesino durante una estancia en Jimera de Líbar. Intrigado por los relatos, Verner organizó varias expediciones de exploración entre 1909 y 1911, culminando en la publicación de un revelador artículo en la revista londinense The Saturday Review, donde dio a conocer al ámbito internacional la existencia de esta gruta singular y su incalculable valor histórico.
El impacto del artículo británico atrajo la atención de la comunidad científica europea y propició en 1912 una trascendental expedición científica. Destacados sabios de la época como el prehistoriador francés Henri Breuil, junto a los arqueólogos Hugo Obermaier, Paul Wernert y Juan Cabré, exploraron exhaustivamente los pasajes subterráneos. Tras documentar rigurosamente el ingente conjunto pictórico, publicaron la célebre monografía sobre La Pileta, situando definitivamente este enclave andaluz en el mapa de la prehistoria y el arte rupestre mundial.
Las investigaciones sacaron a la luz un patrimonio rupestre de incalculable valor con más de tres mil figuras y grabados pertenecientes a diversas fases del Paleolítico Superior. Entre las representaciones más icónicas destaca la pintura del Pez, una monumental silueta en ocre de más de un metro de longitud que contiene una foca en su interior, siendo una manifestación marina casi única en todo el continente. Asimismo, paneles como la Yegua Preñada, bisontes, renos, caprinos y esquemáticos signos neolíticos atestiguaron milenios de ocupación humana ininterrumpida en este singular santuario rupestre andaluz.
El reconocimiento oficial no se hizo esperar y en 1924 la cueva fue declarada Monumento Nacional mediante Real Orden de Alfonso XIII, consagrándose como Bien de Interés Cultural. Durante aquellos años, Tomás Bullón García, hijo del descubridor, continuó explorando el intrincado laberinto y descubrió la entrada que se utiliza en la actualidad. Su empeño constante dio frutos extraordinarios en 1933 con el hallazgo de las Nuevas Galerías y esqueletos prehistóricos, seguido en 1934 por el hallazgo de la célebre figura femenina tallada que hoy se conoce como la Venus de Benaoján en el Museo de Málaga.
Cinco generaciones
La fascinante red de galerías continuó desvelando secretos a finales del siglo XX cuando los descendientes de la familia, junto al Grupo Espeleológico Alpino Rondeño, descubrieron en 1992 un tramo virgen de 250 metros preservado de forma intacta desde la Prehistoria. La cavidad, moldeada por la acción milenaria de las aguas del río Guadiaro sobre la caliza jurásica, sirvió durante milenios como punto de reunión para comunidades de cazadores-recolectores que se desplazaban estacionalmente entre las hermosas sierras interiores de Ronda y la franja costera del amplio litoral mediterráneo andaluz.
Tras 120 años transcurridos desde aquel casual encuentro motivado por la búsqueda de fertilizante, la Cueva de la Pileta se mantiene como un modelo ejemplar de conservación patrimonial. Cinco generaciones ininterrumpidas de la familia Bullón han custodiado, protegido y guiado a los visitantes por este templo del arte del Paleolítico en la provincia de Málaga. Hoy en día, sus descendientes continúan encendiendo los faroles para mostrar al mundo entero el legado imborrable que un humilde agricultor descubrió al seguir el vuelo de los murciélagos.
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