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Los héroes anónimos en Urda: “Esto es complicado de gestionar, estamos un poco tocados”

Dos personas se abrazan tras el accidente en Urda, Toledo.

Carmen Bachiller / Fidel Manjavacas / Itziar Machicado Blanco

Toledo —
2 de noviembre de 2026 20:15 h

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Siempre llega un poco antes de la hora de dar el relevo. Ese día, el miércoles 28 de octubre, María entraba a trabajar a las nueve de la mañana. Pero fue ella la que, a las 8.58, atendió la llamada del SESCAM. “Solo nos dijeron que teníamos que ir a la estación de Urda porque se había producido un accidente ferroviario”, recuerda esta técnico de ambulancias cuyo nombre real prefiere mantener en el anonimato. No sabía entonces hasta qué punto esa escueta comunicación sería un antes y un después. 69 muertos. Más de 200 heridos.

Casi a la misma hora, en Los Yébenes (Toledo), María José Torres y Antonio Martín llevaban a sus hijas al colegio. Era su aniversario de boda y habían previsto una salida al campo para celebrarlo. “Nos gusta mucho y queríamos pasar un día tranquilo”, comenta Antonio. Pero sus planes cambiaron rápidamente.

“Nos paramos a hablar con Eugenio, el jefe policía local y vimos pasar un helicóptero del servicio sanitario. Comentamos que parecía ir hacia Urda o hacia Ciudad Real. Pero no le dimos importancia; cada día pasan uno o dos”, cuenta Antonio. Se fueron a una cafetería. Eran las 9.15 horas y allí se enteraron del accidente por la llamada de un amigo. En la televisión daban las primeras imágenes del impacto. “Le pregunté por lo que iba a hacer él. Estaba yendo hacia abajo [hacia Urda] y en otro coche iba el alcalde”.

Antonio y María José tienen experiencia en supervivencia y primeros auxilios. Incluso están montando una empresa para dar cursos formativos. Así que no se lo pensaron: “Llamé a un vecino que tiene una tienda de alimentación en el polígono, y que ya había colaborado cuando nos tocó la dana”, explica Antonio. Sacaron del vehículo la silla de su hija y todo aquello que no fuera imprescindible. Lo llenaron de agua. “Casi un palé”, detalla Antonio.

“Salimos corriendo”, resume ella. Y ambos confiesan que, mientras se dirigían al lugar del suceso, no pudieron evitar pensar en Adamuz.

Agentes de los Servicios de Emergencias trabajan en el lugar de los hechos, en Urda.

Al llegar a Urda, el equipo de María se había adentrado por un camino, siguiendo indicaciones de la Guardia Civil, hasta llegar a la zona del siniestro: “No lo recuerdo bien, creo que era el sitio en el que estaba la cabeza del AVE”.

Tampoco se acuerda ni de cuándo llegó con sus compañeros de ambulancia, otro técnico, una médico y una enfermera, ni cuántas horas transcurrieron en aquella mañana frenética, hasta que por la tarde el equipo paró a reponer material y les enviaron de nuevo a su base. “Solo sé que me puse en modo automático, pura adrenalina”, relata.

Han pasado varios días, pero su voz tiembla al otro lado el teléfono: “Yo esto no lo he visto en la vida, sinceramente. Fue muy traumático”, reconoce.

El triaje y el caos

El de María fue el primer recurso sanitario en llegar al lugar, junto a otro grupo de Atención Primaria. “No sé de dónde eran”, confiesa. Solo hubo tiempo para ponerse manos a la obra. “Éramos muy pocos y todo era un caos, pero hicimos buen equipo y comenzamos con los triajes”.

Rojo. Amarillo. Verde… Todo en función de la gravedad de las personas en el lugar. “Nos poníamos con uno, luego con otro… Había de todo”.

Entre tanto, a unos cuantos metros, aunque fuera de la zona donde actuaban los sanitarios y otros profesionales, Antonio y María José se habían topado con varias patrullas de la Guardia Civil y con otros vecinos del pueblo. “Aparcamos el vehículo en un apartadero habilitado junto a la carretera. Allí estaba el alcalde, Jesús, y el amigo que me llamó”. La Guardia Civil les indicó que sacaran el agua para colocarla en otro vehículo. “La cargamos en una camioneta pickup de otro particular y eché un botiquín que suelo llevar. Nos pusimos unos chalecos y entramos a la zona”, cuenta Antonio.

María José y Antonio, de Los Yébenes, voluntarios el 28 de octubre, en una imagen de archivo.

“Recuerdo que fuimos andando hacia la zona del accidente, en el cruce entre Urda y Los Yébenes. Había muchos vecinos que también habían llevado agua”, añade María José. “Yo iba temblando, pero la adrenalina te permite hacer lo que sea y lo que te pidan”, reconoce esta entrenadora personal.

Se quedaron a la espera de instrucciones para ayudar. “Vimos llegar cientos de coches. Me quedé impactado con la movilización”, cuenta su marido. Su vehículo sirvió para trasladar a los heridos leves o a las personas que resultaron ilesas.

Yo iba temblando, pero la adrenalina te permite hacer lo que sea y lo que te pidan

María José López — Vecina de Los Yébenes que ayudó como voluntaria a trasladar heridos leves junto a su marido

“Acompañé andando a un hombre hasta la carretera porque le iban a ir a recoger. Iba un poco mareado”, relata María José. Después se pidieron vehículos para trasladar a las personas con heridas menos importantes.

El matrimonio de voluntarios llevó a tres chicas visiblemente heridas hasta el pabellón habilitado en Urda. “Yo intentaba tranquilizarlas. Iban muy asustadas, necesitaban un abrazo o que les cogieras de la mano”, cuenta María José. Aunque es cierto que en esos momentos uno no sabe qué decir. “Les dije que estaban vivas y que volvían a casa. Una de ellas iba a Sevilla porque operaban a su madre”.

Un efectivo de Cruz Roja en Urda, donde se concentraron centenares de personas y vehículos tras el accidente ferroviario.

Al lugar del accidente poco a poco fueron llegando refuerzos. “Vinieron más y más, también TNA, el transporte no asistencial. Recuerdo que había muchos guardias civiles, policías locales… Sacaban gente de los vagones y nos ayudaron mucho porque estaban pendientes de los heridos. Si veían cualquier cambio… nos avisaban”, explica la técnico de ambulancias.

La situación cambió cuando se montaron pequeños hospitales en el terreno o el Puesto de Mando Avanzado (PMA). La coordinación comenzó a fluir. “Llegó gente del SAMUR, del SUMA, había helicópteros, bomberos, policías, efectivos de Protección Civil…”. Las personas heridas eran filiadas y se procedía, en caso necesario, al traslado hospitalario.

Ambulancias esperando en la zona cero del accidente de Urda el 28 de octubre de 2026

María lleva ocho años de servicio, está habituada a las emergencias sanitarias, pero en Urda perdió la noción del tiempo. Entre las muchas imágenes que se mezclan en su relato está la del momento en el que, en pleno caos, alguien le ofreció agua. “Sé que la gente del pueblo llevó agua y comida”, dice, agradecida.

Antonio y María José estaban entre esos vecinos que llevaron víveres a la zona. “Esta vez el lugar del accidente estaba en un lugar muy accesible. Es de lo poco positivo. Por eso los efectivos de emergencias pudieron llegar rápido y bien. A los diez minutos de estar allí yo había ya entre 70 y 100 vehículos”, relata Antonio.

“Al subir a un paso elevado sobre las vías fuimos conscientes de lo ocurrido”, explica Antonio, que reconoce que en ese momento le invadió una sensación de impotencia. María José coincide. Querían haber podido ayudar más. Estuvieron allí un par de horas y su labor terminó cuando llegaron a la zona autobuses para trasladar a los viajeros e intervino Protección Civil. “Hay que dar gracias por todo el gran despliegue”, reconoce Antonio.

Decenas de autobuses trasladaron a las personas afectadas por el accidente ferroviario en Urda, el 28 de octubre de 2026

Pero irse a casa no era una opción. En Los Yébenes, el pueblo vecino, preparaban un pabellón ante la posible llegada de heridos. “Nos fuimos allí, sacamos los chalecos [forman parte de Protección Civil, en periodo de formación] y preguntamos si podíamos hacer algo. Estuvimos recibiendo las donaciones que hizo la gente, tras una llamada que se hizo vía redes sociales: mantas, papel higiénico o alimentos no perecederos. También vino un médico del centro de salud y enfermeras, gente que estaba de libranza, además de ambulancias”.

“Por suerte no hizo falta. Solo llegaron siete y venían atendidos. Les echaron un último vistazo y les enviaron a casa”. La emergencia quedó centralizada en Urda.

Víveres cedidos por los vecinos y vecinas de Los Yébenes, el pueblo vecino de Urda, el 28 de octubre de 2026, depositados en un pabellón que se preparó para recibir heridos, aunque finalmente no fue necesario

Tras el paso de los días, lo vivido ha ido cobrando una dimensión diferente para María. “Me ha costado dormir. Se me vienen a la cabeza imágenes del momento. Había muchas personas…”. Deja la frase a medias. Dice que quizá no sea consciente de todo lo que pasó desde que llegó con la UVI móvil al lugar aquel día. Y de repente recuerda el traslado de una de las personas heridas al otro lado de las vías, a la zona donde se prepararon hospitales de campaña. “Desgraciadamente, murió”, cuenta. Y tras un breve silencio, se repone: “Es necesario hablarlo y soltarlo, porque esto es complicado de gestionar, y estamos un poco tocados”.

Ayudar en la “ventilación emocional”

En Urda los equipos psicosanitarios también han tenido que atender a los profesionales del dispositivo. Todavía lo siguen haciendo. Estarán allí hasta el 4 de noviembre, al menos. Muchos están afectados. También los vecinos y vecinas que vivieron muy de cerca la catástrofe. Nueve días antes, en Urda una tromba de agua que dejó la dana Adam había inundado el pueblo.

Guillermo Fouce es psicólogo y forma parte del Servicio de Atención Psicológica gratuito de UGT creado este mismo año en colaboración con la Fundación Psicología sin Fronteras. El sábado por la tarde el equipo fue activado y el domingo por la mañana se afanaban en ofrecer “ventilación emocional” a todas las personas que lo necesitaran. “Se trata de contar qué es lo que les ha pasado”. Es su trabajo estos días para que, de alguna forma, dice, puedan “normalizar esas emociones”.

Un trabajo que también realizan efectivos de la Guardia Civil o de Cruz Roja, como Juan Manuel Barrachina, psicólogo jubilado en los Equipos de Respuesta Inmediata en Emergencias (ERIE). “Nuestra labor principal es estar, acompañar y aliviar el dolor en la medida de lo posible”.

Juan Manuel Barrachina, psicólogo de la Cruz Roja

María se queda con “la solidaridad de la gente que no estaba trabajando y se presentó para ayudar”. Fue el caso de Miguel Ángel Laguna, bombero del Consorcio Provincial de Extinción de Incendios y Salvamento (CPEIS) de la Diputación de Toledo. Ese día estaba en casa. No le tocaba guardia. Al conocer la magnitud de lo que estaba sucediendo, decidió desplazarse hasta el lugar del siniestro. “Había mucha gente que se estaba autoevacuando, se estaban ayudando unos viajeros con otros”.

Su labor se centró en la gestión y coordinación del operativo, aunque subraya que sus compañeros estuvieron en contacto directo con las escenas más duras del accidente. “Realmente no procesas el escenario, el ambiente en el que te encuentras, hasta ahora o días después”.

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