Voces de la acampada de Sol la celebran pese al abrupto final: “Que este espejismo se transforme en realidad”
A las 12.30 horas de este martes, Lucila cruzó una Puerta del Sol cuya imagen había cambiado por completo. O al menos ya no era lo que recordaba. El perímetro de la plaza estaba precintado y donde hacía unas horas continuaban los restos del movimiento –cuyo número de miembros o colectivos implicados había ido mermando– ya gobernaba de nuevo el habitual tránsito de turistas.
“Ahora están limpiando y huele bastante a lavandina”, dice Lucila, que, sobre todo, ha encontrado “muchos camiones” de limpieza en la zona y a la que ha sorprendido la rapidez de la operación, pues comenzó de madrugada. El debate abierto por la continuidad de la acampada tenía que ver con acordar cuál era a partir de ahora la forma más útil de presionar. Después de empujar a un adelanto electoral o contribuir con sus llamamientos en asambleas a la convocatoria de la huelga general, el movimiento había perdido fuerza y cada vez contaban menos manos para sostener su día a día.
Finalmente, el pasado lunes alrededor de un centenar de personas leyeron un manifiesto con diversas reclamaciones genéricas. Algunos todavía pretendían continuar, aunque la mayoría se preparaba para desmantelar y recoger progresivamente tiendas y enseres. Sin embargo, la repentina actuación policial en la noche del 2 al 3 de noviembre desarticulaba completamente lo que quedaba de acampada 38 días después de su arranque.
Ese ha sido el abrupto desenlace de una progresiva disminución de fuerzas desde que el Sindicato Inquilinas de Madrid, la organización que lideró la acampada en sus primeros compases después de que el 23 de septiembre se ejecutara el desalojo de Maricarmen, iniciase una progresiva retirada de efectivos para focalizarse en los barrios y en la huelga general del 11 de noviembre. Una dinámica similar a la que han seguido otros colectivos consultados por este periódico. Pese a ello, la organización de arrendatarios ha mantenido su respaldo a la acampada y, contra diferentes bulos y rumores, nunca ha llamado activamente a su desmantelamiento. Es por ello que uno de sus portavoces, Fernando de los Santos, ha criticado en declaraciones a los medios la actuación policial y de la Delegación del Gobierno en Madrid: “Lo primero es condenar e investigar la violencia empleada hacia quienes están protestando pacíficamente”.
“Mientras miles de personas están sin hogar y las preocupaciones por la vivienda siguen sin ponerse en el centro, la máxima preocupación de las administraciones empezando por el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid es desalojar a estas personas”, denuncia. De los Santos considera que el proceso de la acampada ha sido “muy útil para que la gente se acercara a la lucha por la vivienda y otras luchas, como la educativa, la laboral o la antirracista”. Ahora, dicen, el propósito es “trasladarla a los barrios y las calles para construir la huelga del 11N, pararlo todo y conquistar de verdad el derecho a la vivienda”. El Sindicato envía estas palabras desde París, en una reunión de urgencia entre representantes de sindicatos laborales y de vivienda de siete países que da cuenta del alcance global que ha logrado la movilización.
Gustavo y Pablo pertenecen a la Asamblea de Vivienda de Villalba, uno de los grupos que integra el Proceso de Unión de Colectivos de Vivienda de Madrid (Pucvm). Con gran presencia desde el inicio de la acampada, la propia idiosincrasia de la entidad les hizo tener claro desde el primer momento que el movimiento debía desembocar en los barrios y los municipios. Pucvm acabó oficializando su retirada hace dos semanas para iniciar ese trabajo localizado, sobre todo de cara a la huelga general. “Entendimos que la presión política de las acampadas ya estaba hecha y que la huelga requería un curro”, opina Pablo.
Apunta Gustavo que eso no implicó desligarse totalmente de la plaza y que él, a título personal, continuó acudiendo en algunas ocasiones aunque ya sin pernoctar. Admite que la composición social cambió, aunque cree que los medios han desdibujado la realidad de quienes quedaban: “No era tan desagradable como querían pintar. Llegó más gente sin hogar, con una vida difícil, pero no era inseguro. Valoro la permanencia y que se diera auxilio y techo a personas en situación de calle”.
De hecho, expone que esas personas acabaron adoptando formas de organización social herederas de los propios movimientos presentes desde un inicio: “Quedaba gente que ha trabajado en auxiliarles, apoyarles y enseñarles el poder de la organización. Se ha generado una asociación de casi 50 personas en situación de calle, capaces de trabajar en común y solventar problemas de convivencia, o de mantener las tareas de limpieza instauradas desde el principio”.
Algo que se vincula con el que, según Pablo, es el principal logro del asentamiento iniciado el 26 de septiembre: “Ha servido de aprendizaje colectivo y apoyo mutuo para personas muy distintas. Lo vemos ahora con la huelga, donde después de 12 años sin ninguna convocatoria las compañeras militantes que recuerdan esa experiencia no son las más jóvenes. Hay que incorporar esos saberes y adaptarlos, tener capacidad para entenderse con gente que viene de sitios muy distintos, no olvidar perspectivas como la antirracista…”. Una ardua tarea para encauzar el “repunte de atención mediática hacia casos de problemáticas de vivienda y hacia la gente que quiere luchar”.
En Collado Villalba lo han comprobado de primera mano. Cuenta Gustavo que la Asamblea de Vivienda ha experimentado un boom de asistencia: “La acampada ha permitido que mucha gente se anime a cooperar. Hasta ahora casi toda la gente que venía tenía un problema, ahora llegan personas por el mero hecho de militar y echar una mano”. Para su compañero, ha sido el fruto de una labor que precede a lo ocurrido en Sol: “El trabajo diario de hormiguita en las asambleas se ha catalizado de manera positiva, pero a nivel de base se valora lo positivo que ha sido ponerse cara y colaborar mano a mano”. El Pucvm, aunque viene de una larga trayectoria de colaboración entre entidades, tomó forma y nombre pocas semanas antes de la acampada. El timing acompañó. “Quedan cosas por cerrar a nivel teórico u organizativo, pero en lo práctico y en lo emocional nos ha dado mucho”, resume Pablo.
Hasta ahora casi toda la gente que venía tenía un problema, ahora llegan personas por el mero hecho de militar y echar una mano. Quedan cosas por cerrar a nivel teórico u organizativo, pero en lo práctico y en lo emocional nos ha dado mucho
Más allá de ese impacto positivo a nivel de su agrupación, valoran positivamente la repercusión en la movilización social de Madrid y de todo el país (incluso a nivel internacional), aunque no haya estado exenta de tensiones: “La acampada ha sido un lugar de encuentro con distintos colectivos. Las alianzas se colocan y las diferencias también se hacen más visibles. Es importante saber qué nos une y qué nos diferencia”, subraya Pablo.
Desconvocar para organizar
Una de las organizaciones presentes en la acampada que ha marcado perfil propio es la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS), integrada en el Movimiento Socialista, también presente en las movilizaciones recientes con la Organización Estudiantil Socialista (OES). Carlota, militante de CJS, coincide no obstante con el análisis de que entendieron que los pasos a seguir conducían a “los barrios, los centros de trabajo y los de estudio”. Sus tareas de organización y difusión comenzaron a orientarse hacia los comités unitarios y juveniles del 11N.
“Desde que surge la acampada tenemos claro que tiene que ser una herramienta de construcción de un poder independiente más allá de lo institucional. No podía estar supeditada a la aprobación o no de los decretos, a las elecciones, ni siquiera a la huelga. Debía servir para denunciar la situación de la clase trabajadora, no para parches ni para campañas al gobierno. La desconvocatoria respondía a los intereses de crear esa organización”, aclara Carlota.
En CJS entienden la acampada como “un primer paso positivo para muchos jóvenes que nunca habían acudido a movilizaciones y no querían sentirse meros agentes pasivos”. “Se ha demostrado que hay una juventud dispuesta a organizarse, en nuestro caso en coordenadas socialistas, frente al discurso de esa ola reaccionaria entre los jóvenes que, por otro lado, no negamos. Si uno de cada cuatro jóvenes se plantea votar a Vox, se ha puesto en el foco a esos otros tres de cada cuatro y en la urgencia de construir un proyecto que movilice en otros postulados”, desarrolla Carlota.
“Durante unos días fue fácil poner la tele o leer un periódico y dar con un discurso netamente socialista. Eso nos ha permitido demostrar que nuestro discurso es perfectamente comprensible para la clase trabajadora y quienes sufren las condiciones de miseria. Unas condiciones que no se pueden abordar omitiendo la responsabilidad del Gobierno central y de los autonómicos, de los especuladores en su conjunto, de la patronal”, opina. Como valoración general Carlota cree que “ha servido para mucho al conjunto de organizaciones y sindicatos que han participado de cara a alcanzar ese horizonte futuro desde una orientación política acertada, sabiendo que el contenido no está fijado de antemano”.
Preguntados acerca del momento con el que se quedaría de estas semanas en Sol, Pablo duda y repasa varios logros: “Hemos ampliado la caja de resistencia, hemos recogido donaciones directas a personas migrantes en Ceuta... Pero me quedo con un turno que compartí en el punto de atención sanitaria con una compañera enfermera. Aprendí de la logística de los cuidados y la gestión de momentos de crisis. Cuando ocurre una catástrofe, como han sido los accidentes de tren, los incendios o el volcán de La Palma, es cuando cobra valor ese saber organizarse y gestionar la vida. Donde hay violencia no hay apoyo mutuo y donde hay apoyo mutuo no hay violencia”.
Su compañero Gustavo baja la reflexión a lo terrenal con una de las emotivas imágenes que podían verse durante la acampada: “Me quedo con la respuesta social positiva que ha habido, aunque haya excepciones de gente que venía a provocar o a criminalizarnos. Me quedo con ver llegar a las 8.00 de la mañana a dos señoras con un bizcocho recién horneado. Con lo difícil que en muchos momentos era gestionar la cantidad de cosas que había, cómo llegaba de todo cuando pedías linternas, pilas, baterías externas... nos han dicho muchas veces que lo que hacíamos era admirable y que hemos contribuido a una sociedad mejor construida”.
Carlota duda entre dos momentos. El primero, el propio desahucio de Maricarmen que dio pie a todas las movilizaciones. “A las personas que militamos en sindicatos de vivienda y sabemos lo que es poner el cuerpo en un desalojo nos conmovió”, señala. El segundo es la reclama nocturna en la noche del 2 noviembre, horas después de que PP, Vox y Junts tumbaran los decretos de vivienda. CJS, que ya lideró la indignación en el momento de la votación, emprendió una marcha hacia el Congreso en un momento de enorme rabia social. “Fue una imagen muy potente, vimos que juntas podíamos vencer los discursos que se pretendían dar desde sectores de la acampada con un mensaje contundente y serio sobre lo que queríamos como juventud socialista. Nos motivó, pero queda mucho trabajo por hacer para que ese espejismo se transforme en realidad. Esto no ha hecho más que empezar, no acaba con la acampada, con la huelga, ni con las elecciones”.
Ayla, que ha vuelto a Madrid después de siete años viviendo en Dinamarca pasó las últimas dos semanas acampando en Sol. Antes de que pasaran 24 horas desde el desalojo ya estaba retornando a la plaza junto a otros que, en muchos casos, tuvieron menos suerte que ella. “Yo fui de las pocas que tuvo tiempo de recoger sus cosas”, destaca, aunque después paso la madrugada pendiente de dos compañeros detenidos y hablando con el abogado que logró sacarles de la cárcel. Ahora están a la espera de juicio y Ayla combina el enfado por lo ocurrido con algo de esperanza.
“Después de vivir en el extranjero y sabiendo cómo estaba España ahora no esperaba encontrarme con algo como esto, una reivindicación con la que hacer comunidad. Creo que nuestro futuro será distinto al del 15-M porque allí al final hubo mucho politiqueo, pero en Sol hemos intentado dejar ese enfoque y hacer política desde lo pequeño, como son las asociaciones de barrio o las luchas del día a día que seguirán en pie aunque las tiendas se caigan”, desea en declaraciones a Somos Madrid. Y no solo las organizaciones vecinales han participado en este movimiento: también lo hicieron desde otras luchas más específicas o entidades de larga trayectoria.
Aunque al principio fueron muchas las entidades ecologistas que se sumaron a la protesta, su presencia también se ha diluido o queda lejos de ser lo que era. El 27 de septiembre, la sección joven de Ecologistas en Acción anunciaba su incursión en la acampada, que apenas había empezado a formarse una noche antes. La confederación de colectivos por el medio ambiente unió pronto su causa a las reivindicaciones contra el actual mercado inmobiliario, al que también se consideran ligados. “Veníos aquí a Sol con nosotras, defendamos el planeta y la vivienda juntas”, invitaba una de sus portavoces. Sin embargo, hacía ya unos días de su retirada, así que la desacampada no les ha pillado de pleno.
“Ya tiendas no teníamos ninguna, por suerte, aunque creo que quedaban unas carpas y eso sí que es una putada”, relata Carlos, que milita en Ecojóvenes y ha sido una de sus caras más visibles desde el kilómetro cero. Desde un mostrador improvisado, donde exhibían folletines o información sobre su trabajo, la acampada y vías de participación ciudadana. Pero una vez comenzó el pulso interno entre quienes mantenían a flote la acción protesta y los partidarios de un desembarco progresivo, ellos consideraron que era mejor abandonar para continuar esa senda desde otras vías.
Sobre recuperar las cosas que la Policía ha retirado de Sol, de momento todo parece “un caos”. “Primero se dice una cosa, luego otra… estamos esperando a ver si se aclara un poco [el procedimiento] y podemos intentarlo, pero personalmente no tengo mucha esperanza”; confiesa Carlos, a quien también preocupan las personas sin hogar que en los últimos días habían sumado sus propias tiendas a las que ya copaban la acampada, en intento de resguardarse en lugares más seguros y aprovechar la concentración de gente.
También las ONG andan pendientes de lo ocurrido. Es lo que explica Jesús Sandín, trabajador social de Solidarios, una organización dedicada a la reinserción social de las personas sin hogar. En los últimos días, habían desplegado a algunos miembros en la acampada después de que conocer que allí también se han refugiado quienes no tenían donde dormir. Han pasado la jornada del martes pendientes de quiénes hayan podido perder sus tiendas o enseres, habiéndose visto afectados por la decisión de Delegación.
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