Pasear por Vallecas escuchando con tu móvil las voces del movimiento vecinal que cambió Madrid: “La lucha sigue viva”
Los barrios de la periferia madrileña no siempre fueron así. Donde ahora hay parques, colegios, centros de salud o bloques de viviendas, antes hubo barro, chabolas y casas levantadas a mano por familias que llegaron a la ciudad buscando una vida mejor. Es el caso de Vallecas, donde el crecimiento de Entrevías, El Pozo del Tío Raimundo y Palomeras Bajas estuvo marcado durante décadas por la falta de vivienda y de servicios básicos, pero también por la respuesta de quienes vivían allí. Vecinos y vecinas que decidieron organizarse para reclamar lo que no tenían y que acabaron convirtiendo sus problemas cotidianos en luchas colectivas.
Algunas de aquellas movilizaciones transformaron por completo Madrid. Otras dejaron espacios de encuentro, asociaciones y formas de hacer política desde abajo que todavía perviven. Ahora, esas voces podrán volver a escucharse mientras se camina por Entrevías, El Pozo del Tío Raimundo y Palomeras Bajas a través de una cartografía sonora que recoge los testimonios de quienes participaron en sus luchas.
Con tan solo escanear un código QR, el paseo por los barrios vallecanos se convierte en un recorrido por la memoria de quienes pelearon por convertir la periferia madrileña en un lugar digno para vivir. La iniciativa forma parte de la serie Cartografía de Memorias de las luchas vecinales en Madrid, desarrollada por La Liminal, el colectivo formado por Beatriz Martins y Yolanda Riquelme, que en esta ocasión también ha contado con la participación de Sara Martín Terceño. El proyecto, impulsado en el marco de la Celebración de los 50 años de España en Libertad, se presentó el pasado 25 de septiembre en Entrevías y El Pozo, y este viernes lo hizo en Palomeras Bajas.
“El paisaje que tenemos hoy, y lo que son muchos de los barrios de Madrid, está ahí porque la gente se lo ha peleado. No ha llegado nada caído del cielo”, explica Beatriz Martins en conversación con Somos Madrid. Esa es, precisamente, una de las ideas que atraviesa la investigación: mirar el barrio actual y preguntarse qué hay detrás de cada calle, cada edificio y cada espacio público. “Me gustaría que estas cartografías nos ayudaran a tener una mirada más curiosa sobre la ciudad”, señala una de las impulsoras del proyecto.
Del barro al barrio
Para entender esa historia hay que retroceder varias décadas. Entrevías fue creciendo con la llegada de población procedente de otras regiones de España, mientras que El Pozo del Tío Raimundo comenzó a desarrollarse con fuerza a partir de los años cincuenta, en buena medida a través de la autoconstrucción. Palomeras Bajas siguió un proceso similar. Familias llegadas a Madrid durante el desarrollo industrial se asentaron en una periferia que crecía deprisa, sin planificación suficiente y con unas carencias básicas que afectaban a casi todos los ámbitos de la vida cotidiana.
La vivienda era una de ellas, pero no la única. El acceso al agua, la educación, la asistencia sanitaria, el transporte, las zonas verdes o los espacios de ocio se convirtieron en motivos para organizarse. Primero fueron redes informales de apoyo y, después, asociaciones capaces de convertir problemas cotidianos en reivindicaciones colectivas.
El recorrido de Entrevías y El Pozo reúne trece puntos. Uno de ellos es la calle del Depósito del Agua, donde conseguir algo tan básico como agua corriente se convirtió en un elemento de unión entre el vecindario. Otro conduce hasta las llamadas Domingueras, viviendas unifamiliares construidas por sus propios habitantes durante domingos y festivos, reproduciendo en la periferia madrileña formas de vida que muchas familias habían dejado atrás al emigrar a la capital.
También aparecen colegios, asociaciones vecinales y parroquias. El Centro Pastoral San Carlos Borromeo fue uno de esos lugares desde los que se articularon respuestas a las necesidades del barrio, con sacerdotes que adoptaron una posición cercana a las demandas sociales de sus vecinos. Las asociaciones La Viña y La Paz, que cumplen medio siglo de actividad, forman parte de esa historia de organización y movilización.
En El Pozo aparece otro de los hitos del mapa, la Asociación Vecinal El Pozo del Tío Raimundo, constituida en 1969 y convertida en uno de los principales espacios desde los que el vecindario reclamó la transformación de un entorno marcado por el chabolismo y la infravivienda. También la educación ocupa un lugar destacado, con la Escuela Profesional 1º de Mayo y el CEIP Manuel Núñez de Arenas como ejemplos de una lucha por acceder a un futuro distinto.
“Hay una idea muy clara de que las asociaciones vecinales fueron escuelas de democracia”, resume Martins. En aquellos espacios, en un momento en el que todavía vivían bajo la dictadura franquista y sin libertades, muchas personas aprendieron a reunirse, discutir, tomar decisiones colectivas y defender sus derechos.
No es casualidad que Palomeras Bajas ocupe un lugar especialmente destacado en esta historia. Su asociación vecinal fue la primera de Madrid en constituirse al amparo de la Ley de Asociaciones de 1964. Una norma concebida por el franquismo para proyectar una imagen más aperturista acabó abriendo, de manera inesperada, una grieta que permitió organizarse a quienes buscaban transformar sus barrios.
“Se abre una puerta que no deseaban abrir”, explica Martins. Uno de los testimonios recogidos en el mapa es el de la histórica abogada laboralista Paca Sauquillo, que recuerda cómo un grupo de jóvenes profesionales identificó aquella posibilidad y empezó a trabajar para crear asociaciones vecinales. El resultado fue una estructura de organización que acabaría teniendo un papel relevante en la Transición.
El mapa de Palomeras Bajas reúne diez lugares que permiten seguir las huellas de aquellas movilizaciones: la antigua parroquia del Buen Pastor, donde se celebraban reuniones; el colegio del barrio, vinculado a una educación participativa; el antiguo Cine París, convertido en espacio de asambleas; o el conjunto escultórico levantado durante la remodelación. También la Casa de las Mujeres de Vallekas, que recuerda el papel de las vecinas y de las redes feministas en la construcción de comunidad. Todos forman parte de una misma historia, la de un barrio en el que la organización vecinal atravesó la vivienda, la educación, la cultura, el urbanismo y también las luchas de las mujeres.
La ciudad que se conquistó vuelve a estar en disputa
Una de las conclusiones que más ha sorprendido a La Liminal durante la investigación es precisamente que la historia del movimiento vecinal no termina cuando llegan la democracia y las grandes conquistas urbanas de los años setenta y ochenta. “La lucha sigue viva”, resume Martins. Lo que ha cambiado son las formas, los espacios y las generaciones que la protagonizan.
A mediados y finales de los ochenta aparecen en Vallecas nuevas generaciones que se enfrentan a otro paisaje social con tasas de paro muy elevadas, falta de oportunidades y la crisis de la droga. Es el contexto en el que surgen grupos como los Hijos del Agobio y espacios como el Eve, que aglutinó a una nueva generación alrededor de la cultura y la música. También aparecen las Madres Contra la Droga, mujeres que decidieron organizarse ante una situación que estaba golpeando al barrio. “Muchas de ellas ni siquiera tenían hijos afectados por la droga, pero entendían que era un problema de todas”, recuerda Martins.
Para La Liminal, esa evolución demuestra que el activismo de barrio nunca ha sido únicamente una cuestión de asociaciones vecinales. Es una red más amplia, con diferentes formas de organización que aparecen en distintos momentos y alrededor de distintos problemas. “Lo más bonito ha sido precisamente ver esa diversificación del activismo. Pensar que no es solo la asociación vecinal, sino que todo el barrio está respirando esa idea de que hay que organizarse para pelear desde distintos lugares, pero con un objetivo común”, señala Martins.
Basta mirar lo que está ocurriendo estos días en Madrid para encontrar un hilo directo con aquellas reivindicaciones. El pasado 23 de septiembre, Maricarmen, una vecina de 87 años, fue desahuciada de la vivienda en la que había vivido durante siete décadas en Retiro. Su caso desencadenó una acampada multitudinaria en la Puerta del Sol, donde vecinos, colectivos y organizaciones reclaman desde hace más de 20 días una respuesta ante una crisis de vivienda que vuelve a poner en primer plano una pregunta que ya estaba presente en las luchas de los barrios obreros de los años setenta: quién tiene derecho a permanecer en la ciudad y qué condiciones hacen posible una vida digna.
La distancia entre unas reivindicaciones y otras no es, quizá, tan grande como podría parecer. Entonces se reclamaban viviendas dignas, colegios, centros de salud, transporte, espacios verdes y barrios donde poder construir una vida. Hoy buena parte de las movilizaciones vuelven a hablar de vivienda, de expulsión de los vecinos, de cuidados y de la necesidad de poder seguir viviendo en los lugares donde se ha desarrollado una vida entera.
Para Martins, precisamente ahí está una de las claves de mirar hacia aquella historia. “Estamos en un momento en el que muchas cosas que creíamos garantizadas se nos están arrebatando con muchísima violencia”, apunta. La memoria de las luchas vecinales no sirve únicamente para recordar lo que se consiguió, sino también para preguntarse qué ocurre cuando derechos que parecían consolidados vuelven a estar en disputa.
Es también por eso que el proyecto evita plantearse como una mirada nostálgica hacia un pasado de grandes victorias. La memoria de las luchas vecinales sirve, en realidad, para formular preguntas sobre el presente. La vivienda aparece como la principal expresión de ese cambio. Pero detrás están también las formas de relacionarse con el lugar donde se vive, la precariedad y la dificultad para construir comunidad en una ciudad cada vez más móvil.
Después de cuatro años hablando con asociaciones vecinales, La Liminal ha detectado una preocupación por la falta de relevo generacional. “La gente ya no se sentía interpelada por estos movimientos de barrio”, explica Martins. Y eso abre otra pregunta: qué ha ocurrido para que una parte de la población haya dejado de sentirse vinculada a su entorno más inmediato.
La crisis de la vivienda lo hace todavía más evidente. “Estar en un barrio o en otro depende muchas veces de la duración de tu contrato de alquiler”, señala. Una ciudad en la que los alquileres expulsan y desplazan a sus habitantes dificulta la creación de vínculos duraderos. También lo hacen los horarios laborales, los hábitos sociales y una forma de vida que deja menos tiempo para relacionarse con quienes viven alrededor.
Sin embargo, la investigación también ha llevado a La Liminal a una conclusión menos pesimista. “Muchas de las personas con las que hemos hablado vinieron a vivir a una chabola en la que pasaban frío y calor, donde se les metía el agua y no tenían nada. Y encontraron la forma de hacerse con su lugar”, explica Martins.
Por eso, si dentro de 50 años alguien vuelve a recorrer Madrid con una cartografía sonora para contar las luchas de esta época, quizá encuentre formas de organización que todavía no tienen nombre. O espacios que hoy apenas empiezan a existir. “Creo que hay que confiar en que encontraremos maneras de resistir”, admite Beatriz.
Un ejercicio de memoria a través de la voz
La investigación de La Liminal sobre las luchas vecinales comenzó en 2022, aunque el colectivo llevaba tiempo encontrándose con ellas en sus trabajos sobre Madrid. El primer proyecto fue en Meseta de Orcasitas, junto a mujeres del barrio, y después llegaron nuevas investigaciones en Carabanchel Alto, San Isidro, Comillas y otros territorios, con el apoyo del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática y de la FRAVM. Pero a medida que acumulaban materiales y testimonios surgió la duda de cómo conseguir que aquella memoria saliera de los archivos y llegara a más gente.
“No queríamos ser nosotras quienes contáramos esas historias ni apropiarnos de esas voces. Queríamos que las contara la gente que las había protagonizado”, explica Martins. De ahí nacieron las cartografías sonoras, mapas que permiten recorrer físicamente los barrios mientras se escuchan las voces de quienes participaron en sus luchas. Un formato que, además, responde a una preocupación que las asociaciones les trasladaban con frecuencia: cómo llegar a generaciones que no conocen aquella historia o no sienten que forme parte de su propia vida.
“Muchas asociaciones organizan un montón de actividades y viene mucha gente, pero siempre es la misma gente, personas que ya conocen la historia”, cuenta. Frente a ello, el sonido permite otra forma de acercamiento. “Cuando escuchas una voz construyes un cuerpo, una imagen. Transmite mucho más que únicamente lo que está contando. Hay un cuerpo en esa voz que transmite historia”. En Vallecas, además, el material se ha elaborado en dos versiones; una reducida, pensada para acompañar el paseo, y otra extendida, de cinco o seis horas, que permite escuchar los testimonios desde casa.
La idea es que los mapas no se queden en un recorrido puntual. Se distribuirán a través de las asociaciones vecinales que han participado y estarán también disponibles en formato digital. En octubre, La Liminal presentará además una actualización de su guía didáctica y organizará tres formaciones abiertas, dos presenciales en Entrevías y Palomeras Bajas y otra online, para profesorado, dinamizadores comunitarios, asociaciones y otros colectivos interesados en utilizar estos materiales. Para ello, ha contado con el apoyo de material fotográfico cedido por la FRAVM, Santi Vaquero, Andrés Palomino, Javier Campano y Archivo Robert Capa y Cornell Capa (Centro Internacional de Fotografía).
Porque el objetivo último no es únicamente conocer la historia de Vallecas, sino aprender a mirar de otra manera el lugar que se habita. “Cuando vemos un paisaje, un tipo de vivienda, un tipo de calle, preguntarnos por qué está esto aquí, desde cuándo está aquí o si nos gustaría que fuera diferente”, plantea Martins. El paseo propone precisamente eso. Detenerse, escuchar y descubrir que detrás de lo que hoy parece cotidiano hubo personas que se organizaron para conseguirlo.
0