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Opinión - 'Nuestro corazón europeísta se rompe en Ceuta', por Irene Lozano

Nuestro corazón europeísta se rompe en Ceuta

26 de agosto de 2026 21:10 h

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La crisis de Ceuta es tan profunda que sigue desplegando sus efectos: lo hará durante años. De momento el Gobierno rehace a marchas forzadas su política migratoria, evoluciona hacia la mano dura, en consonancia con Europa. La crisis ceutí, lejos de aglutinar a gobierno y oposición ante una amenaza descomunal, abre grietas en el Ejecutivo y en la UE.

Ese es el gran cisma, el que duele: con Europa. Recuerdo aquella fiesta de Año Nuevo de 1986 en que cambiábamos de año como siempre y pasábamos a formar parte de Europa como nunca: todo el siglo XX habíamos estado ensimismados en la pérdida de las últimas colonias, la pesadez del 98 y, al final, crack, la guerra civil y la dictadura de Franco. Un siglo de aislamiento acabó en 1986. Echamos a correr hacia Europa nada más enterrar al dictador porque sabíamos muy bien a dónde queríamos llegar. Teníamos prisa. Entrar en la entonces Comunidad Europea constituía la primera recompensa. Después vendrían muchas más. Hasta ahora.

Quién iba a decir que nuestro corazón europeísta se iba a romper en África. La crisis de Ceuta ha demostrado qué solos estamos: los últimos europeos defendiendo a Europa. La carta de 22 países histéricos reveló cuán complicado puede ser confiar en la UE, si retrocede en vez de avanzar. Perseguíamos más Europa porque desde Ortega sabíamos que “España es el problema, Europa la solución”. Pero ¿qué haremos si Europa se convierte en el problema? Fuera no hay nada.

Ser más europeos significaba conquistar más derechos, más libertades. Ya no. En el mismo pack aspiracional de 1978 compramos la eficiencia alemana, el parlamentarismo inglés y la elegancia italiana. Serían tópicos, pero nos inspiraban. Ahora los ingleses se han marchado, nuestra economía crece más que la alemana y en Italia gobierna la extrema derecha. En Ceuta hemos aprendido que correr hacia Europa es hacia atrás. Se trata de una lección dolorosa. No la esperábamos. Pero fuera no hay nada, por eso esta semana el Gobierno ha restringido el derecho de Asilo. Es imposible navegar contra corriente.

Qué tiempos aquellos en que queríamos que Europa nos dijera: habéis llegado. Y ocurrió. Hace un año, tras las protestas contra el genocidio en Gaza que cancelaron la Vuelta ciclista. El ex primer ministro francés Dominique de Villepin afirmó: “España salva el honor de Europa”. No hay de qué, amigos, dijimos, somos europeos, sólo faltaría. Estábamos tan orgullosos… Paradójicamente, empezaban nuestros problemas con Europa.

Nos daban la condecoración del mundo de ayer cuando nacía el de hoy, un mundo sin ley. Ahora tenemos socios fiables que no son de fiar, Marruecos y EEUU sin ir más lejos, amigos que nos amenazan, nos dan órdenes o quieren quedarse un trozo de nuestra casa. Este es el mundo en que España se ha hecho una democracia adulta y ya no puede mirar a sus pares europeos para seguir creciendo.

La España europea se ha convertido en un molesto Pepito Grillo. Meloni salió la primera porque está harta de que la izquierda italiana invoque a Pedro Sánchez como modelo. Merz confía en que un mayor gasto en Defensa anime la maltrecha economía alemana. Ninguno quiere ejemplos de que las cosas pueden ser distintas. Nadie apuesta por reivindicar la UE frente a Trump.

El presidente de EEUU ya declaró en enero pasado que no se rige por el derecho internacional o los tratados globales sino por su “propia moralidad”. Si el derecho internacional no rige, las fronteras pueden cambiarse por la fuerza, también las europeas. Quizá el test de estrés a la relación transatlántica, que Trump planeaba en Groenlandia, está buscando nuevo destino.

Tal vez en algún despacho han puesto el cartabón geopolítico sobre las playas de Ceuta y han visto su potencial. Si España pide ayuda a Europa ante “una vulneración de nuestra integridad territorial”, como la llamó Pedro Sánchez, ¿no sería un buen momento para acusarnos de insolidarios por no querer gastar el 5% en Defensa? Si la crisis social llega a las calles de Ceuta, ¿no constituiría el mejor escarmiento a nuestra laxa política migratoria? Si España reafirma como suyos territorios en África, ¿no podría aprovechar algún ministro israelí para acusarnos de ser una hipócrita potencia ocupante que les acusa a ellos de ocupar Gaza? Está pasando. Qué más da que la ONU no considere a Ceuta territorio a descolonizar. Ah, eso, la ONU, qué bonito cadáver. Ya no hay brújula para nosotros, para quienes teníamos 15 años en 1986 y gritamos hasta enronquecer aquel Año Nuevo. Vienen años de ver a Europa retroceder. Y a España con ella.