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Fatiga democrática. El cansancio de las promesas incumplidas

20 de abril de 2026 21:53 h

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Hay una sensación de fatiga que va atravesando las distintas democracias europeas y que no resulta fácil acabar relacionándola con una sola causa. Pero entiendo que una parte de la misma tiene que ver con la sensación de que el pacto sobre el que se construyeron nuestras sociedades (tú te esfuerzas hoy, progresas y el sistema te protege mañana, tú delegas en las instituciones y estas responden), parece que ha dejado de funcionar como la gente esperaba. Cruje lo suficiente como para que cada vez muchos y diversos se pregunten si merece la pena seguir confiando. Esa fatiga parece que se manifiesta con especial intensidad en las generaciones que están entrando en la vida adulta sin haber conocido una época en la que las promesas fueran cumpliéndose. Es en esa franja en la que se cruzan con especial intensidad la precariedad material, la incertidumbre y una sensación de agotamiento fruto más de la propia dinámica vital que del trabajo. Y es precisamente en esa franja en la que la democracia se juega parte de su futuro. 

Un reportaje reciente de El País examinaba un fenómeno revelador: el creciente distanciamiento de los jóvenes respecto al sistema fiscal. Según el Instituto de Estudios Fiscales, el 93,6% de los mayores de 65 años considera que los impuestos son necesarios. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, esa cifra cae al 67,9%. Un 30% de los españoles, lo que es todo un récord en la última década, considera que los impuestos son algo que el Estado nos obliga a pagar sin que acabe de quedar claro a cambio de qué. Y entre los más jóvenes, especialmente entre los varones, esa percepción se agudiza.

La idea de que los jóvenes no creen en la democracia va reapareciendo de manera asidua. Casi siempre con datos que lo avalan. Según el CIS, un 38% de los menores de 24 años no descartaría vivir en un régimen poco democrático si eso les garantizase mejor calidad de vida. Un estudio del ICIP revela que solo un tercio de los jóvenes catalanes menores de 35 años considera la democracia preferible a cualquier alternativa. En el conjunto de Europa, uno de cada cinco jóvenes ya no la defiende como el mejor sistema de gobierno. Los datos son preocupantes. Pero deberíamos evitar que la recepción pasiva de los mismos acabe generando una lógica de profecía autocumplida.

La versión más extendida se refugia en la idea que los jóvenes no valoran lo que tienen, que no saben lo que tuvieron que pelear sus mayores. En España se concreta en que conocen lo que fue el franquismo, no valoran lo que costó la transición, dan por descontadas libertades que costaron mucho conseguir. Asoma una idea de ingratitud, combinada con afirmaciones como que se han vuelto cómodos, que no quieren esforzarse o que buscan el atajo, como ser influencer o apostar por las criptomonedas. Tenemos que ir con cuidado, ya que corremos el riesgo de confundir el síntoma con la enfermedad. 

Lo que de manera más general se está resquebrajando es la confianza en el pacto social que los impuestos representan. La disposición a contribuir depende de que uno perciba el sistema como justo y crea que el esfuerzo de hacerlo tendrá retorno. Y es precisamente la sensación de sistema justo y la expectativa de futuro lo que puede estar fallando. Los datos disponibles van en esa línea: el 83% de la ciudadanía cree que la presión fiscal recae más sobre las rentas bajas y medias que sobre las grandes fortunas. Más de la mitad considera que la relación entre lo que se paga y lo que se recibe es peor en España que en otros países europeos. El sistema funciona bajo una lógica de ciclo vital (pago más ahora que trabajo y después me veré compensado) pero ello exige que haya confianza en ese futuro. Si esa confianza se debilita, como ocurre entre quienes han crecido encadenando crisis, la solidaridad intergeneracional se resquebraja. Esto no es un conflicto entre jóvenes y mayores, aunque a veces se presente así. Es algo más profundo: es la erosión de las bases comunes propias de cualquier proyecto colectivo. Cuando los jóvenes se distancian del sistema fiscal, no están rechazando la idea de lo público; están diciendo que lo público, tal como lo experimentan, no les incluye como debería.

A la percepción de injusticia presente se añade algo más difuso, pero igualmente poderoso: la sensación de que no es solo que las cosas vayan mal, sino que van a ir a peor. El cambio climático, la precarización global del trabajo, la aceleración tecnológica que amenaza empleos antes de que se hayan consolidado, la sucesión de crisis que se encadenan sin respiro: todo ello configura un horizonte poco propicio a la esperanza. Este estado de ánimo, que a veces se etiqueta como colapsismo y al que alude el último libro de Eudald Espluga, es más un sentido común difuso que se respira en redes, en conversaciones llenas de ironía y resignación, que una ideología fundamentada. 

Frente a ello la democracia no puede prometer enemigos claros y soluciones rápidas como las que ofrecen la extrema derecha o el aceleracionismo tecnológico. Lo que la democracia sí puede hacer, y debe hacer con urgencia, es reconstruir el pacto que se está rompiendo. Y eso empieza por lo más concreto: entregar presente. No planes a quince años, no indicadores macroeconómicos, no promesas electorales que se evaporan: cosas tangibles que cambien la vida. Vivienda accesible. Empleo que permita independizarse. Un sistema fiscal que se perciba como justo, que informe adecuadamente de lo que valen los servicios públicos y que devuelva de manera visible lo que recibe. Cuando la política entrega eso, la desafección va perdiendo sustrato. 

La democracia ha de explicarse mejor. Todo lo que hoy parece obvio, como la sanidad pública, los derechos laborales, el voto femenino, la despenalización de la homosexualidad, la propia existencia de una España democrática tras cuarenta años de dictadura, no ha venido del cielo. Han sido éxitos de la gente que lo peleó. Recuperar esa memoria no es nostalgia. Es una evidencia que los éxitos cuentan, como dice Rebecca Solnit, aunque la victoria definitiva no se haya dado. Mantener abierta la incertidumbre, aceptando que no sabemos cómo será el futuro y que depende en parte de lo que hagamos, no es ingenuidad. Es la única posición intelectualmente honesta.

Y hay una tercera dimensión, la más descuidada. El sentido no lo produce la política institucional. Lo producen los espacios y entornos donde la gente se encuentra, se organiza, cuida, crea, discute, comparte proyectos que no se miden en rentabilidad. Tejido asociativo, cultural, comunitario. La política no puede fabricar sentido, pero puede proteger los espacios donde el sentido emerge. Y cuando no lo hace, el vacío lo llena quien sepa: las plataformas digitales, los vendedores de crecimiento personal, los profetas del colapso, o los demagogos con soluciones simples.

La insatisfacción juvenil con la democracia existente no es necesariamente antidemocrática. Puede ser la forma en que la democracia siga exigiéndose lo que aún no es. La pregunta no es si los jóvenes creen en la democracia. La pregunta es si la democracia va a ser capaz de darles razones para que sigan creyendo en ella.