¿Qué hace un Gobierno progresista bonificando las rentas de capital?

14 de enero de 2026 23:30 h

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Para esta semana yo tenía preparado un artículo muy fino –y bastante laudatorio, la verdad– sobre Pedro Sánchez. Se llamaba 'El sanchismo ha muerto, larga vida al perro' y contaba que en los últimos días ha habido en la izquierda anteriormente conocida como “sanchista” varios movimientos que cuestionan al presidente socialista. Un artículo de Sol Gallego Díaz pedía que el presidente no se vuelva a presentar, mientras un manifiesto encabezado por Jordi Sevilla pedía un “cambio de rumbo político en el partido”.

Y yo quería contar que esto no era ni mucho menos su final, porque Pedro Sánchez ha ejecutado en estos años una pirueta digna de entrar en los manuales de comunicación política: él, que evidentemente es una única persona, ha conseguido desdoblarse en dos personajes distintos.

Para una parte de la gente, Pedro Sánchez es “Sánchez”, el enésimo secretario del Partido Socialista, comparable a González, Almunia o Zapatero. Odiado por la derecha y querido por la militancia, es a ese personaje al que algunas voces reclaman que retorne a las esencias del socialismo. Esos son los sanchistas.

Pero para la mayoría de la gente que no había nacido cuando se votó la Constitución, Pedro Sánchez es “el perro”: una figura memética y supra-partidista, que no guarda relación con la tradición socialista, porque esa tradición les resulta irrelevante. Es desde esa identidad desde donde el presidente se conecta con una parte de la población que no está vinculada a ninguna sigla. Ven en “el perro” una figura apartidista, la más alejada —dentro de lo que hay— de los vicios de la política. Estos no son sanchistas: son perristas.

El lema de los perristas es ese que dice que “el perroxanxe sabe más por perro que por xanxe”. Hay perristas que votan al PSOE, pero muchos otros votan también a Sumar, y seguro que alguno al PNV, a Bildu o a ERC. Estos perristas son los que consiguen que, pese a que “Sánchez” es un personaje odiado por muchos, Pedro Sánchez siga siendo el líder político preferido por la mayoría para dirigir el país.

Y yo quería contar que incluso aunque el sanchismo decayera, era probable que el perrismo siguiera en ascenso. Incluso que le sobreviviera al propio Pedro Sánchez cuando se retire y se reencarnara en otra persona que también apareciera como un político-no-partidista. Otro “perro”, algo así como con Perón y el peronismo.

Pero he tenido que tirar el artículo a la papelera y empezar este otro, porque no creo que hoy quede un perrista en España. Y es que este lunes el perro levantó la patita de atrás y, cuando menos lo esperábamos, hizo sus cositas sobre todos los menores de 45 de este país.

No hay otra manera de explicar que, ante el drama que se avecina con la finalización de 630.000 contratos de alquiler en los próximos meses, que tiene a tantas familias sin dormir, la solución que propone el gobierno sea bonificar a los caseros para que no solo sigan cobrando alquileres abusivos, sino que puedan ganar todavía otro poquito más con cargo a los impuestos que pagamos todos.

¿Cómo puede ser que a un gobierno que dice ser progresista se le ocurra siquiera esta idea?

El alquiler es “un activo de ricos”. El 10% más rico de nuestro país tiene un tercio de su patrimonio en casas que han convertido en un negocio (eso sin contar las que están en manos de empresas) y el 2% de la población acumula el 50% de las rentas del alquiler. Por más que siga habiendo gente –la ministra, entre ellos– que difunde el bulo de que la propiedad está muy distribuida, en las clases medias “la proporción de inmuebles destinados a obtener rentabilidad sigue siendo muy baja, de aproximadamente el 2%”.

Y no son alquileres. Son rentas del capital inmobiliario. Rentas del capital.

Los inquilinos son los pobres del siglo XXI. La práctica totalidad de los deciles más bajos de renta vive de alquiler. La mitad –¡la mitad!-- de los inquilinos está en riesgo de exclusión. No solo son pobres, sino que son pobres precisamente porque tienen que dedicar hasta el 70% de su renta para retribuir la riqueza de los primeros.

Pero lo peor ni siquiera es esto. Lo peor es que la vivienda es un capital improductivo, que ni produce puestos de trabajo, ni ingresos para el Estado, ni genera economía. Es un sifón, una aspiradora, que detrae recursos de la economía productiva y los concentra cada vez más en unas pocas manos.

Para más indignación, es que este “activo” inmobiliario tampoco es tal. Las “viviendas” no son un bien de mercado. Yo no puedo poner mañana una fábrica de viviendas y ampliar la oferta. De lo que hablamos en realidad es de un monopolio del Estado: el de las licencias que te permiten construir y habitar una vivienda. Y es el Estado, en manos de todos los gobiernos, el que lleva 75 años sosteniendo que el precio de la vivienda siga subiendo con medidas como esta que hoy propone una parte del ejecutivo.

Y a lo mejor mientras la economía creció a toda velocidad, esto tenía sentido. Pero hoy el “negocio del alquiler” se ha convertido en el mecanismo por el que los ricos extraen la riqueza de los pobres y de los trabajadores. Exactamente igual que cuando los señores feudales cobraban una leva por trabajar sus tierras. Por eso cada vez hay más desigualdad y no hay salida a la pobreza.

Es inadmisible que el PSOE pretenda bonificar esas rentas del capital para los ricos no paguen impuestos por ese expolio, mientras un montón de trabajadores, que siguen pagando su IRPF hasta el último céntimo, tienen que dedicar una parte inmensa de lo que les queda a retribuir a sus caseros.

Si llega a aprobarse esta medida, el año que viene todos los rentistas de España ganarán más. Unos, porque subirán la leva a sus inquilinos. Los demás, porque les pagaremos a cada uno unos miles de euros vía impuestos.

Para todos los demás, pis de perro.

Yo no sé si lo que ocurre es que en el PSOE no se dan cuenta del drama que tienen delante. Esos 630.00arrendatarios son jóvenes, muchos con hijos pequeños. Familias que van a ver su alquiler incrementado un 20% o un 30% y van a tener que abandonar su casa, su barrio, su centro de salud, su parque infantil, las redes sociales que les alcanzan para mantener una precaria vida a flote. Serán centenares de miles de niños obligados a cambiar de colegio. A dejar atrás a sus amigos. Millones de vidas desplazadas para que un puñado de rentistas le puedan cobrar todavía más al siguiente. Y así seguirá siendo, año tras año, hasta que pongamos freno a este despropósito.

El PSOE puede y debe rectificar. Congelar los alquileres mientras negocia un pacto de país sobre la vivienda en el que tengamos cabida todos los españoles. Si no lo hace, los partidos de la coalición que se oponen a la medida harían bien en llevar el órdago hasta sus últimas consecuencias y dejar caer a este Gobierno.

Y es que no hay proyecto de libertad en una sociedad feudal. Los ciudadanos no podemos ser “iguales ante la ley” si de una parte de nosotros se espera que trabajemos solo para pagar las rentas de los otros. Lo que nos jugamos en esta crisis del alquiler es la democracia.

Si alguien quiere heredar el perrismo, si es que Pedro Sánchez renuncia a ese papel, que empiece por entender esto: no hay proyecto político que pueda llamarse progresista si acepta, como normal, que una generación entera esté condenada a pagar un tributo por existir.