La portada de mañana
Acceder
El policía Morocho vio en su destierro interno las otras guerras sucias del PP
Ellas se emancipan en pareja, ellos solos: el acceso a la vivienda y la desigualdad
Opinión - Juan Carlos I. De rey del pueblo a héroe caído, por Paul Preston

Otras maternidades

2 de mayo de 2026 21:53 h

0

Dicen los estudiosos de la historia que la obsesión de los hombres por la virginidad y el sometimiento de sus parejas femeninas —que ha sido norma en prácticamente todas las civilizaciones en este planeta— obedece a la necesidad que tienen de garantizar su continuidad y la herencia genética —el apellido— familiar en sus descendientes. Dado que son actores secundarios en la procreación, tratan así de compensar la prevalencia biológica que pertenece a las madres que conciben, gestan y paren.

Es una tesis muy creíble a juzgar por la constancia y el empeño de los varones en dejar a las mujeres bajo control, en el ámbito del hogar, la reproducción y la crianza, pero salvaguardando siempre el protagonismo y el espacio público para ellos. La virginidad y la monogamia de sus parejas era requisito imprescindible para mantener la pureza de la saga. Hoy en día, gracias a los avances sociales, científicos y tecnológicos, el determinismo biológico se ha visto reducido a la mínima expresión mientras las maternidades pueden ser muchas y distintas, lo que ha revolucionado las relaciones de pareja, transformado la institución del matrimonio y, en definitiva, la configuración de la sociedad en su conjunto.

En países como Afganistán —que vive en la Edad Media— las madres no figuran en la documentación que identifica a sus hijos e hijas. Es el padre el que les da sus apellidos y los bebés salen del vientre de la mujer para correr a los brazos de la familia paterna, mientras la madre no puede demostrar nunca la filiación de sus retoños ni reclamar su maternidad porque le pertenece únicamente al propietario del esperma. Ellos tienen garantizada la pureza y propiedad de sus descendientes gracias a la monogamia de “su” mujer, a través del sometimiento y aislamiento, no exento de terror.

Afortunadamente, en las sociedades desarrolladas y las democracias que habitamos en Occidente, las cosas son muy distintas. Sin embargo, desde los tiempos de ampliación de las libertades individuales (en España, tras la dictadura), la sociedad ha venido experimentado un radical cambio de paradigma provocado por la revolución de las mujeres. La lucha del feminismo por la igualdad, autonomía e independencia de ellas ha repercutido en todos los ámbitos transformando por completo los espacios privados pero también los públicos.

El romanticismo que idealizaba la maternidad, tan habitual en siglos anteriores, se ha visto hoy modificado por el profundo cambio social que ha supuesto esta transformación de las mujeres al reivindicarse como personas completas. Con la adopción de nuevos comportamientos y actitudes de la mitad femenina de la población, ser madre ha dejado de ser una conditio sine qua non para alcanzar la felicidad y sentirse realizada. La maternidad es ahora una elección personal, un hecho relativamente controlable por las mujeres. Gracias a la despenalización de los anticonceptivos en la legislatura constituyente y otros avances, nosotras podemos elegir cuándo y cuántos hijos tener.

Esta autonomía adquirida por las mujeres ha sido determinante —sumada a otras circunstancias— para que nuestro país tenga hoy uno de los índices de crecimiento demográfico más bajos del mundo. Es evidente que el avance en derechos de las mujeres no se ha visto acompañado por un giro similar en las actitudes de sus parejas masculinas, así como de la necesaria adaptación social para corresponsabilizar a la sociedad en su conjunto en la función reproductiva, que nos corresponde biológicamente a nosotras, pero que necesita del compromiso de todo el entorno.  

A finales del siglo XX ya nos advertía Inés Alberdi de que la aparición de la nueva familia española, con la incorporación masiva de las mujeres a la educación y el mercado laboral, estaba convirtiendo a la población femenina en la más poderosa palanca de cambio en las sociedades modernas. Es cierto que el avance feminista no es la única causa, pero sí la más decisiva del cambio social experimentado.

Cuando ya hemos coronado el primer cuarto del siglo XXI, los vaticinios de Alberdi se han visto cumplidos aunque el proceso está discurriendo por caminos insospechados en aquellos tiempos. El matrimonio es ahora una institución igualmente valorada pero que apenas tiene nada que ver con lo que solía ser en épocas pasadas. Las parejas de hecho están completamente normalizadas y el divorcio determina de manera incuestionable las relaciones afectivas. La estabilidad e institucionalización de las parejas homosexuales está aportando nuevos modelos de familia, a los que se suman los hombres y mujeres que crían de forma individual a sus hijos e hijas. Semejante transformación ha venido dada, fundamentalmente, por la decisión de las mujeres que ahora se plantean el hecho natural de la maternidad de forma novedosa y muy poco convencional.

Los datos y la experiencia de muchas avalan un principio que Diana López Varela explica en su libro “Maternofobia”: “La maternidad es el primer factor de discriminación social y laboral para las mujeres”. Si se estudia el proceso de llegada masiva de chicas a las universidades (finales de los 70), su presencia en paridad en la mayoría de sectores profesionales (a día de hoy) y la escasa o nula presencia de ellas en los puestos de responsabilidad y mando, puede fácilmente comprobarse que es la gestación y crianza lo que las retrasa y perjudica en esa carrera en la que ellos recorren el camino con todas las facilidades sin el peso de la conciliación sobre sus espaldas, salvo honrosas excepciones. Hemos avanzado en muchos aspectos, con las medidas legales arbitradas para facilitar que ambos en la pareja disfruten de iguales condiciones para una crianza compartida. Pero estos pequeños cambios no son más que parches que se aplican a un sistema social y laboral de corte patriarcal que responde a las necesidades masculinas y apenas se ha adaptado a la realidad social, política y biológica de ellas. Además, la resistencia al cambio de los hombres, que temen la pérdida de privilegios ancestrales, se perfila como el principal obstáculo para una crianza en igualdad.

Múltiples estudios revelan un frenazo en las carreras de las mujeres cuando empiezan a tener hijos sin que las medidas de conciliación arbitradas estén dando los resultados deseados por la renuencia de los padres a llevarlas a la práctica. Prueba de ello es que las jóvenes en edad de mayor fecundidad deciden aplazar el momento para ser madres porque, igualmente, se encuentran en tiempos decisivos de sus trayectorias laborales. Si esto ocurre en las capas sociales acomodadas e ilustradas, en las clases trabajadoras y vulnerables, la situación económica y el suplicio que supone la búsqueda de una vivienda estable surten el mismo efecto disuasorio con mayor penosidad si cabe para las madres. 

El retraso en su maternidad y la renuncia de muchas a ser madres, se refleja en un crecimiento demográfico cada vez menor y el consiguiente envejecimiento de la población. Además, surge un nuevo castigo para las madres añosas que —a pesar de todo— siguen queriendo tener hijos aunque sea tarde y sin una pareja estable. Los avances en la reproducción asistida han venido a responder a sus demandas con el florecimiento de un mercado pujante y puntero en España, de los centros privados especializados. No solo las parejas de lesbianas recurren a esta fórmula para completar sus familias con vástagos. Cada vez más mujeres solas buscan ser fecundadas en laboratorio con los espermatozoides de un donante anónimo para ejercer la maternidad en solitario convirtiéndose en familia monoparental.

También van en aumento las jóvenes que quieren preservar sus óvulos de mejor calidad, que los centros les extraen y congelan para su uso posterior o bien para su maternidad o posterior uso como donantes. El hecho más significativo —numéricamente hablando— es la cada vez más habitual presencia de parejas (heterosexuales u homosexuales) que acuden a la fecundación in vitro (FIV) por diversas causas. A pesar del calvario que supone este método para los cuerpos y mentes de las mujeres —con una evidente repercusión en las relaciones de la pareja y padecimiento del padre que las acompaña— muchas siguen apostando por la maternidad. Su creciente recurso a los modernos avances científicos así lo evidencia. De cada 10 niños y niñas que nacen hoy en España, uno se ha gestado mediante reproducción asistida.

Está, por lo tanto, en manos de los varones deshacerse de las resistencias ancestrales y asumir la pérdida de privilegios porque el regreso de las mujeres a “la pata quebrada y en casa” no es una opción. Aunque corran vientos extraños de involución, ni siquiera los que los auspician saben de lo que hablan.