Podéis ir en paz
La visita de León XIV a España ha dejado tantas lecturas que la cosa daría para varias Encíclicas, no digamos ya textos de opinión. Solo el acto del Papa en el Santiago Bernabéu daría en sí mismo para varias columnas porque allí ocurrió de todo, y nada medianamente discreto, desde trucos del mago Jorge Blas, pasando por David Bustamante cantando el himno de la alegría, hasta Manolo Lama y Paco González narrando un supuesto partido de fútbol en el que la Iglesia marcaba goles a la soledad. El acto osciló entre lo espiritual, lo político y Noche de Fiesta.
Pero lo más llamativo de la visita oficial de León XIV ha sido el pozo de incongruencias en el que ha sumido a la política española, de un lado a otro del espectro ideológico. Digamos que cada cual encontró estos días su fragmento confortable del mensaje. Digamos que el Congreso se convirtió en un ejercicio de lectura selectiva de las Sagradas Escrituras.
Mientras bendecía a los inmigrantes en Canarias, los dirigentes de Vox le exigían a Juanma Moreno que deje bien cerrada la “prioridad nacional”, o mientras el Pontífice advertía de que “nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo”, El País publicaba que el Ayuntamiento de Madrid ordenó el pasado marzo no avisar a las personas sin hogar antes de retirar sus pertenencias durante los operativos de limpieza. Es decir, la Concejalía de Políticas Sociales del consistorio madrileño trasladó a los trabajadores la instrucción de no advertir a quienes dormían en la calle para que no llegasen a tiempo de salvar sus zapatos, su medicación, su documentación o el resto de lo poco que conservaban. Según cuenta el periódico, varios empleados municipales hasta han elevado su preocupación al Colegio Oficial de Educadores Sociales de la Comunidad de Madrid al considerar que se estaba produciendo una “vulneración de principios éticos profesionales”.
Pero las contradicciones no llegaron solo desde la derecha. El pontificado de León XIV ha venido acompañado de una retórica de apertura que seduce a buena parte de la izquierda, en el sentido de que ataca al neoliberalismo y a la indiferencia social que promulgan la derecha y la ultraderecha. Un Papa que habla de los pobres, que denuncia la especulación financiera y que tiende la mano al migrante parece una anomalía tan grata como aprovechable políticamente.
Pero cuando León XIV se subió a la tribuna del Congreso y afirmó que “toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural”, el aplauso ya no era modulable y, de hecho, duró unos siete minutos. Allí estaban diputados progresistas (salvo Podemos y BNG) participando del ritual de la ovación pese a que el contenido de lo que aplaudían chocaba frontalmente con principios que aseguran defender como irrenunciables.
También dijo el Papa que “la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente al adversario”, ovación mediante de los diputados y diputadas, claro que sí. Los sobreactuados aplausos dejaron en evidencia que la jerarquía de derechos sigue existiendo en el Congreso, y los de las mujeres continúan siendo —al menos en apariencia aclamatoria— materia negociable. Y la visita de León XIV dejó en evidencia que somos un país que pretende haberse secularizado del todo sin haber roto realmente con ciertas inercias culturales; un país capaz de emocionarse con cualquier discurso mínimamente moral siempre que no nos obligue a ordenar nuestras propias contradicciones.