El PP tras el visillo
No somos conscientes de lo que sufre el Partido Popular a diario. Al edificio, a la España que les pertenece por derecho propio, llega de vez en cuando un advenedizo. Ellos ocupan buena parte de los pisos, pero el ático - ¡ay, los áticos! – lo tiene un tal Sánchez por el capricho de las urnas y de la conjunción de todos los hados contra Alberto Núñez Feijóo. Como en los tópicos ancestrales, se pasan el día espiando al inquilino incómodo desesperándose de envidia. Que lleva el tío ahí 8 años y no hay quien lo despegue del sitio a pesar de los esfuerzos desplegados.
Así vendría a ser la historia real de un PP que anda todos los días tras el visillo captando cada gesto para poner a parir al gobierno. Este viernes pre-puente de agosto han llamado a la ministra de Defensa Margarita Robles “peón del sanchismo”, porque el Gobierno de ese tal Sánchez no tiene ministros sino peones. Es tan evidente la desesperación que muestran -el PP y su equipo sincronizado de voceros mediáticos- que darían hasta un poco de pena al contemplar su sufrimiento, pero son mala gente: con su pan se lo coman.
Dado el uso espurio que el PP está haciendo del Senado, al que ha convertido en una cámara de propaganda de su política por mor de su mayoría absoluta ahí, es lógico que no se le secunde dándole prioridad sobre el Congreso para las comparecencias de ministros. No son cámaras equivalentes y no la tiene el Senado. La Cámara alta es la de una segunda lectura, no de la primera. Y los ministros tienen fijada ya intervención en el Congreso.
Nos han dejado perfectamente claro que el presidente del Gobierno carece del derecho a coger vacaciones. Los panfletos de intoxicación mediática se han ido a La Mareta a vigilar lo que hace el presidente y toda su familia, incluido su padre, que ya tiene problemas de movilidad. Cuando no encuentran nada “sabroso” se lo inventan, como un supuesto viaje de Sánchez en zodiac de la Guardia Civil. La bulosfera luego los difunde y repite como en un eco.
Nunca las vacaciones de un presidente fueron tan aireadas y tan criticadas. Le odian. Les saca de quicio. Y eso, en sí mismo, no es nada bueno para la convivencia. Porque lo consideran usurpador de sus derechos sobre España, al margen de que no haga exactamente la misma política que ellos. La única vez que han elogiado una medida del Gobierno ha sido la de prolongar, este viernes, la vida de la Central Nuclear de Almaraz en contra de su programa. Dice que es “por la crisis de Oriente Medio”.
Dieron por hecho que el presidente se desplazaría a Yebes (Guadalajara) para ver el eclipse. No fue, pero no podía quedarse en nada el esfuerzo. Así que han cargado contra el costo de la celebración que sí tuvo lugar en el Observatorio de esa localidad. Fueron 72.000 euros para unas 500 personas (diversos expertos y miembros del centro y sus familias entre ellos) y, también, por los ministros que acudieron: cuatro. El costo incluía varias carpas con distintos cometidos, dado que era sede oficial del seguimiento del eclipse. Según ha documentado el periodista Antonio Maeste, 34.000 se gastó la Comunidad de Madrid este último 23 de abril, solo en catering pero de muy altos vuelos. Una representante de la bulosfera escribió que “solo faltaban las prostitutas” en el Observatorio de Yebes, de la Puerta del Sol no dicen nunca nada.
Conviene saber estas cosas porque definen a los individuos que las lanzan. Se sientan y sueltan su puya y ahí la dejan. Así, por ejemplo, Francisco Bernabé, senador del PP por Murcia, plantea que todos los gobiernos anteriores han tenido huelgas generales durante su mandato, menos Sánchez. Y se responde: “En la vida todo tiene un precio y de eso Sánchez sabe más que nadie”. Se refiere a una noticia sobre subvenciones a sindicatos, sin fuentes, ni desglose, publicada hace unos días en un solo medio y así mata dos pájaros de un tiro.
Pues precisamente vemos que Pedro J. Ramírez se despacha con otra perla en El Español: “Es la descripción de quien ha visto con sus propios ojos cómo el Gobierno español se convertía, en su ciudad, en el de un Estado fallido incapaz de impedir la caída de una de sus ciudades en el tercermundismo”. Al tiempo que publicaba una columna de Daniel Lacalle, el economista al que Cifuentes colocó de “embajador” económico de la Comunidad de Madrid en Londres, sin ningún resultado de su gestión. Ha sido su actual presidenta, Isabel Díaz Ayuso, la que ha difundido el título verdaderamente explícito: “Un país empobrecido, resignado y sumiso: la receta de Sánchez para mantenerse en el poder”.
Ayuso ha sido otra de las personas que ha criticado a Sánchez por tomarse vacaciones. Veamos, habla desde una triste comunidad autónoma, como suelo decir por hacer la equiparación que buscan en sus justos términos. Ella ha hecho más de 30 viajes al extranjero, visitando 14 países, desde que accedió al cargo. Los han llamado institucionales sin que hayamos visto otro resultado que la vida que se ha pegado en ellos. Y ninguna de toda esta gente citada y similares ha esbozado una crítica. Y luego está esa finca con chalet que le hemos pagado en la sierra, en Rascafría, por 4,3 millones de euros. A la Comunidad, según la titularidad, pero que usa para reuniones, según dice.
El sesgo de las críticas -diremos mejor insultos- a Sánchez define un empobrecimiento ético pavoroso del que participan el PP prácticamente al completo y su prensa adicta, hasta contagiar de odio a miles de personas que ni saben por qué lo experimentan. O sí, algunos le culpan hasta de la pandemia mundial, la guerra de Ucrania o el Hantavirus. Una oposición inmunda ha dañado de forma muy grave la convivencia en este país. El único consuelo para gentes con un punto de perversidad es que muchos de ellos sufren al ver cada día a Pedro Sánchez como presidente. Espiándole tras el visillo como en los viejos tiempos o a plena bofetada del día donde se ven obligados a aguantar que, por muchos y sucios que sean sus esfuerzos, no han conseguido echarle. Quizás sí amargarle un tanto la vida por los ataques -incluido el lawfare a su familia-. Sus enemigos, carcomidos por la envidia, tampoco parecen felices. Y a los ciudadanos normales nos han proporcionado una dosis de crispación inmerecida. Con todo ello cabe preguntarse: ¿quién sobra de verdad en este país para una convivencia en paz?