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La Selectividad de las familias

2 de junio de 2026 22:03 h

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Semana de nervios en más de 300.000 hogares que se enfrentan a la PAU (la antigua Selectividad), nervios de los estudiantes y nervios de las familias, días difíciles, pero tampoco nos pasemos de drama: es solo un examen, no se acaba el mundo ni se juegan el futuro, nosotros también lo hicimos a su edad y míranos; yo entiendo a las familias que quieren acompañar a sus hijos en el proceso pero cuidado con sobreprotegerlos, tratarlos como niños pequeños cuando son ya casi adultos; esas madres y padres que llevan a sus hijos hasta la puerta del aula, y si les dejasen entrarían y se sentarían a su lado para darles ánimos durante la prueba; cuidado, que estamos criando o malcriando una generación de cristal, infantilizada, incapaz de aguantar la mínima presión, sin resistencia a la frustración, niños mimados que tendrán estrés postraumático por la Selectividad, que ahora todo es salud mental, que me deprimo, mami, que tengo ansiedad, papi, llevadme a terapia que lo estoy pasando mal; nosotros a su edad íbamos solos a la Selectividad y nos enfrentábamos al mundo sin ayuda, aprendíamos a golpes, nos caíamos y nos levantábamos, jugábamos en la calle entre jeringuillas de yonquis, nos tirábamos piedras y peleábamos a puñetazos, no lloriqueábamos tanto, nuestros padres nos habrían cruzado la cara si hubiésemos dicho que la Selectividad nos da ansiedad, es que entonces no había ansiedad ni tanto rollo con la salud mental, ni bullying ni TDA ni esas cosas modernas de ahora, que en seguida lo convertimos todo en problema psicológico, estamos criando, malcriando, a una generación de cristal, de papel, de trapo, qué harán cuando lleguen al mercado laboral y no esté mamá para hablar con el jefe, anda que no van a llorar ná, ojalá no les toque vivir una guerra porque estarían muertos, no como nosotros que pasamos una guerra y una posguerra y…

Perdón, que me he venido un poco arriba, me caliento, me caliento y… Venga, dime, ¿en qué línea del primer párrafo te has bajado, hasta donde estás de acuerdo con esas críticas a los jóvenes? Habrá quien a la segunda frase ya tuerza el gesto, y habrá quien llegue al final del párrafo y hasta le sepa a poco. Todas esas frases, más o menos literales, solo un poco caricaturizadas, las he copiado de los comentarios de lectores en varios medios este martes, comentarios que acompañaban noticias sobre la PAU y los nervios de los chicos y de sus familias. Y no falla: basta que uno empatice con los jóvenes en este o en cualquier otro asunto, para que te caiga encima un chorreo como el del primer párrafo, una mezcla de resentimiento y ajuste de cuentas generacional, “en mis tiempos…”, “yo a vuestra edad…”

En realidad es lo mismo que se decía de mi generación hace treinta años, y mucho antes de la generación de mis padres, y la de mis abuelos, y así desde hace milenios, que lo de “en mis tiempos…” no es precisamente nuevo: no hay generación que no sienta que su infancia y juventud fueron más duras pero también más auténticas que las de quienes llegan detrás.

Yo no me sumo al coro de los amargados. Ayer acompañé a mi hija Carmela a las ocho de la mañana, y la recogí al terminar, agotada después de tres exámenes seguidos. Como tantas madres y padres que vi allí, y como seguramente habrían hecho otros que no pudieron por trabajo. Madres, padres, y también profesores: del instituto de mi hija acudieron varios, no porque les tocase sino por gusto, por dar ánimos, seguridad y cariño a sus alumnos, que lo agradecieron. Como tantas familias, también nosotros nos hemos volcado en Carmela estas últimas semanas para hacérselo más fácil, para que estudiase sin otras preocupaciones, pudiera descansar bien y distraerse algún rato, quitarle presión y darle confianza.

Como, por otra parte, hicieron mis padres conmigo, a su manera, cuando yo tenía la edad de mi hija, qué tontería es esa de que nosotros nos enfrentábamos a la vida a palo seco. Mis padres me cuidaron lo mejor que supieron, hicieron todo lo que estaba en su mano para que estudiase, me dieron los empujones necesarios hasta la vida adulta, y todavía están ahí cuando los necesito, como espero estar para mis hijas. No sé qué infancia tuvieron quienes lo viven todo en términos de competición intergeneracional, unos tristes. 

Mi Carmela, como la mayoría de sus compañeros, siente la presión de una prueba que no es cualquier prueba, para la que se preparan durante todo un año, en la que saben que no se juegan su futuro pero sí una parte de sus opciones de seguir estudiando cuando el acceso a ciertas carreras se ha estrechado y la universidad privada no es una opción, y cuando el futuro es incierto y sombrío, que es el mensaje machacón con que están creciendo. ¿Sobreprotección, generación de cristal? ¡Venga ya, so tristes!

Ánimo, familias.