La soledad era esto
El “Gobierno de la comunicación” no sabe comunicar. Ni a la oposición, ni a los medios, ni a las Autonomías, ni a sus socios de Legislatura. Lejos de amainar, arrecian las críticas sobre Pedro Sánchez. La Moncloa se ha “bunkerizado” más aún en esta crisis. Si el secretismo, la falta de transparencia y la filtración interesada eran hasta ahora una seña de identidad que padecían solo los informadores políticos, desde la llegada de la pandemia la crítica es unánime. Tanto que, además de aumentar la tensión política, deja a Pedro Sánchez al borde del abismo parlamentario.
El consenso posible entre partidos en la ciudad de Barcelona, en la de Madrid, o en la Generalitat valenciana no parece que vaya a serlo en España. Pierdan toda esperanza. La comisión parlamentaria para la reconstrucción es sólo un Mcguffin, una excusa argumental que por sí misma carece de relevancia. De ahí no saldrá nada, más que bulla y un juicio sumarísimo al Gobierno por la gestión de la crisis.
Ni la oposición está por la labor de arrimar el hombro y aportar soluciones ni Sánchez ha creado tampoco el marco de confianza que lo permita. Tan cierto es que Pablo Casado sigue los pasos de Vox de aprovechar el coronavirus para desgastar a un Gobierno que nunca creyó legítimo como que el presidente no ha sabido tender puentes con la derecha más allá de la retórica y las grandes palabras. Y tampoco con las Autonomías -da igual el signo-, ni con los agentes sociales, ni con el conjunto de los grupos parlamentarios. Unos lo llaman falta de empatía y otros, soberbia.
El caso es que ya se escuchan enmiendas implacables incluso entre los hasta ahora contenidos socialistas. El plan para la desescalada ha abierto la espita. “Salvar vidas está muy por delante de salvar políticamente a Pedro Sánchez”. Lo ha dicho en el Senado el presidente de Aragón, Javier Lambán, que no es Torra, ni Urkullu, ni Ayuso, ni Feijóo. Tras él irán, seguro, más voces que ya se escuchan entre bambalinas. Los barones socialistas no se explican que a estas alturas, y después de mes y medio desde que se decretara el estado de alarma, no hayan tenido ni la más mínima interlocución con el jefe del Gobierno. Ni una preparatoria de las conferencias de presidentes, ni un Consejo Territorial del PSOE, ni una llamada telefónica. Sánchez vuelve a ir por libre.
Y si esto va de salvar España de un abismo del que solo podremos salir con el esfuerzo colectivo, como dijo el propio presidente en los primeros días de la crisis, no se entiende que no estableciera un canal de información fluida con todos los grupos parlamentarios desde el el primer día, como hizo el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, o el presidente valenciano, Ximo Puig, por citar dos dirigentes de signos políticos distintos.
¿Para qué tanta conferencia de presidentes telemáticas los domingos si allí no se comparte información, ni se intercambian ideas, ni se analizan propuestas? Todo es una sucesión de monólogos que el presidente reviste de una aparente disposición al diálogo y una cooperación interinstitucional que no existe. Cuando se pide lealtad se debe ofrecer lo mismo. Y no habido grupo parlamentario o presidente autonómico que no se haya quejado de la falta de información, de la improvisación o del secretismo monclovita. ¿Ruedas de prensa? Por docenas. ¿Comparecencias? Todas.
La urgencia por comunicar ha estado muy por delante de la reflexión, el acuerdo y la eficacia de algunas medidas. Lo reconocen hasta los ministros de Unidas Podemos, que en muchas ocasiones se han enterado por las comparecencias de Illa, Montero o Sánchez de decisiones ya tomadas que no fueron deliberadas siquiera en la mesa del Consejo de Ministros.
Sánchez ha cabreado a todas las Comunidades con el plan de desescalada y ha provocado el distanciamiento de sus principales aliados en el Congreso, PNV y ERC. Ninguno de sus portavoces habla a humo de paja. Urkullu ya llevaba semanas alertando al presidente de que o contaba con las Autonomías o se acababa la colaboración parlamentaria. Rufián lo ha hecho a su manera: ¿Cuánto le importa la Legislatura?, le preguntó en la última sesión de control en el Congreso en un serio aviso de que la mayoría que le hizo ganar de la moción de censura en 2018 y le proporcionó la investidura el pasado enero está en riesgo.
A los socios, a las Comunidades autónomas y hasta a los presidentes y los alcaldes socialistas se les agota la paciencia ante un Gobierno que no comparte información sobre las medidas a aplicar frente a la pandemia y mucho menos las consensúa. Los avisos empiezan a ser serios. El PP ya estaba distanciado; con Vox no se contaba; los votos de Ciudadanos son insuficientes, pero como PNV y ERC cumplan la amenaza de retirar su apoyo al Gobierno por la falta de diálogo y coordinación, Sánchez debería ir pensando en una segunda edición de su Manual de Resistencia y en si tiene alguna alternativa para tejer otro tipo de alianzas. No parece que Casado piense en ello. Ni está ni se le espera. Y el viaje al centro de Arrimadas, con tan solo diez escaños, llega demasiado tarde. Lo que pudo ser ya nunca será y además, la alianza con Podemos, lo convierte en inviable.
Todo en medio de una crisis sanitaria sin precedentes que ya ha derivado en una crisis económica dramática que, seguro, acabará en otra social como consecuencia de la destrucción de empleo, la desigualdad, la pobreza y el riesgo de exclusión. ¿Alguien cree en el búnker monclovita que todo ello no acabará también en una crisis política? Cuando la gente vaya al paro, no pueda pagar sus hipotecas y no le alcance con la renta mínima para alimentar a su familia, ya no se preguntará qué se hizo bien o mal y si las decisiones estaban o no avaladas por los expertos, simplemente culpará de su situación a la política. En estos casos los ciudadanos no distinguen entre quienes no quisieron colaborar o quienes no sembraron lo suficiente para el necesario consenso. La impugnación será global. Y eso, ya se sabe, es pasto para el populismo. O Sánchez abandona esa soledad buscada y empieza a hablar con la oposición, con los grupos parlamentarios, con los gobiernos autonómicos, con los empresarios y con los sindicatos o lo pagaremos caro todos.