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Opinión - Ese tono de curita cruel, por Antonio Maestre

Ese tono de curita cruel

11 de julio de 2026 21:52 h

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Las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Argüello, en las que habla del Orgullo como una obra de Satán o denomina al Gobierno, escondiéndolo tras el Estado, como una “banda de ladrones” no son nada más que lo que se espera de la cabeza de la Iglesia española con una tradición secular por el mal, el daño y la crueldad. No me importa tanto lo que ha dicho, que es lo que se espera de un obispo ultra, ni me importa el personaje en sí, porque es solo un mero aprendiz de otros miembros mucho más venenosos de la Iglesia, me interesa mucho más ese tono de voz pausado, melódico, de sacristía de los años 40. Me interesa mucho más ese susurro devoto como vehículo de crueldad.

La literatura española está llena de referencias que nos recuerdan esa manera de hablar de monseñor Argüello. El tono bajo y esa cadencia de miserable nos llevan a las páginas de Clarín en La Regenta, en la que con una voz de terciopelo y un registro de confesionario el inefable Fermín de Pas es capaz de manipular y someter la voluntad de Ana Ozores. Una crueldad que refleja como nadie el bastardo de Mosén Millán en Réquiem por un campesino español o que recorre de manera vertebral la obra de Agustín Gómez Arcos. El tonito de la monja de Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa.

Pero esa manera de hablar terrorífica, en la que se puede decir la mayor barbaridad sin subir la voz, tiene siglos de historia, unas normas y unas enseñanzas. Es la “regla de san Benito” en la que el tono bajo, con musicalidad y ausencia de gravedad es sinónimo de virtud y humildad y de ahí se puede pasar a las normas inquisitoriales para interrogar a reos del Directorium Inquisitorium de Nicolau Eymerich. No es que los curitas hablen así porque les sale la bondad de dentro, hablan así porque les han instruido a lo largo de los siglos en una tradición que muestra que las mayores muestras de crueldad pueden expresarse con voz calma y un tono mansurrón. La impostura del evangelio por el que el timbre de la eyaculatoria esconda la más enorme de las aberraciones.

El tono de bastardo malnacido hace honor a la memoria de otros jerarcas de la Iglesia y nos recuerda esos pasajes en los que la institución católica estuvo del lado del mal más absoluto, el terrenal, el que Satán jamás hubiera podido igualar. Personajes infectos de nuestro pasado como Enrique Pla y Deniel o el cardenal Isidro Gomá, que apoyaron el golpe de 1936 y el derramamiento de sangre republicana dotándolo con el sello de Cruzada. Represores con casulla como José Miralles Sbert, que desde el Obispado de Mallorca hicieron todo lo posible para doblegar la laicidad y los valores de Matilde Landa en la cárcel de mujeres de Can Sales haciendo que se suicidara por no convertirse al catolicismo y que finalmente fue bautizada mientras agonizaba “in articulo mortis”. Escuchando a monseñor Arguello imagino la voz que tendría Luis Almarcha, el canónigo y vicario de Orihuela, intentando presionar a Miguel Hernández cuando se estaba muriendo de tuberculosis en el Reformatorio de Orihuela para que se casara con Josefina Manresa si quería ser trasladado al sanatorio de Porta Coeli. Me lo imagino así, hablando con ese tonito inefable de salvapatrias asotanado en el lecho de muerte de nuestro poeta soldado.

Por eso no me importa ya tanto lo que dicen personajes inefables como monseñor Argüello haciendo política, sino esa cadencia de curita malnacido con la que la Iglesia oculta el daño que quieren hacer a los que no piensan como ellos y que tiene siglos de historia, pero con el que ya no solo no nos engañan sino que nos alertan y que pone los pelos de punta nada más escucharlo. Puede que en el siglo XV funcionara para engañar a incautos, ahora ese tonito solo nos hace pensar en que detrás de esa forma de hablar hay una banda de pederastas.