Los últimos días de la inteligencia artificial
Ante la emergencia, el Gobierno surcoreano ha tenido que habilitar esta semana una línea de prevención del suicidio para atender a los afectados. Centenares de miles de personas —principalmente jóvenes y jubilados— se habían jugado sus ahorros en la bolsa, convencidas de que se hallaban ante un milagro económico; una quimera; la oportunidad de hacerse ricos de la noche a la mañana.
Y los han perdido.
El día que tocó techo, el Kospi —el equivalente surcoreano del Ibex 35— llevaba 18 meses subiendo como la espuma y había cuadriplicado su valor. En junio de este año, el mercado de un país con un PIB similar al de España llegó a capitalizar 5 billones de dólares (el Ibex, como referencia, ronda el billón). En el camino, miles de particulares se habían subido al carro, muchos endeudándose hasta el cuello para no perderse lo que parecía un tren imparable.
El 22 de junio, el índice alcanzó su máximo en torno a 9.200 puntos y desde entonces, en un mes, ha perdido el 40% de su valor. Como muchos inversores particulares habían comprado las acciones a crédito, con las primeras caídas se dispararon los mecanismos automáticos que fuerzan la venta de las acciones cuando bajan de precio. De manera que cuanto más caen las acciones, más deprisa siguen cayendo. Solo el martes se desplomó un 10%; ayer, otro 7%. El ejecutivo de Seúl, que considera que el país afronta un evento catastrófico en los mercados.
¿Se contagiará la crisis al resto de los mercados mundiales? Es muy probable. Porque lo que está pasando en Corea no es un evento aislado. La escalada disparatada de su bolsa es un temblor provocado por una falla sísmica. El epicentro del terremoto está a miles de kilometros de distancia, en Wall Street. (Para quien se pierda, he puesto un “quién es quién” de este sainete al final del artículo).
Entre noviembre de 2022 y su pico, pocos días antes de que empezara a desplomarse el Kospi, el S&P 500, el índice que agrupa a las 500 empresas más grandes de Estados Unidos, practicamente había duplicado su capitalización, hasta alcanzar los 67 billones de dólares. Las siete empresas más grandes del mundo, todas estrechamente vinculadas con la inteligencia artificial, han multiplicado su valor por tres en el mismo periodo.
Se estaba inflando una burbuja sobre la idea de que esta tecnología lo iba a cambiar todo: iba a reemplazar millones de puestos de trabajo y multiplicar la productividad hasta donde nadie había podido imaginar.
Aquello no terminó de ocurrir. Con el tiempo se fue haciendo evidente que las promesas de la IA no se estaban reflejando en las estadísticas (ni había un crecimiento exponencial del PIB, ni de la productividad, ni una caída del empleo, ni se terminaba de reflejar en ningún indicador).
En octubre del año pasado la burbuja comenzó a dar claros síntomas de agotamiento. Los resultados trimestrales de las grandes compañías, aunque mostraban un crecimiento extraordinario, nunca visto, eran recibidos por las bolsas con bruscas caídas en la cotización. La burbuja no había explotado, pero claramente estaba perdiendo aire muy rápido.
Desde entonces el discurrir de las bolsas ha sido una lucha entre dos tensiones: entre quienes insisten en sostener el espejismo de una gran revolución de la inteligencia artificial y quienes apuestan por deshacer las posiciones antes que la burbuja les explote en la cara.
Hace unos meses, una de las grandes empresas del sector, Anthropic, presentó un producto llamado Claude Code que permitía llevar al ámbito de la programación informática la misma lógica que los chats de texto a los que estamos acostumbrados. El mercado lo recibió con entusiasmo al principio, pero luego pasó a hacerse preguntas muy concretas. ¿Cuántos programadores hay en el mundo a los que les interese esta herramienta? ¿Cuanto se puede cobrar por ella? ¿puede ser la IA rentable?
Y la más importante ¿Hay alguna manera de justificar la valoración de muchos billones de dólares que se les supone a estas empresas?
El problema que tiene la industria en este momento es que la respuesta a esa pregunta es no. Según distintos estudios, para estar a la altura de lo que se estima que valen estas compañías tendrían que desplazar entre un 15% y un 30% de los empleos. Algo que, con toda seguridad, no está ocurriendo.
En lugar de enfrentarse a este problema, en los siguientes meses la burbuja de la IA mutó. El negocio no estaba, decidieron sus promotores, en el software, que ya era evidente que no iba a ser rentable, sino en los centros de datos. Y como estos eran de su propiedad, unos pocos actores en EE.UU. podrían capturar la rentabilidad de toda la industria por la vía de alquilarlos. En otras palabras, para huir de esa incapacidad para dar beneficios con la tecnología, la burbuja de la IA se volvió un negocio inmobiliario en el que el plan era cobrar por el real estate digital.
La consecuencia, en los siguientes meses, fue que las acciones de los creadores de software perdieron fuelle (Desde enero: Meta -10%, Microsoft -20%, Google +3%, SpaceX -50%), mientras crecían a toda velocidad las valoraciones de los fabricantes de chips —los llamados “semis”— y de tarjetas de memoria RAM (Micron +200%, AMD +125%, Intel +142%).
Lo que pasa es que la realidad es como la tortuga del cuento: puede que sea lenta, pero si te descuidas, siempre te alcanza. Y debajo de esa idea de que la IA era un negocio inmobiliario había un inmenso cráter: si los LLMs no son rentables, ¿cómo van a pagar por los centros de datos? Y si no son ellos, ¿quién es el inquilino que va a pagar por toda esa capacidad de computación?
Han tardado unos meses, pero en estas últimas semanas, casi días, se han acelerado los acontecimientos y hasta los más entusiastas se han visto obligados a ponerse delante de esa pregunta: ¿de dónde sale el dinero en la burbuja de la IA?
Hace unos días dos empresas chinas lanzaron varios modelos que son, si no mejores, casi iguales que los de Anthropic y ChatGPT. Para pasmo de la industria, estos modelos son, además, libres (“open weight”) y cualquiera puede usarlos sin depender de sus promotores. Las consecuencias son tremendas: Estados Unidos ha dejado de liderar la carrera de la IA y está cerca de empezar a perderla.
El gobierno de Estados Unidos, con la colaboración de Anthropic, ha amagado con prohibirlos en territorio americano, pero ya era demasiado tarde. Se había hecho evidente algo que ya habíamos comentado por aquí muchas veces: la IA es un bien público y, como tal, no hay manera de monopolizar la tecnología para comerciar con ella.
Oliéndose la maniobra, casi todas las empresas tecnológicas americanas, que no tienen por qué compartir intereses con su gobierno, han puesto pie en pared y han firmado un manifiesto a favor de los modelos libres.
Mientras tanto, Meta y SpaceX han anunciado que van a alquilar sus propios centros de datos, dando a entender que no tienen suficiente demanda de clientes para que les salga rentable usarlos a ellos. En otras palabras, ya hay demasiada capacidad de computación instalada.
En contra de esa intuición, Nvidia ha anunciado que va a garantizar un préstamo a OpenAI para construir el centro de datos más grande del mundo, por valor de 500.000 millones de dólares que después se llenará… de chips de Nvidia. No es buena señal que esta empresa, que está en el centro de toda esta burbuja, está teniendo que financiar a sus propios clientes la compra de sus propios chips.
En mitad de este tinglado, SpaceX, que salió a bolsa a bombo y platillo como la empresa más trillonaria de la historia de los trillones, se ha estampado en poco más de un mes y hoy cotiza por la mitad del máximo que alcanzó a pocos días de su lanzamiento.
En resumen: no queda nadie que no hable ya de sobreinversión, de que las empresas no quieren seguir quemando dinero en la IA y de los acuerdos de financiación circular que han impulsado a la industria hasta hoy.
La consecuencia ha sido el desplome de las acciones de los “semis”, las empresas que fabrican los chips. Por eso ha caído la bolsa coreana, que agrupa a varios de esos actores, y han caído también hasta un 10%, los fabricantes americanos.
Puede parecer poca cosa, porque en su capitalización total estas empresas no son tan grandes; no representan un porcentaje de la bolsa tan importante como Google o Nvidia. Pero su importancia es inmensa: con este movimiento muere la idea de que la burbuja de la IA podía subsistir subida en el hardware, no en el software.
En los próximos días, solo queda por delante una serie de acontecimientos que solo pueden salir mal.
En estos días presentan resultados varios de los grandes actores del momento. Y aquí no hay respuesta buena. Si anuncian que siguen invirtiendo, están admitiendo que van a quemar más dinero en una capacidad de computación que ya sobra. Si anuncian que dejan de invertir, admiten que la fiesta ha terminado y arrastrarán a todos los demás.
Entre ellos, le tocará presentar a SpaceX y al margen de que sean malos, que es de esperar, porque esta empresa nunca ha dado beneficios, la fecha tiene importancia porque los inversores que compraron antes de la salida a bolsa podrán vender por primera vez sus acciones después de esta presentación. Con la cotización a la mitad del máximo, la pregunta no es si venderán, sino cuántos y a qué velocidad.
En octubre sale a bolsa Anthropic y, más tarde o más temprano, OpenAI. Las dos necesitan que el mercado les compre valoraciones de cientos de miles de millones justo cuando casi todo el mundo ha dejado de creérselas. Si la salida a bolsa se hace a un precio realista, sería tanto como admitir la caída de toda la industria. Si se intenta al precio de la fantasía, es prácticamente imposible que el mercado lo compre. Y no hay tercera opción.
Mientras tanto, los modelos chinos no van a dejar de mejorar. Y como son libres, cada mejora irá reduciendo lo que los demás competidores pueden cobrar por esta tecnología.
Como colofón, si no se precipita antes, en noviembre hay elecciones al Congreso y al Senado en Estados Unidos y Trump, que ha sido el gran valedor de la burbuja, el que se ha sacado todos los ases de la manga para seguir echando leña al fuego cada vez que amenazaba con explotar, perderá gran parte de su poder político.
Desde el lanzamiento de ChatGPT, la burbuja de la IA ha sido como si alguien hubiera lanzado con mucha fuerza una bola cuesta arriba. Mientras duró el impulso —el capital y el hype— la bola subía como si no le costara esfuerzo. Pero está en una pendiente, y en el momento exacto en que el impulso se le acaba, solo puede empezar a caer.
Estos son los últimos días de la inteligencia artificial. No de la tecnología en sí, que seguro que seguirá mejorando y siendo util en muchos casos; pero sí de la burbuja, de la amenaza, del delirio de eso que hemos llamado inteligencia artificial y no era tal. Es el final de la locura colectiva que todos estos años nos ha hecho creer que nos podía reemplazar una máquina.
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Quién es quién de la burbuja de la IA
Nvidia es la empresa que fabrica los procesadores sin los que no existe la inteligencia artificial moderna: durante años ha sido prácticamente la única opción viable, y su valoración ha crecido hasta límites estratosféricos por ese monopolio.
AMD e Intel son sus competidoras históricas en el mundo de los semiconductores; aunque llevan décadas en el mercado, han visto cómo la explosión de la IA les daba una segunda vida en bolsa, aunque sin la posición dominante de Nvidia.
Micron es el principal fabricante de la memoria RAM que esos chips necesitan para funcionar.
OpenAI es la compañía detrás de ChatGPT, la cara visible de la revolución, la que ha puesto la IA en boca de todo el mundo y la que ostenta una valoración de cientos de miles de millones a pesar de no dar beneficios.
Anthropic es su rival más directa en Occidente. Desarrolla Claude.
Meta (dueño de Facebook e Instagram), Microsoft y Google son los gigantes que han apostado cantidades obscenas de dinero a integrar la IA en sus productos y a construir la infraestructura necesaria para ello.
SpaceX es la empresa de cohetes de Elon Musk fusionada con el antiguo Twitter que, a su vez, Musk quiso convertir en una empresa de IA. Ha estado construyendo centros de datos aprovechando su expertise en energía y redes.
Moonshot AI es la empresa china detrás de Kimi, un modelo de pesos abiertos que rivaliza con ChatGPT y Claude.
Z.ai es otra empresa china que ha publicado un modelos tan capaz como los occidentales que se puede entrenar por una fracción del coste y, lo que es peor para el negocio, que se distribuye de forma abierta.