El alquiler ya no es una etapa de la juventud, es una condena
Que haya gente de sesenta años compartiendo piso no es culpa de los propietarios particulares. Es el resultado de décadas de inacción pública.
Tengo la sensación de que la sociedad se está acostumbrando a vivir en una anomalía. Trabajar ya no asegura un techo. Hoy en día, la mitad del sueldo de cualquier familia trabajadora se evapora el primer día del mes para pagar la renta. La vivienda es un derecho constitucional, pero la realidad es que se ha convertido en una quimera.
Sin embargo, el error común es culpar al pequeño propietario; el verdadero problema es estructural y radica en la total desprotección del ciudadano por parte del Estado.
No es una percepción exagerada, lo dicen los propios datos oficiales del INE: el precio de la vivienda libre se ha disparado un 12,2% interanual, mientras que las ejecuciones hipotecarias han subido un demoledor 27,5%. Es el peor escenario en casi una década. Una pinza perfecta que expulsa tanto a los que intentan comprar como a los que no tienen más remedio que alquilar.
Cada vez hay más personas de entre 55 y 75 años atrapadas buscando habitaciones en pisos compartidos porque no les da la vida para más.
El alquiler ha dejado de ser un trampolín para convertirse en una trampa permanente. Y mientras la crisis social se agrava, la respuesta del Gobierno central y de las comunidades autónomas sigue siendo de una lentitud exasperante, atrapada en debates ideológicos y parches que no solucionan nada.
La solución no pasa por perseguir al sector privado, sino por competir con él desde lo público. España está a la cola de Europa con apenas un 1,5% de parque de vivienda pública, frente al 9% de media en la Unión Europea.
Países como Austria han demostrado que otra vía es posible. En Viena, más del 23% de las viviendas son de propiedad pública o comunitaria, lo que permite ofrecer alquileres estables y asequibles no solo a colectivos vulnerables, sino a la clase media. El “modelo vienés” funciona desde hace décadas y demuestra que cuando el Estado construye y gestiona un parque público potente, los precios de todo el mercado se estabilizan de forma natural.
Falta valentía política para plantar cara al problema con inversiones a largo plazo. No se trata de pedir imposibles, sino de construir un parque público real en lugar de presentar portales web con cuatro casas contadas. Una sociedad no puede avanzar si tener una casa depende de la suerte que se tuvo al nacer.
¿En qué momento aceptamos que trabajar duro ya no es suficiente para pagarse un techo?