Opinión y blogs

Sobre este blog

La portada de mañana
Acceder
Los empresarios fuerzan al Gobierno a defender el rescate a Plus Ultra
El fuego se ceba con las zonas protegidas: el mapa del medio millón de hectáreas
Opinión - 'Mejor los abrazos de Yamal que los gritos ayusers', por Rosa María Artal

¿Qué le ha pasado a la sanidad pública española?

Alberto Soler Montagud

0

Escribo estas líneas con la doble condición de ser médico y paciente.

Durante décadas contemplé la sanidad desde el otro lado de la consulta y hoy también la vivo desde la incertidumbre de quien espera una prueba, una cita o un diagnóstico. Y esa perspectiva me obliga a preguntarme qué puede haber ocurrido para que un sistema que fue motivo de orgullo nacional haya terminado normalizando esperas de cuatro meses para una colonoscopia por poner solo un ejemplo.

Por desgracia no se trata de casos aislados sino más bien es el síntoma de una enfermedad mucho más profunda en la que la explicación fácil consiste en culpar a la inmigración, un argumento sencillo, emocional y rentable desde el punto de vista político. Pero la realidad es bastante más compleja.

España envejece, aumentan las enfermedades crónicas, cada vez vivimos más años, y todo ello incrementa la demanda asistencial.

El problema es que las administraciones conocían esta realidad desde hace décadas y, aun así, no planificaron los recursos necesarios.

Durante años se formaron menos especialistas de los que hacían falta, miles de profesionales trabajaron con contratos precarios y muchos acabaron marchándose al extranjero o a la medicina privada. La atención primaria fue perdiendo capacidad, los hospitales se saturaron y las listas de espera dejaron de ser una excepción para convertirse en parte del funcionamiento habitual del sistema.

A ello se añadieron los recortes posteriores a la crisis económica y una gestión política demasiado condicionada por los calendarios electorales.

Pese a todo, la sanidad pública ha seguido funcionando gracias al extraordinario compromiso de sus profesionales, y no porque quienes la gobiernan hayan sabido anticiparse a los problemas.

Y mientras tanto, la medicina privada vive una expansión sin precedentes. Millones de españoles han contratado seguros sanitarios para escapar de unas listas de espera que les generan angustia, y en este contexto no hace falta imaginar conspiraciones para entender quién sale beneficiado, pues cuanto más tarda la sanidad pública en atender a un paciente, mayor es el incentivo para pagar por una consulta privada. Y así es como la demora acaba convirtiéndose en negocio.

Sin embargo, es llamativo que el debate público se dirija hacia otro lugar y se señale al inmigrante como responsable del colapso, mientras apenas se habla de la insuficiente inversión, de la falta de planificación, de la pérdida de profesionales o del progresivo trasvase de pacientes hacia la sanidad privada.

Convertir al inmigrante en chivo expiatorio resulta mucho más cómodo que asumir responsabilidades políticas.

Naturalmente, toda sociedad que aumenta su población necesita reforzar sus servicios públicos. Pero ese crecimiento no explica por sí solo el deterioro de un sistema que durante décadas fue capaz de responder con eficacia a retos igualmente complejos.

Así pues, la pregunta no es quién ocupa la sala de espera sino por qué la sala de espera se ha convertido en un lugar donde el tiempo parece formar parte del tratamiento.

Como médico, me duele comprobar el deterioro de una institución en la que he creído durante toda mi vida profesional. Sin embargo, como paciente, me preocupa comprobar que la igualdad empieza a depender de la capacidad económica de cada uno. Porque cuando el dinero compra rapidez y la espera se convierte en el destino de quienes no pueden pagar un seguro, la sanidad deja de ser un derecho para convertirse, poco a poco, en un privilegio… y una sociedad que acepta eso empieza también a enfermar.