No tenemos tiempo para la siesta
Los gobiernos, escribió Ludwig Börne, son velas; el pueblo, el viento; el Estado, la nave, y el tiempo, el mar. Hoy, en una España encallada ante el azote mediático, político y judicial, parece que el viento ha dejado de soplar con la fuerza transformadora de antaño. A la izquierda del PSOE, el paisaje invita al desánimo: disputas, cuentas pendientes y una parálisis que solo beneficia a quienes quieren vernos de brazos cruzados.
Es comprensible la decepción. Es humano sentir que la indignación del 15-M se ha diluido en laberintos orgánicos y batallas por las siglas. Pero la resignación es un lujo que la clase trabajadora y la gente progresista no nos podemos permitir. El miedo al neofascismo ya no es una hipótesis para 2027; es una realidad que ya gobierna en comunidades autónomas, asimilada por el PP y lista para ocupar la vicepresidencia del Gobierno. Ante esto, la estrategia de las derechas ultramontanas es clara: no buscan convencerte de que cambies tu voto, sino arrastrarte al desencanto y a la abstención.
La abstención de la izquierda es el billete de ida de Feijóo y Abascal a la Moncloa. Cada voto progresista que se queda en casa es un cheque en blanco para desmantelar el Estado del bienestar, privatizar la vivienda, frenar la lucha contra la crisis climática y desproteger a la ciudadanía frente a la voracidad del capitalismo salvaje.
Es hora de rearmarse. Quienes no nos conformamos con el posibilismo del PSOE, quienes sabemos que este necesita una fuerza potente que tire de él hacia la izquierda, sumamos una masa crítica de entre un millón y un millón y medio de votos que hoy dudan. Ese espacio huérfano de ilusión no puede quedarse huérfano de representación.
A la izquierda del PSOE existe un programa común que nadie ajeno al sectarismo ve complicado firmar: un laborismo ecosocialista, feminista y antirracista; la plurinacionalidad y el federalismo profundo; una fiscalidad justa para sostener la sanidad y educación públicas; y la regulación del mercado para poner coto a la especulación de la vivienda, defendiendo un nuevo pacto democrático para la gente común.
Las organizaciones políticas están obligadas a transitar el camino de la madurez. Movimiento Sumar acaba de cerrar una asamblea compleja para renovar su dirección y pasar página de etapas convulsas, activando su maquinaria con liderazgos como los de Verónica Barbero y Rosa Martínez bajo la premisa de cuidar a la organización y construir un frente amplio y estable que vaya más allá de 2023. Las personas pasan, las herramientas colectivas permanecen. Necesitamos construir, junto a las fuerzas hermanas, un liderazgo creíble, potente y transversal, ajeno a disputas estériles y con la valentía de salir a la ofensiva frente al proyecto reaccionario.
No mires las encuestas con derrota anticipada. Las derechas tiemblan cuando la izquierda se moviliza. No permitas que el ruido te convenza de que todo está perdido. El futuro del escudo social y de las reformas pendientes está en tus manos.
Para lograrlo, hace falta apelar a un valor que la derecha es incapaz de comprender: la generosidad. Esa virtud que busca el bienestar colectivo. La generosidad que hoy se exige a los partidos para aparcar cuotas de poder, pero también a cada votante que decide vencer el desánimo y ofrecer su confianza por empatía hacia los más vulnerables. No se trata de votar porque nos sobre la ilusión, sino de blindar nuestros derechos comunes.
Volvamos a ser el viento que empuje la nave. Practiquemos la generosidad política y salgamos a defender nuestro futuro, porque cuando la izquierda se pone en pie y comparte su fuerza, la reacción retrocede.