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Orwell vs. Huxley: elegimos mal la distopía

David Martínez Pradales

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Orwell nos mostró un futuro con un poder ejercido mediante la represión y la vigilancia y, quizás por temor a que se hiciera realidad, llevamos décadas construyendo la distopía de Huxley, con un poder blando basado en el desarrollo tecnológico, el entretenimiento y el consumismo con apariencia de libertad, ese “Amusing Ourselves to Death” del que habló Neil Postman en los años 80. Ese tipo de poder contra el que es más difícil sublevarse, el que no se impone de forma explícita.

Entretenidos frente a la pantalla, damos por cierto lo que nos dicen en sus vídeos personajes cuya credibilidad se apoya en su número de seguidores, reales o bots. Y, entre reel y reel, nos hacemos una idea del mundo aunque, de tanto escuchar majaderías, empecemos a dudar sobre si tendrá forma esférica o plana.

Nuestro dedo se arrastra por la pantalla buscando efímeras emociones audiovisuales mientras, en la mesilla, un libro espera a ser leído. Y creemos saber de todo porque, ¿acaso alguna vez ha tenido acceso la humanidad a tanto conocimiento?

¿Qué más da que apenas sepamos ya escribir a mano y que quizás pronto perdamos el hábito de leer, esa capacidad adquirida hace milenios para desarrollar y transmitir ideas complejas? Lectura y escritura fueron las dos columnas sobre las que se construyó la democracia liberal: el periódico, el panfleto, el discurso...Esa democracia que, según nos susurran los algoritmos dictados por la nueva tecnocracia, está sobrevalorada.

Alex Karp, director ejecutivo de Palantir, lo ha dicho con cierta claridad en un reciente manifiesto difundido en X, Curtis Yarvin -ideólogo del neorreaccionarismo- propone directamente sustituir la democracia por una gestión corporativa del Estado.

Y, en estas, llegó la inteligencia artificial que lee, sintetiza y decide por nosotros. Entonces, ¿para qué desarrollar esas capacidades? Se está construyendo un ecosistema en el que pensar por uno mismo se vuelve cada vez menos necesario y, por tanto, menos practicado. A medio plazo, menos posible.

Quizás nos dirigimos hacia una estratificación social con una élite que mantiene la lectura como ventaja competitiva y una mayoría que accede al mundo a través de contenido audiovisual fragmentado y jerarquizado con corazoncitos. Eso no sería inédito -durante siglos la alfabetización fue privilegio- pero sería una regresión y un camino abierto hacia una dependencia cognitiva sin precedentes históricos.

Así que, por si caso, dejemos el móvil y abramos de una vez ese libro que lleva semanas esperando a ser leído.