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Viajar después del coronavirus

Kevin Coves

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Vaya por delante el reconocimiento de las ventajas que tiene viajar. Descubrir otras culturas, otras formas de hacer las cosas, otras identidades, es en buena parte de las personas un antídoto contra el veneno del nacionalismo, la xenofobia y la cerrazón. Nada como salir de la zona de confort para darse cuenta de que, aunque mundos sólo hay uno, realidades hay muchísimas, y perspectivas también. Cruzar el umbral implica tener que desenvolverse entre extraños, aguzar los sentidos, identificar similitudes y diferencias y, en definitiva, hacer un esfuerzo de empatía para entender las soluciones que en otros lugares del mundo dan a tus mismos problemas, y también a otros nuevos. A la vuelta de un viaje, sobre todo del primero, todo es más relativo, nada es tan categórico, y lo que antes era como era porque era la única manera, hoy es sólo una opción más. No cabe duda, pues, de que viajar es beneficioso para el espíritu humano.

No obstante, y a pesar de su gran contribución a la formación de individuos cívicos y abiertos, existe un lado negativo de viajar, o más bien del modo en que se viaja hoy en día. Una consecuencia desatendida que no se ve pero que afecta a la sociedad y cuyos efectos, aunque poco perceptibles, se están volviendo cada vez más visibles en los últimos años.

El principal exponente de esta realidad es el arquetipo del viajero moderno. Un viajero que tiene hoy más posibilidades que nunca, ávido de vivir y conocer, y con la formación y la confianza necesarias para lanzarse a la aventura.

Profundizando en el perfil de este nuevo viajero, podríamos describirlo como un individuo joven, curioso, con formación universitaria y dominio de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Criado y educado en un ambiente de clase media o alta, tiene un buen inglés y, posiblemente, conocimientos de algún tercer idioma, suficientes como para desenvolverse con autonomía en casi cualquier país del mundo. Este viajero es mayoritariamente urbanita, y su poder adquisitivo se mueve en una horquilla muy ancha, con el mínimo marcado por la cantidad suficiente para vivir y generar un pequeño ahorro y el máximo abierto.

Entre las principales motivaciones del viajero moderno podríamos citar la afición a viajar y a descubrir nuevos mundos, el gusto por la aventura, el aprendizaje y la práctica de idiomas o el tiempo libre. También hay otros incentivos más modernos, como el postureo en redes sociales que busca llamar la atención y generar admiración imitando y protagonizando las fotos más populares y emblemáticas en diferentes lugares del mundo. O el clásico infeliz, que trata de evadirse de su vida y se tienta a sí mismo en cada viaje con la idea de dejarlo todo y lanzarse a la aventura unos años para volver convertido en otra persona, una persona mejor y con las ideas más claras.

Pero en todos estos perfiles de viajero moderno hay un punto en común: el individualismo. El concepto actual del viaje, al igual que el de la sociedad capitalista de consumo en la que vivimos, está basado en el individuo, en un protagonista, en un héroe viajero o consumidor. Es el individuo quien experimenta los beneficios de viajar, y para ello debe desprenderse en cada aventura de los lazos con su comunidad. Quizá por un período breve, sí, pero también intenso, y en ocasiones adictivo si su vida no está siendo todo lo que esperaba. La sensación que experimenta el viajero y la que está detrás de su poder de adicción es la libertad. La libertad de tener el mundo entero al alcance, y con él un sinfín de posibilidades. Aspiraciones, historias, aventuras... permanentes o efímeras, pero sólo suyas. Suyas y de nadie más.

El viajero moderno es el reflejo de una de las grandes paradojas de la globalización, que tiene como principal beneficiario al sistema capitalista: el mismo individuo que viaja hasta Nepal para descubrir una nueva cultura y se maravilla con las historias de vida de los lugareños, con sus luchas diarias y su exótica sencillez, vive en España sin conocer a sus vecinos ni haber explorado ni tan siquiera su barrio. El mismo que ha subido a Instagram su foto de rigor en las principales capitales del mundo apenas conoce su país, su patrimonio, su alcance y su riqueza cultural, y ni siquiera tiene interés en comprender las diferencias y similitudes que guarda con sus conciudadanos. Porque un sherpa nepalí cualquiera tiene, por defecto, una historia más interesante que contar que el vecino del segundo, del que no sabes nada.

Pero esta realidad no es casual. No se trata de una “externalidad negativa” de algo positivo como es viajar. Es un calculado efecto más de un sistema, el capitalista, que tiene en la atomización de la sociedad y en el aislamiento del individuo su principal arma. El capitalismo divide, y por eso vence. Divide ofreciendo a cada persona la ilusión de tener un sinfín de posibilidades para ser “el dueño de su propia vida”. Pone a disposición del consumidor infinitas variedades de productos y experiencias para que cada uno encuentre su estilo y sea único, diferente a los demás, especial.

Por eso, aunque no es sencillo realizar una abstracción de algo tan bien visto y con tantas y tan aceptadas ventajas como viajar, es necesario. Porque detrás de las aerolíneas low cost, de los albergues y hostales, de los interraíles y de los intercambios de idiomas, hay un claro objetivo: la globalización. La dilución de las identidades y las culturas. La desactivación de la organización ciudadana. La homogeneización de los individuos más allá de toda comunidad, identidad o clase en una única categoría universal: el consumidor.

Pues bien, este modelo de vida y de realización personal a través del individualismo, conscientemente promocionado por el capitalismo, es el que nos ha traído hasta donde estamos hoy: un mundo en el que es necesaria una pandemia global para hacernos valorar la importancia de la comunidad, de las redes vecinales, de la solidaridad, del afecto, del calor humano y de la protección y la fuerza que nos da el grupo. Sé que es fácil olvidarlo cuando todo va bien. Cuando la tecnología te bombardea con incesantes novedades y la tele te dice que el barrio no tiene cabida en la modernidad. Cuando no seguir la moda te deja fuera, especialmente si eres joven. Pero al final del día, cuando las cosas se ponen feas y el capitalismo te ofrece su cara más amarga, no es tu iPhone X ni tu pantalla 4k los que te ayudan a seguir adelante. Son las personas que te quieren y a las que te gustaría tener cerca. Son tus amigos de siempre, que te conocen mejor que ningún algoritmo. Y son tus vecinos del barrio, que se organizan para ayudarse unos a otros. Pero una comunidad no se construye sola ni se puede pedir por Amazon. Ni la solidaridad. Ni el afecto de otras personas. Todo esto, todo lo importante, se construye estando ahí día a día, con nuestros actos, con nuestras decisiones, y con nuestro estilo de vida. Tengámoslo en cuenta en adelante, o puede que la próxima vez que viajemos no tengamos un lugar al que volver.