Juan Carlos I ya está fuera de España. No se conoce aún poeta que le haya escrito versos. Y se va con su patrimonio —acumulado presuntamente de forma ilícita—, sin rastro de arrepentimiento, con todos sus títulos bajo el brazo y sin haber escrito una carta al pueblo español. Será porque hace años ya le dijo aquello de “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”, aunque después siguiera sacando dinero de Suiza.
Entre una y otra escena han transcurrido 89 años, una guerra civil, 40 años de dictadura y otros tantos de democracia. La España de hoy no es aquella, pero la decisión de Juan Carlos I de abandonar el país —urdida entre la Casa Real y el Gobierno— abre un escenario de inestabilidad institucional de incalculables consecuencias. El hombre que más hizo por la concordia entre españoles se marcha dejando atrás un país en discordia, polarizado y dividido también entre monárquicos y republicanos. Y con un Gobierno en el que por primera vez desde 1978 hay una formación política, Unidas Podemos, que no sólo se declara sino que obra como republicana.
El dato no es menor. Felipe VI tiene un problema y lo sabe. No sólo por la marcha tardía y forzada de su padre, sino porque ha sido el del emérito un gesto sin grandeza que suma nuevas dosis de autodestrucción a la ya de por sí autolesionada monarquía. ¿Afectará todo ello al pacto constitucional del 78? A saber.
Por Esther Palomera.