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CRÓNICA

Maricarmen ya no molestará más a la derecha

8 de octubre de 2026 22:34 h

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Alberto Núñez Feijóo ofreció sus condolencias en la noche del miércoles al conocerse la noticia de la muerte de Maricarmen Abascal. “Ante la muerte de una persona, solo cabe el respeto”, dijo. Al día siguiente, ya se había subido al carro de combate que no abandonará en lo que queda de campaña. Tocaba cargar contra todos aquellos que han denunciado a los que no hicieron nada para impedir el desahucio que finalmente llevó a Maricarmen a la tumba.

El líder del PP no tiene esto último entre sus prioridades. Si fuera así, lo habría mencionado en su discurso ante la Junta Directiva Nacional del PP. Lo que realmente le preocupaba es que esa muerte reforzara la acusación a los partidos que votaron contra la prórroga del escudo de los desahucios en el Congreso: “No vamos a permitir el intento de manipulación emocional de los españoles. No va a colar”. Qué es eso de que haya tanta gente que hable de empatía, de compasión o que afirme que el sistema político tiene alguna responsabilidad sobre la muerte de una anciana.

Al igual que otros dirigentes del PP, Feijóo no tuvo tanta consideración ni alzó la voz cuando varios medios de comunicación de la derecha se lanzaron contra Maricarmen bien escarbando entre las riñas de vecinos de un edificio, bien afirmando que solo era una pieza del tablero político colocada y movida por el Gobierno. La incomodidad del PP era evidente. Temían que el debate sobre la vivienda y los desahucios expulsara a la crisis de la Ceuta de los titulares. Después de dos meses hablando de Ceuta, un asunto que no ha acabado ni mucho menos, confiaban en que siguiera monopolizando la atención de partidos y medios.

Lo que ocurrió fue tan deplorable como previsible. Los que se burlaron de Maricarmen, los que la desacreditaron por sus problemas con los antiguos dueños y los que la tacharon de marioneta negándole su dignidad, todos ellos dijeron después que los que la defendieron eran los culpables de su muerte. Chapu Apaolaza, de ABC, insistió en que había habido un “casting” organizado por Moncloa para elegir una víctima propiciatoria y “utilizarla para sus maniobras políticas”. Es lo que había dicho en el programa 'Horizonte' de Iker Jiménez en Cuatro.

En la misma línea, Agustín Pery, en el mismo periódico, reforzó la hipótesis de que solo era un peón. Los culpables eran muchos y estaban todos en la izquierda: “Su vida, buena o mala, dejó de pertenecerle en el mismo instante en que actores, cantantes y activistas de la nada, primero, y políticos, después, decidieron que había que enarbolarla, exhibirla como una Lady Godiva”.

El testimonio de las personas que conocieron a Maricarmen no podía ser más diferente. La periodista de La Sexta Andrea Ropero, que la entrevistó en su hogar justo antes del desahucio, recordó que “ella quería que esa imagen llegara a todo el país para que todos fueran conscientes de lo que es un desahucio”.

Después de años de lucha para conservar la casa de la que la empresa Urbagestión quería expulsarla, sabía muy bien lo que estaba haciendo y por qué: “Maricarmen tenía un problema que entendió desde el principio, que no era un problema individual que le afectara a ella, por ser Maricarmen en este caso, sino que era un problema colectivo”, explicó su abogada, Beatriz Duro.

Lo dijo ella misma en una entrevista en octubre de 2025: “Que me corten el cuello, vale, pero me lo van a cortar luchando. No sentada en la butaca, no marchándome por la noche con la maleta, porque ya no aguanto más los acosos”. Tenía su carácter –de eso no cabe duda–, por lo que no puede haber más desprecio que creer que ella se había dejado manipular por otros.

La máxima agresividad política se produjo en las instituciones madrileñas, lo que no es una novedad. El PP se negó a que se hiciera un minuto de silencio en el pleno del jueves en el Ayuntamiento de Madrid. Los socialistas utilizaron su turno de palabra para que se produjera ese minuto en pie. Los concejales del PP se quedaron sentados.

Rita Maestre, de Más Madrid, lanzó una acusación directa contra el alcalde: “No hizo nada cuando Maricarmen lo pidió. Solo actuó (como mediador) cuando los buitres que se querían forrar con su vida y con su casa necesitaron lavar su imagen”. Almeida devolvió el golpe y dijo que “Maricarmen es una estrategia electoral, es un señuelo para tratar de permanecer en el poder”. También consideró que era una humillación para esa mujer el hecho de que el minuto de silencio durara 40 segundos. Estaba en contra del minuto y también contra el hecho de que durara menos de un minuto.

En la Asamblea de Madrid, ocurrió algo parecido. Díaz Ayuso apostó por su estilo de costumbre centrado en buscar la ofensa personal al decir que el Gobierno no da “pisos a mujeres como Maricarmen”, sino “a amantes como Jéssica”. “En las calles de Madrid no va a haber paz”, le avisó Manuela Bergerot. Ayuso se sintió amenazada: “Cuando ustedes han dicho que no va a haber paz, ¿nos están amenazando? ¿Físicamente?”. Por la tarde, Alfonso Serrano, secretario general del PP madrileño, fue a la policía a denunciar las palabras de Bergerot. Luego, la llamó “choni indocumentada” en las redes.

Madrid tiene la habilidad de sacar lo peor de la política.

La emoción y la furia con que fue recibida la noticia de la muerte de Maricarmen hizo que en la derecha se recuperara el discurso de los dos extremos, ahora un poco más en desuso, porque uno de ellos, la extrema derecha, será esencial para que Feijóo pueda llegar a Moncloa.

Fue aprovechado por algunos de los artistas del transformismo, como Pedro J. Ramírez. A cuenta de lo que se había podido leer en las redes sociales, sostuvo que “desde los dos extremos” se había echado “leña al fuego de la crispación”. Su diario, El Español, fue el que publicó un artículo con el que presentar a la anciana como alguien que hacía cosas tan reprochables como “ir al bingo” o protestar a los vecinos por el ruido que hacían los niños. La clave era quitarle la condición de víctima que la izquierda le había entregado.

Por mucho que la responsabilidad sobre la situación de la vivienda alcance a todas las instituciones, incluido el Gobierno central, y a que es seguro que Pedro Sánchez no cuenta con muchos partidarios en la acampada de Sol en Madrid, es el PP el que prefiere que no se hable más de Maricarmen. No ha llegado al extremo de desacreditar a la anciana, como han hecho columnistas de medios como El Español, The Objective o ABC, pero no le conviene que se hable tanto de vivienda ni de la deuda que la sociedad tiene con los ancianos que son desahuciados.

Para el PP, todo se reduce a prometer la construcción de un millón de viviendas y dejar que el mercado haga lo que tenga que hacer en la búsqueda de beneficio. Todo lo demás acarrea una tensión que no hace ningún bien a sus intereses electorales. No es momento para preocuparse por ancianas con problemas.