Cuatro familias explican qué les llevó a tener su primer hijo pasados los 40: “Compartía piso, no era el momento”
Había llegado, como otras tantas veces, el día de la transferencia embrionaria. Diego y Virginia llevaban seis años tratando de ser padres. Tenían ya 39 y 40 años, respectivamente. Como tantas otras veces, mientras a Virginia le introducían la cánula, ellos observaban, pacientes, la pantalla de la ecografía. Pero algo nuevo sucedió ese día: cuando lanzaron el embrión hacia el útero, apareció en escena como si de un fuego artificial se tratase. Para Diego —explica por videollamada casi cuatro años después— ese fue el momento en el que realmente sintió que ese embarazo sí iba a funcionar.
“Porque salió bien, que si llega a salir mal ni lo recordaríamos”, dicen ambos entre risas al echar la vista atrás. Su hija, que ya tiene tres años, está sentada en el regazo de él, intentando contener su impaciencia. Para ello, sus padres le han sugerido hacer un puzle. A ella le ha parecido bien y se ha puesto manos a la obra.
España está entre los países con la fecundidad más baja de Europa y también entre los que tienen la maternidad más tardía. “En el 2024, la edad media del primer hijo para las mujeres era 31,5 años y para los hombres se acercaba a los 35. A veces se centra el debate en el retraso de ellas, pero el de los hombres es igual o mayor”, señala Teresa Castro, doctora en Sociología especializada en baja fecundidad y profesora de investigación en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Por primera vez, el número de nacimientos asociados a madres de 40 años o más ha alcanzado el 10% en España
Virginia es ese “1 de cada 10” que ha reflejado el INE en su última actualización de los datos sobre natalidad: Por primera vez, el número de nacimientos asociados a madres de 40 años o más ha alcanzado el 10% en nuestro país. Los motivos son diversos y suelen estar entrelazados.
La treintena, donde más se concentran los nacimientos
Virginia y Diego comenzaron a intentar ser padres en 2016, casi tres años después de empezar su relación. Tenían 33 y 34. “Lo intentamos de manera natural y no llegaba. Empezamos con tratamientos de fecundación in vitro en 2019. Finalmente, lo conseguimos a los 40. No imaginábamos que iba a ser tan complicado, que lo íbamos a tener que posponer tantísimo”, explican.
Precisamente, una de las explicaciones a ese histórico “1 de cada 10” que subraya el INE es el hecho de que ahora los embarazos suelen aglutinarse en la treintena, y ello hace que sea más fácil que se acaben demorando hasta la siguiente década —entre otras cosas, porque la fertilidad empieza a decaer gradualmente en esta franja de edad—. Los avances en la reproducción asistida, así como en los métodos anticonceptivos, también han jugado su papel: Las mujeres que congelan sus óvulos se han multiplicado casi por 30 en una década en España.
Los expertos explican que el “reloj social” ha cambiado pese a que el “biológico” haya permanecido inmóvil. “Ahora, en general, la gente ya no quiere ser padre o madre, por ejemplo, a los veintidós. Yo mismo tengo una hija de esa edad y le digo: ‘Vive la vida: viaja, estudia. No te pongas en ese rol’, dice Albert Esteve, director del Centro de Estudios Demográficos (CED). ”No siempre se retrasa el embarazo a estas edades por elección, sino que también hay barreras para no tenerlo antes“, señala Castro.
Cuando empiezas con los tratamientos de fertilidad, es muy difícil parar y todo gira en torno a eso
“Cuando empiezas con los tratamientos de fertilidad, es muy difícil parar, y todo gira en torno a eso. Mi hermana, que es madre, siempre me decía: ‘Conocerás lo que es el miedo cuando seas madre’, y yo ahora le digo: ‘Yo conocí el miedo hasta ser madre’. Fue un desgaste físico y emocional horroroso. Tenía la sensación de que mi vida se había detenido y la de todo el mundo continuaba”, cuenta ella.
La pareja anima a todos aquellos que estén en un proceso similar a que pidan ayuda si la necesitan y a “que no se sientan culpables” por los pasos que decidan dar. “Que habéis pedido un crédito para otro tratamiento, pues ya está. Que queréis parar ya de intentarlo, pues, de verdad, también está perfecto”, apuntan.
Sin vivienda y sin la pareja adecuada
Arancha (46 años y residente en Madrid) aún no había cumplido los treinta cuando su relación de pareja se rompió. “Si hubiéramos seguido juntos, quizás lo hubiéramos intentado en torno a los treinta. No lo sé”, dice. Pese a esta nueva situación, ella estaba decidida a ser madre, aunque fuese sola. Pero había un problema: ahora vivía en un piso compartido. “Iban pasando por él distintas compañeras de piso. Evidentemente, no era el momento”, dice.
La tardía emancipación económica y residencial de los jóvenes en España, explica el demógrafo, es otro de los factores que retrasan la formación de una familia. Los españoles se emancipan, de media, a los 30 años. Muy por detrás de, por ejemplo, algunos países nórdicos, donde lo hacen a los 22. Esto, claro, también provoca que se retrase la convivencia en pareja. “Es como una cadena de retrasos”, resume, por su parte, la doctora en Sociología.
Mi hermana se quedó embarazada. Le preparé una especie de tarta de pañales y le hice una foto. Justo al lado estaba mi montaña de medicación. Para mí es una foto dura, pero ha tenido final feliz
Por aquel entonces, Arancha se había abierto una cuenta vivienda —una ayuda fiscal que existió hasta 2013 orientada a facilitar la adquisición de una vivienda—, por lo que a los treinta y tres compró un piso en una cooperativa —las opciones de mercado libre eran inabordables para ella como persona soltera— e hizo dos ciclos de congelación de óvulos para preservar la fertilidad.
En esos años comenzó otra relación y quisieron esperar a obtener la vivienda antes de que ella se quedase embarazada. Sin embargo, hubo un problema administrativo con el suelo del barrio —que estaba en desarrollo— y se retrasó la construcción. Pese a que siempre se sentían a las puertas de ello (las previsiones eran siempre de meses), no podían imaginar que llegarían a tardar hasta seis años en conseguirla. Para ese momento, Arancha tenía 39.
Comenzó entonces con los tratamientos en la clínica en la que había congelado sus óvulos. Pasó un año, y otro, y otro, y nada. Lo duro que fue el proceso pasó factura en la relación y, a los 43 años, terminaron dejándolo. Tres meses después, ella siguió intentándolo sola. Finalmente, seis años después de aquel primer intento, se quedó embarazada. Ahora su hijo tiene dos años.
Resume, emocionada, lo difícil que fue aquella larga etapa con una imagen: “Mi hermana se quedó embarazada. Le preparé una especie de tarta de pañales y le hice una foto. Justo al lado estaba mi montaña de medicación. Para mí es una foto dura, pero ha tenido final feliz”.
Inestabilidad económica
Con 33 años, la vida les unió. “Nos conocimos ya mayores, y hasta que ves que con esa persona funciona… No deberías ponerte a tener hijos con cualquiera” dice Vicky (40). Dani, de la misma edad, está de acuerdo. Ella le mira y le dice: “Si tú hubieras sido una persona que no te haces cargo, y hubiese tenido claro que toda la responsabilidad caería en mí, seguramente yo no me hubiera planteado tener hijos”. “Es que el reparto de las tareas es algo fundamental”, afirma él.
El reparto de las tareas es algo fundamental
Esa interacción de Vicky y Dani resume a la perfección lo que los sociólogos llevan un tiempo observando. “En las encuestas que hacemos sale mucho el no tener la pareja adecuada. Tienen que coincidir en un momento en que las dos partes quieran ser padres o madres y las mujeres heterosexuales, además, andan buscando un perfil de hombre ‘cuidador’, que esté en sintonía con la idea de ellas de lo que es una pareja igualitaria”, apunta Castro. Este es, de hecho, el factor que más peso tiene.
“Hemos tenido suerte con el tema de la vivienda, porque el piso donde vivimos es heredado, pero ninguno de los dos teníamos un trabajo del todo estable. Nosotros, pese a tener que ajustarnos a veces, salíamos adelante, pero tener una persona a nuestro cargo era otra cosa”. Y sí, lo es: tener un hijo en España cuesta, de media, 758 euros al mes y aumenta un 70% la probabilidad de quedar bajo el umbral de la pobreza.
“Yo pensaba: ‘No quiero tener que decirle a mi hijo que no puede ir a clases extraescolares o que no puedo comprar carne porque no me lo puedo permitir’”, dice ella. Cuando alcanzaron esa estabilidad, comenzaron a intentarlo. Tenían 37. Tardaron tres años en lograrlo, en su caso, de forma natural. Su bebé tiene ahora nueve meses. Las ventajas de ser padres a esa edad, sostiene Dani, es que “tienes otro grado de responsabilidad con la vida”: “En vez de amoldarse él a nosotros, nos amoldamos nosotros a él”.
Sin posibilidad de conciliar
La hija de Carme será uno de los bebés de madres de más de 50 años que figurarán en los datos que el INE publicará a finales de año sobre 2025, una cifra que se ha cuadruplicado en poco más de una década. En 2024 marcó récord: 313 nacimientos. Ella tiene 51 y su hija, un año. “Siempre había tenido la intención de ser madre, pero nunca me habría imaginado que sería así”, afirma.
Hace siete años, la pareja de Carme falleció. Llevaban 22 años juntos. Antes de la terrible tragedia, ambos trabajaban en la misma empresa y tenían un empleo que no les permitía conciliar. Viajaban mucho. “Era muy difícil renunciar a ese trabajo, porque gracias a él podíamos tener la casa. Además, tenía un jefe que me decía que mejor una mujer que estuviese sola, sin marido, ni pareja, ni hijos. Una mujer que no estuviera atada a nada”, cuenta.
Cuando su pareja murió, ella empezó en otro trabajo. Le costó volver a estabilizarse económicamente. Hizo la solicitud para adoptar, pero le dijeron que se demoraría alrededor de cinco años. “Probé con un tratamiento de reproducción asistida mediante doble donación y fue bien”, explica.
Ahora está en paro porque, sostiene, tras “hacerle la vida imposible durante su embarazo”, la despidieron una vez finalizó su baja. “Yo pensaba que ya no pasaban estas cosas, pero sí que pasan”, afirma. A Arancha también la despidieron en una situación similar, ante lo que un antiguo jefe la volvió a contratar. En una encuesta realizada a 95.000 mujeres, el 22% aseguraron haber perdido su empleo al ser madres: una desigualdad de género que persiste y que también pesa a la hora de decidir (o no) quedarse embarazada.
Castro explica que también existe un grupo de población que cree que la fertilidad “se mantiene más o menos igual hasta los cuarenta, y se llevan una sorpresa. Hay otro grupo que desconoce que la garantía de éxito de la reproducción asistida no es del 100%”.
Los dos expertos creen que la maternidad y la paternidad después de los 40 va a seguir en aumento, pero de forma gradual, moderada, y están expectantes sobre cuándo tocará techo. “Estas tendencias son muy difíciles de revertir, porque todas las causas sociales y económicas que hay detrás son muy difíciles de cambiar”, aclara ella.