Lecciones de un bosque viejo para que los más jóvenes no acaben destruidos
En el corazón del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany Sant Maurici crece un “milagro”. Un pino negro de mil años. Mitad fósil y mitad vegetal. Una anomalía biológica sin igual en Europa que ha podido generarse porque en ese espacio protegido se ha dejado crecer a los árboles hasta convertirse en bosques viejos.
El pino milenario de Aigüestortes ha sido detectado porque un equipo de investigadores ha ido a buscar los rodales de bosque más longevos “cercanos a la evolución natural”, explica el director del parque, Lluís Florit. La búsqueda ha aflorado que “aquí se concentra el mayor número de sectores maduros de España”, subraya este ingeniero de montes. En esos bosques se crean estructuras complejas que albergan una elevada biodiversidad con microhábitats de madera muerta. Son un oasis para “especies muy singulares”. Y todo ese conjunto, destaca el director, “les confiere una elevada resiliencia”.
Eso significa que tienen “más capacidad para absorber posibles impactos incluso vinculados con los procesos de cambio climático como los que ya estamos visualizando”. Aguantan mejor las sequías, el calor severo, los incendios extremos.
A los bosques, la edad los hace más fuertes. En el parque catalán se trata sobre todo de abetales, seguidos de pinares de pino albar y pino negro, pero el investigador del CREAF Jordi Vayreda explica que las enseñanzas detectadas en el parque son “totalmente generalizables” a otras zonas de España.
Los bosques maduros tienen más capacidad para absorber posibles impactos, incluso los vinculados con los procesos de cambio climático como los que los que ya estamos visualizando
Cuando los científicos hablan de estructuras mucho más complejas se refieren a diferentes especies conviviendo y árboles de diversas dimensiones. “Los árboles de mayor tamaño difícilmente se te van a quemar enteros”, afirma Vayreda. Y, en el caso de que venga un incendio, “tienes además especies de muchos tipos”, unas estructuras heterogéneas que ayudan a que no avance el incendio. “El fuego no te va a quemar todo el bosque maduro. Arderán partes, con lo cual tiene una mayor capacidad de resistir y recuperarse en caso de daños relativamente importantes”.
La diversidad crea “infinidad de condiciones microclimáticas” que retienen mejor la humedad, a la par que almacenan mucha cantidad de carbono —lo que evita que escape a la atmósfera y empeore el calentamiento global—. Estas condiciones permiten al ecosistema aguantar cuando llegan las temperaturas extremadamente altas y se prolongan los meses sin lluvia, cuentan los investigadores.
Bosque maduro es lo contrario a plantación de árboles. Es diversidad de especies y tamaños frente a uniformidad con idea de un aprovechamiento comercial. “Las plantaciones son clarísimos candidatos a ser muy vulnerables ante un incendio o un vendaval”, sentencia Vayreda.
De ahí que estén estudiando cómo añadir a otras masas forestales “elementos de madurez” para que se conviertan así en más resistentes. Es como “acelerar la evolución. Promover la madurez de forma más rápida”, describe Lluís Florit.
La idea es replicar con actuaciones concretas lo que, de manera natural, puede requerir décadas o incluso siglos. Se trata de, al mismo tiempo que se conservan y refuerzan las características de bosque viejo que haya generado naturalmente, aportarle otras a base de dejar que entren nuevas especies para romper las masas de un solo tipo de árbol, reducir selectivamente la competencia cercana a grandes árboles o estimular la regeneración vegetal.
Si tenemos bosques maduros tenemos que ir a protecciones estrictas porque, si no, es muy difícil que estos bosques se puedan conservar
Vayreda describe cómo “intervenciones microquirúrgicas” en un bosque pueden conseguir esto: “Talar un número reducido de árboles o hacer que mueran de pie para generar madera muerta y que puedan prosperar algunas especies más escasas y resistentes como serbales y fresnos. Son pequeñas intervenciones que permiten que el bosque madure a un ritmo más rápido”.
Un trabajo como el que han desarrollado en el Parque Nacional de Aigüestortes arroja luz al valor que tiene crear espacios boscosos protegidos legalmente a la hora de combatir los embates del cambio climático en general y los incendios forestales en particular.
Lluís Florit destaca que la figura de protección, en este caso como Parque Nacional, “ha ayudado a que no haya intervenciones o actuaciones de gestión forestal más típicas y eso ha podido garantizar esta evolución más natural. Es importante el hecho de tener ese mecanismo legal para que el bosque haya podido evolucionar de esa manera”.
Florit también matiza que existen zonas forestales provenientes de repoblaciones o que se han generado por el despoblamiento y el abandono rural —con menos características de bosque maduro— “en las que sí es importante realizar una gestión preventiva”.
En una época en la que la gestión forestal se ha erigido en paradigma de la solución ante las oleadas de incendios forestales impulsada por el cambio climático, el ecólogo del CREAF subraya la utilidad de blindar legalmente ecosistemas: “Si tenemos bosques maduros tenemos que ir a protecciones estrictas porque, si no, es muy difícil que estos bosques se puedan conservar”, por lo tanto, estas funciones y servicios que otorgan a los humanos, se evaporan.