La mayoría de la población culpa a los políticos de los bulos científicos: “Los más peligrosos no activan las alarmas”
“Nunca había sido tan fácil acceder a una noticia sobre una vacuna, un estudio nutricional o el último informe sobre cambio climático. Y nunca había sido tan difícil saber si esa noticia es verdad”. El estudio Desinformación Científica en España 2026, elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (Fecyt), alerta de que la desinformación ha crecido en los últimos cuatro años y, aunque admite que no es un fenómeno nuevo, señala que “ha cambiado de escala y velocidad”, creando un ecosistema en el que distinguir lo verdadero de lo falso “se ha convertido en una competencia fundamental para la vida ciudadana, casi tan necesaria como leer o calcular”.
De teléfono a tableta, del televisor a las conversaciones cara a cara, en las que también se difunde desinformación, los bulos campan a sus anchas. Y la sociedad señala a los políticos como los primeros responsables, apunta Fecyt. Un 57% de las personas cree que es la clase dirigente la principal originadora de desinformación, seguida de cerca por influencers y personalidades de internet (54,5% de los individuos) y los gobiernos, políticos o partidos políticos extranjeros (45,4%). Los medios de comunicación y periodistas también concentran una proporción relevante de atribución (45,6%), por encima de los lobbies y los grupos de presión (40,4%).
Eso supone un problema más profundo que la mera difusión de contenido falso. “En el nivel individual, erosiona la capacidad de tomar decisiones informadas sobre salud, medio ambiente y tecnología”, sostienen los autores, Celia Díaz Catalán, de la Universidad Complutense de Madrid, y Pablo Cabrera Álvarez, de la Universidad de Essex (Reino Unido). “En el nivel colectivo, socava los marcos de conocimiento compartido que sustentan la deliberación democrática, alimenta la desconfianza institucional y puede comprometer la cohesión social cuando amplios sectores de la ciudadanía operan desde universos informativos incompatibles”, añaden.
Sobre esto opera también, continúan los científicos, la relación que tiene la ciudadanía con la desinformación y su expansión. La encuesta revela que la gente se ve mayoritariamente a sí misma como capaz de distinguir entre información falsa y verdadera, pero cree que los demás no pueden hacerlo. En concreto, más de la mitad de las personas (51,5%) se sienten bastante seguras de poder identificar información falsa: el 7,2% muy seguras, y el 44,3% más bien seguras. En cambio, el 81,9% se sienten nada o no muy seguras de que la persona promedio en España es capaz de distinguir la desinformación y solo el 3,0% de las personas creen que la persona promedio en España puede distinguir la desinformación.
Esto supone un problema, cuentan los autores, porque “los bulos más peligrosos no son los que activan las alarmas, sino los que llegan disfrazados de información razonable, esperanzadora o simplemente interesante”.
Además, esta dualidad lleva a que una mayoría esté a favor de que se tomen medidas para proteger a esos otros que, considera la sociedad, no son capaces de hacerlo por sí mismos: el 63,8% apoya la restricción gubernamental de información falsa online, aunque limite la libertad de prensa.
De la covid a la IA
Este informe es la segunda parte de una primera edición que se realizó en 2022. Aquel estudio mostró que la preocupación por la desinformación científica era amplia y transversal, que la confianza en el personal científico se mantenía como un activo sólido en medio de la desconfianza institucional generalizada y que la alfabetización mediática actuaba como un factor protector relevante frente a la susceptibilidad a los bulos.
Ese año lo más problemático era todo lo relacionado con la pandemia y los bulos sobre las vacunas o los tratamientos de la infección. Hoy, “la inteligencia artificial generativa, con aplicaciones como ChatGPT, Gemini, o los resúmenes automáticos de los buscadores, ha irrumpido como canal de información y como herramienta de producción de contenidos falsos a una velocidad enorme”, describe el informe. “Las redes sociales han multiplicado su peso como fuentes de noticias científicas a la vez que las personas más jóvenes las perciben como el principal vector de los bulos”, añade.
Díaz y Cabrera advierten de que uno de los cambios más importantes en los últimos años es que la desinformación ya no es una disfunción, es parte de la vida cotidiana. “Ha dejado de ocupar una posición marginal para integrarse en la experiencia informativa cotidiana de la sociedad. La exposición frecuente a contenidos falsos en ámbitos como la salud, la alimentación o el cambio climático indica que la desinformación no es una anomalía del sistema, sino una de sus dimensiones constitutivas”, han explicado en un briefing para el Science Media Centre (SMC) de España. Es, de hecho, uno de los principales desafíos para las sociedades contemporáneas, según han valorado los autores.
El análisis de este fenómeno, junto a la complejización de todo el sistema de desinformación —los contenidos falsos se difunden a través de una combinación de canales que incluyen redes sociales, medios tradicionales y redes interpersonales, en conversaciones cara a cara o mediadas a partir de aplicaciones de mensajería— y la “tensión estructural en la relación entre ciencia, instituciones y sociedad” —la gente cree en los científicos, pero no en los políticos— “permiten avanzar hacia una comprensión más integrada del fenómeno. La desinformación científica no puede abordarse únicamente como un problema de contenidos falsos, sino como el resultado de la interacción entre estructuras mediáticas, dinámicas sociales y marcos de confianza”, escriben Díaz y Cabrera.
Nutrición y bienestar a la cabeza
En cuanto a los detalles, nutrición y bienestar es el tema con mayor percepción de bulos recibidos en la última semana (40,0%), seguido de cambio climático (36,2%), tratamientos médicos (31,9%) y vacunas (28,3%). Las plataformas de vídeo y redes sociales son el canal principal de recepción de desinformación (70,7% y 70,5% de los afectados) y la IA ya aparece como canal de bulos para el 29,8%.
Además, más o menos la misma gente se informa a través de las redes que a través de los medios convencionales (un tercio de la población en cada caso), un dato que debería provocar algún pensamiento autocrítico, según ha valorado Laura Teruel Rodríguez, profesora y coordinadora de Periodismo Científico y Medioambiental en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga, para el SMC: “Ese abandono de la consulta a los medios por parte de la audiencia, junto al aumento del consumo accidental, debe hacer reflexionar sobre la renuncia de la sociedad a recurrir a informadores creíbles y profesionales”.
Los científicos y el personal sanitario son el colectivo en el que más se confía como fuente de noticias (un 80% lo hace) seguidos de la prensa, la radio y la televisión, aunque ninguno de los tres se acerca a los niveles de las fuentes expertas. Mientras, la IA se comporta, a ojos de la sociedad, como lo hacían antes las redes: mucha gente la usa, pocos confían en ella. Mientras un 62,4% cree que facilita la distribución de desinformación, un 27% opina que es útil para combatirla.
El informe aborda también una cuestión relativamente nueva como es la manera de acceder a la información. Así, el 35,2% de las personas sostiene que no necesita buscar noticias porque le llegan por redes sociales. Este “comportamiento informativo pasivo”, como lo define el texto, se asocia con mayor exposición a la desinformación. Los autores han explicado en el briefing del SMC que esto se debe a que la persona media tiende a considerar que la información que le llega —frente a la que se busca— es objetiva o responde a sus intereses porque así lo ha decidido un algoritmo, un pensamiento cuanto menos cuestionable, sostienen. Pero ese aire de objetividad le otorga credibilidad y hace que sea más probable que las compartan, ha explicado Cabrera.
Y así se va esparciendo la desinformación, independientemente de que alguien se considere a sí mismo capaz de discernir informaciones verdaderas de falsas. Un 13,3% de las personas encuestadas reconoce haber compartido información falsa en conversaciones presenciales o telefónicas y el 9,5% lo ha hecho a través de redes sociales o aplicaciones de mensajería instantánea como WhatsApp o Telegram, según el informe. Al analizar por género se observa que en la propagación en redes existe una brecha significativa: los hombres reconocen haber compartido información falsa en el 12,0% de los casos, frente al 7,1% de las mujeres. Sin embargo, esta brecha desaparece en el canal conversacional cara a cara o telefónico, donde la diferencia no resulta significativa.