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Entrevista

Michael McPhaden, científico experto en El Niño: “Nunca habíamos visto algo así”

Ariadna Martínez

29 de octubre de 2026 22:30 h

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Es difícil concebir a qué nivel el fenómeno climático de “El Niño” de este año —que se prevé que sea el más intenso jamás registrado— puede perturbar el planeta. No obstante, el hecho de que el director de Don’t Look Up (No Mires Arriba) —la película en la que se acerca un meteorito y los científicos ponen el grito en el cielo, ante la impasibilidad de las élites— haya creado una página web precisamente para tratar de derruir la indiferencia que observa al respecto, puede dar una idea de ello.

Se llama El Niño Warning y ya tiene versión española: Alerta El Niño. No solo él está detrás: le respaldan múltiples científicos y personalidades de la cultura, como Javier Bardem.

El Niño es una de las tres fases de un patrón climático natural llamado El Niño-Oscilación Sur (ENSO), cuyo motor —entre otros— son los vientos alisios. Se le llama “El Niño” porque las primeras personas que lo detectaron eran hispanohablantes (peruanas) y lo bautizaron así debido a que la época del año en la que más lo notaban coincidía con el “nacimiento” de El Niño Jesús.

Michael McPhaden, doctor en Oceanografía Física, es uno de los autores más citados a nivel mundial en lo que respecta a las causas y consecuencias de El Niño. Trabajó durante 40 años para la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), hasta junio de este año, cuando se jubiló. No obstante, permanece en activo en la Universidad de Washington, con la que también ha colaborado desde 1990, ahora con un puesto a tiempo parcial. Suelta una carcajada al ser preguntado por si, por lo que sea, le está costando desconectar. 

¿Cómo explicaría de forma sencilla qué es El Niño?

Es un calentamiento inusual del océano Pacífico tropical que ocurre cada cierto tiempo [de 2 a 7 años] y que está relacionado con un debilitamiento de los vientos alisios. Es decir, el océano y la atmósfera intervienen estrechamente en su formación. Es de gran relevancia porque afecta a los patrones de variabilidad climática en todo el mundo, así como a múltiples aspectos del sistema terrestre, como los ecosistemas.

¿Cómo saben que un “El Niño” se está formando y en qué se fijan para elevarlo a “Superniño”?

Utilizamos varios indicadores o índices para medir su intensidad. Uno de los más importantes se focaliza en una región del Pacífico ecuatorial oriental y central que tiene aproximadamente el tamaño de los Estados Unidos continentales. Los efectos globales derivados están fuertemente relacionados con lo que se fragua en esta área específica.

En cuanto a esta región, el actual fenómeno ha batido récords por las altas temperaturas superficiales del océano durante el verano. Al ajustar el índice y eliminar las tendencias propias del cambio climático, el evento —que resulta monumental si se utiliza el índice original— sigue siendo extraordinario, aunque ya no ocupa una categoría única e inigualable. De hecho, empata en el primer puesto con otros tres episodios como el más intenso registrado hasta la fecha [1982-1983, 1997-1998, 2015-2016]. Pero hay margen para que se siga intensificando: El periodo de máxima actividad suele abarcar noviembre-enero, y nuestros modelos indican que, finalmente, probablemente sí será el más intenso jamás observado.

Una de las variables que dan indicios de que El Niño se está formando es que esa región oceánica esté 0,5ºC más cálida de lo normal. Si la anomalía es de 1,5ºC, es cuando empieza a plantearse que podría tratarse de un El Niño “fuerte” y, si supera los 2º, pasa a considerarse “muy fuerte” o “Superniño”. ¿Es correcto?

Así es. Nosotros lo llamamos “muy fuerte” o “extremo”, aunque la prensa está utilizando el término “súper”, pero está bien. Al final, es la misma idea. 

Lleva estudiando este fenómeno décadas. ¿Qué es lo que más le está sorprendiendo del evento actual?

Existen unas 20 instituciones en todo el mundo que elaboran pronósticos estacionales, y todas ellas apuntaban a finales de 2025 que tendríamos un El Niño en 2026. Sin embargo, ninguna anticipó la intensidad que alcanzaría, y eso resulta sorprendente. También asombra la rapidez con la que se ha ido desarrollando, resultando en uno de los fenómenos de evolución más rápida que hemos visto. Y, si realmente llega a alcanzar la magnitud que indican los modelos de pronóstico para noviembre-enero [se espera que la anomalía sea de casi 4ºC], pues eso también será sorprendente. En definitiva, nunca habíamos visto algo así.

Es inusual que se produzcan tres fenómenos de El Niño tan intensos en un período tan “corto” de tiempo (11 años). Hay estudios que ya están apuntando a que el cambio climático podría estar intensificándolo. ¿Qué pruebas sugieren que sí y con qué grado de certeza? 

Esa es la pregunta del millón. Es un problema complejo porque los fenómenos de El Niño se manifiestan de formas y magnitudes muy variadas, lo que hace difícil detectar una huella clara, aislada, del cambio climático. No obstante, es cierto que en los últimos 50 años hemos observado más episodios intensos que a principios del siglo XX, y con una recurrencia mayor. Todo esto parece algo inusual, pero cabe preguntarse: ¿habría ocurrido esto de forma natural de todos modos? 

Llevamos 150 años midiendo sistemáticamente el océano con instrumentos, un periodo demasiado breve, pero contamos con otras pruebas: los llamados indicadores paleoclimáticos indirectos. Estos datos provienen, por ejemplo, de los corales. Estos registros nos indican que los últimos 50 años han sido inusuales en comparación con los últimos cien, mil, e incluso diez mil años. La tercera fuente de pruebas son los modelos de cambio climático, los cuales nos indican que, si aumentan las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, El Niño sí podría intensificarse. 

¿Y qué otras sugieren que quizás es pronto para afirmarlo?

Que todos estos instrumentos presentan limitaciones. Por ejemplo, la de los indicadores paleoclimáticos radica en que no ofrecen mediciones directas de la temperatura, sino mediciones filtradas a través de un organismo vivo, y esto plantea dudas sobre si existe alguna interferencia biológica o química ajena al clima. 

No obstante, el hecho es que estas tres fuentes de pruebas apuntan todas en la misma dirección. En ese sentido, el evento actual —quizás el más fuerte jamás observado— podría ser la prueba irrefutable, la que nos ayude a conectar los puntos entre todos estos estudios y a decir: ‘Aquí es donde realmente vemos la huella del cambio climático’. 

Es inusual que se produzcan tres fenómenos de El Niño tan intensos en un período tan “corto” de tiempo (11 años). Hay estudios que ya están apuntando a que el cambio climático podría estar intensificándolo. ¿Qué pruebas sugieren que sí y con qué grado de certeza? 

Esa es la pregunta del millón. Es un problema complejo porque los fenómenos de El Niño se manifiestan de formas y magnitudes muy variadas, lo que hace difícil detectar una huella clara, aislada, del cambio climático. No obstante, es cierto que en los últimos 50 años hemos observado más episodios intensos que a principios del siglo XX, y con una recurrencia mayor. Todo esto parece algo inusual, pero cabe preguntarse: ¿habría ocurrido esto de forma natural de todos modos? 

Llevamos 150 años midiendo sistemáticamente el océano con instrumentos, un periodo demasiado breve, pero contamos con otras pruebas: los llamados indicadores paleoclimáticos indirectos. Estos datos provienen, por ejemplo, de los corales. Estos registros nos indican que los últimos 50 años han sido inusuales en comparación con los últimos cien, mil, e incluso diez mil años. La tercera fuente de pruebas son los modelos de cambio climático, los cuales nos indican que, si aumentan las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, El Niño sí podría intensificarse. 

¿Qué supuso El Niño de 1982-1983 para el mundo y para la ciencia y cuánto ha evolucionado la comprensión del fenómeno desde entonces?

Aquel fue un acontecimiento impactante. La razón es que los científicos no lo predijimos porque no disponíamos de modelos de pronóstico para El Niño. Además, ni siquiera lo detectamos hasta que estaba casi en su punto álgido. No contábamos con un sistema de observación capaz de detectar en tiempo real un fenómeno de El Niño de rápido desarrollo, como el actual. Aquello motivó enormemente a la comunidad científica —que ya estaba preparando un programa de investigación al respecto— a volcarse en el tema. Ese programa, que duró 10 años —hasta 1994—, fue un éxito rotundo. Revolucionó la ciencia.

Como dice, la predicción ha mejorado muchísimo, hasta el punto de que los gobiernos han ido recibiendo avisos al respecto varios meses antes de que El Niño comience a entrar en su fase más peligrosa. ¿Cree que están sabiendo aprovechar esta información? 

Sí, la están utilizando. En este momento decenas de naciones en todo el mundo han emitido declaraciones de emergencia o cuentan con planes de preparación ante desastres para este fenómeno. Muchos de estos países se encuentran en zonas del mundo que sufren más los efectos de El Niño —por ejemplo, Perú y otras áreas de Sudamérica, África y Asia—. 

Cada uno de los años en los que se produce un episodio intenso de El Niño viene acompañado de fenómenos meteorológicos realmente extremos en todo el planeta. Esto se debe a la combinación del calor provocado por los gases de efecto invernadero y el calor que El Niño libera desde el océano. Así, observamos regiones que sufren lluvias torrenciales e inundaciones extremas, sequías muy severas e incendios forestales que escapan a todo control —como está ocurriendo actualmente en Indonesia—. Así pues, creo que tanto la población como los gobiernos comprenden su gravedad. 

¿Cree, entonces, que el mundo está lo suficientemente preparado?

Bueno, no conozco los detalles sobre si la preparación está siendo suficiente a nivel global, pero sabiendo que la fuerza de la naturaleza es enorme, lo mejor es que los países sean precavidos. En el caso de los grandes episodios de El Niño, el impacto económico a nivel mundial se cifra en billones de euros. Es decir, estamos hablando de pérdidas económicas enormes, y también de pérdidas humanas y de biodiversidad. Hace cosa de un mes se publicó un estudio que señalaba la posibilidad de que se produzcan cerca de medio millón de muertes debido únicamente al calor extremo resultante. 

¿Por qué El Niño prácticamente no afecta a Europa de forma directa y en qué cosas indirectas o a largo plazo sí puede hacerlo?

La respuesta rápida es que Europa está muy lejos de la región de origen de El Niño, lo que permite que otros factores regionales cobren mayor protagonismo. Uno de ellos es el vórtice polar estratosférico, y El Niño es uno de los diversos elementos que pueden provocar su desestabilización o ruptura. En consecuencia, aunque un invierno bajo la influencia de El Niño pueda ser, en promedio, más suave en Europa, también cabe esperar episodios de frío intenso.

Además, El Niño puede influir en el continente de manera indirecta por su interconexión con los mercados mundiales de materias primas (productos agrícolas, petróleo, gas…) y su posible alteración. Por último, diversos indicios sugieren que el cambio climático intensificará las variaciones asociadas a El Niño hacia finales de siglo. De ser así, se podría esperar que el impacto allí sea más pronunciado. 

Este “Superniño” coincide, además, con un gobierno de EEUU que está amenazando con desmantelar partes críticas de la NOAA, como la Office of Oceanic and Atmospheric Research (OAR), de la que forma parte el que era su grupo de trabajo. ¿Por qué es tan importante que no se desmantelen oficinas como esta?

Realizar investigaciones para comprender fenómenos como El Niño y los efectos del cambio climático es una gran inversión —de costo relativamente bajo— que genera enormes beneficios sociales al salvar vidas y proteger tanto los bienes materiales como los medios de subsistencia.