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OBITUARIO

Soledad Gallego-Díaz, periodismo por encima de todo

5 de mayo de 2026 23:28 h

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Pudo ser la primera directora de El País en 1988, sustituyendo a Juan Luis Cebrián, y dijo no. En ese momento le interesó más seguir manejando la redacción como directora adjunta, le apasionaba. En 2018, 30 años después, no tardó un segundo en aceptar la propuesta para convertirse, esta vez sí, en la primera mujer al mando del diario de Prisa, que atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia.

Soledad Gallego-Díaz, nacida en Madrid, en 1951, hija de un matemático comunista y de una cubana que llegó a España en 1936, poco antes de la Guerra Civil, quiso desde muy joven ser periodista. En su familia no había precedentes, pero sí se vivía, en plena dictadura y con la discreción que requería el caso, un gran ambiente de debate político. Y se leía mucha prensa, la de la época, el ABC, el Ya, Informaciones, Pueblo, pero de manera crítica, aseguraba siempre.

De niña vivió un tiempo en Estados Unidos, donde su padre fue llamado para dar clase. Pronto regresó a seguir sus estudios en Madrid. Al terminar el primer curso en la Escuela de Periodismo (aún los estudios del oficio no tenían rango universitario, algo que a ella nunca le importó demasiado), hizo prácticas en Pyresa, la agencia de los periódicos del Movimiento. Y allí se quedó unos años. “Casi todo lo que sé de periodismo lo aprendí en la agencia”, solía decir.

En Pyresa pasaron cosas que ya iban dibujando la personalidad de Soledad. Hizo huelga (cuando hasta esa palabra estaba prohibida en los medios), fue despedida. Reclamó en los tribunales y ganó. Le hicieron lo que hoy se llama “mobbing”, reclamó y volvió a ganar. Al final tuvo suerte, la revista Cuadernos para el Diálogo, dirigida por Pedro Altares, de mensual pasó a semanal y necesitaban periodistas. Allí, Soledad se hizo cargo de la información política, ya en plena Transición. Junto a Federico Abascal y José Luis Martínez logró una de las grandes exclusivas del momento, desvelar el borrador de la nueva Constitución. Ya colaboraba en El País, periódico en el que empezó a trabajar casi desde el principio.

Sol, Soledad, estaba convencida de que esa nave periodística tenía que ser distinta a todo lo que había. Un diario europeo, abierto al debate político, cuyo objetivo principal era consolidar la democracia, tras la larga y siniestra dictadura.

Cuando pensó que esa tarea estaba hecha, pidió ser corresponsal, donde tocara, y la mandaron a Bruselas. De nuevo disfrutó, en sus palabras, de ser “testigo de la construcción de una nueva Europa”. Tras Bruselas, estuvo en Londres y París. Todo iba muy rápido y en Madrid estaban pasando cosas. El periódico crecía, la empresa editora, también, y necesitaban a Sol. Fue nombrada subdirectora de la edición dominical (allí tuve la fortuna de tenerla de jefa directa), y muy pronto directora adjunta, para sustituir a uno de los pilares de la redacción, Augusto Delkáder, que marchó a la Cadena SER.

Sol, Soledad, era muy trabajadora. También exigente, alguno puede que pensase que demasiado estricta. En esos momentos tenía mucho poder. En la redacción algunos la llamaban “la seño”. Quizá con miedo, o con ironía o con un tufillo de machismo, mejor no entrar en detalles. El caso es que Sol, que si hubiera querido habría sido directora, eligió quedarse en la redacción y compartir el mando de la nave con Joaquín Estefanía, gran periodista y unos de sus mejores amigos. Joaquín fue nombrado director en 1988, asumiendo un reto muy complicado, tomar el relevo de Cebrián.

En esos años El País tenía una enorme influencia, y era un gran negocio. 450.000 ejemplares diarios, el triple los domingos. Pero Sol nunca perdió su norte. Amaba el periodismo, para ella algo muy diferente a la comunicación. “Comunicación no es periodismo”, decía. “Para ser periodista hay que tomarse en serio el oficio”, remachaba. Y tenía otra virtud que quizá se está perdiendo o no valoramos suficiente: era muy austera. Una vez me contó que, a pesar de los cargos y las subidas de sueldo, siempre había vivido gastando lo que ganaba un redactor, no necesitaba más. Eso, para ella, garantizaba su independencia.

A finales de 1993, Jesús Ceberio es nombrado director de El País y Sol inició una nueva etapa como Defensora del Lector, la primera mujer que ostentó el cargo. Y quería dejar su huella, hacer de ese puesto algo más amable, buscando más complicidad con los lectores y tratando de, con respeto e ironía, no importunar demasiado a los compañeros a los que tenía que reprender por alguna torpeza profesional. “Solo estuve un año y medio, pero me lo pasé muy bien”.

Quizá echaba de menos la redacción, el debate, la tensión del cierre y decidió volver. En pocos años saltó de ser responsable de la edición de Andalucía, a Nueva York y de nuevo a la dirección adjunta del periódico en Madrid.

“Los periodistas y los lectores saben que en todas la épocas los periódicos han tenido que sortear adversidades, eso no es una novedad de ahora, siempre ha sido así. Los periódicos, los periodistas viven en medio de poderes establecidos, hablan de ellos, los critican, tratan de preservar su máxima independencia…. Pero lograr la credibilidad depende exclusivamente de nosotros mismos, de los periodistas. Forma parte de nuestro oficio, ser creíbles es nuestra obligación, no podemos delegar en nadie, si no lo conseguimos no es culpa de nadie más que de nosotros mismos. Los lectores saben qué nos pueden pedir y qué no, y lo que nos piden, fundamentalmente, es que no faltemos a la verdad”. Así hablaba a la redacción Sol en la toma de posesión como directora de El País en junio 2018. Había aceptado el cargo en una situación extremadamente delicada.

La empresa, PRISA, llevaba años arrastrando una deuda impagable, lo que había debilitado su independencia y diluido su accionariado. El País, dirigido por Antonio Caño y presidio por Juan Luis Cebrián, atravesaba una dramática crisis de credibilidad. Sus lectores más fieles estaban desconcertados y Sol fue la solución para salvar el barco del naufragio. Aceptó, pero con una condición, solo estaría dos años, no quería llegar a los 70 como directora.

Y fueron dos años vertiginosos. Sol sabía que contaba con el apoyo casi unánime de la redacción (en la consulta no vinculante que se celebró obtuvo el 97,2 % de los votos). Trabajaba todos los días, no había fiestas ni domingos. Y no le tembló el pulso. En apenas tres meses cambió de puesto a más de 80 redactores. Y despidió a unos cuantos responsables de la redacción. Y casi sin aliento se desató la pandemia.

Esa fue su última batalla antes de dejar la dirección del periódico en junio de 2020. Siguió escribiendo, colaborando en la SER y recibiendo premios, los tiene casi todos. El último, el pasado 9 de abril, el I Premio de Ética periodística Aurelio Martín, otorgado por la FAPE.

“El oficio de periodista no es tan complicado, pero sí que exige un compromiso que nunca se debe perder”, dijo al recoger el galardón en su última aparición pública y en la que lanzó el reto de luchar contra la desinformación: “Hoy en día existe un periodismo que está entregado a grupos tecnológicos y mediáticos que disponen de medios increíbles, capaces de intoxicar como nunca”, por eso es imprescindible “trabajar para conocer el origen de la información que se difunde, es lo básico de nuestra profesión”.

Podcast. Maestros del Periodismo: Soledad Gallego Díaz (APM)