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La visita del papa León XIV profundiza en la fractura de Vox y la Iglesia por la inmigración

Santiago Abascal se acostumbró a llamar ‘ciudadano Bergoglio’ al Papa Francisco cuando denunciaba, desde Lampedusa o Lesbos, las políticas antiinmigración que convirtieron el Mediterráneo en el “mayor cementerio de Europa”. Y es que las relaciones de la ultraderecha con el Vaticano durante el pontificado de Francisco estuvieron a punto de romperse en varias ocasiones, dada la bendita costumbre del Papa argentino de denunciar la “cultura del descarte”, recordar que “todos fuimos refugiados” y llamar “genocidio” a la masacre israelí en Gaza.

Una brecha que se agudizó a cuenta del papel protagónico de instituciones de la Iglesia católica en la regularización extraordinaria de migrantes, o las críticas episcopales a la ‘caza al moro’ de Torre Pacheco. El líder de Vox, enardecido, llegó a acusar a los obispos de callar ante la “invasión musulmana” para no perder los privilegios económicos (incluso llegó a sugerir un trato de favor en los casos de pederastia) de los que disfruta la Iglesia.

Los obispos también se mostraron críticos con la “prioridad nacional” impuesta por Vox al PP en aquellas regiones donde los populares no lograron alcanzar mayoría absoluta, y necesitaban a la ultraderecha para formar gobiernos. El portavoz de la CEE, César García Magán, confrontaba la “prioridad del Evangelio” frente. La réplica de Abascal fue contundente: “Nunca se atreve a criticar al gobierno mafioso. Porque el gobierno le proporciona su negocio con la invasión. Y esa es su prioridad: el negocio. Y el desprecio profundo a los españoles que quieren defender su patria”.

 “A muchas personas habría que meterlas en una lancha, pasar cinco días en el Atlántico, día y noche, sin comer, y ver cómo llegan. Entonces, cuando lleguen, ¿qué haremos? Tendremos que recibirlas y cuidarlas, por supuesto”, declaraba el obispo de Canarias, José Mazuelos, un par de meses antes de recibir, esta mañana, al Papa León XIV en el muelle de Arguineguín, tristemente famoso por las crisis de los cayucos de 2020. De inmediato, el líder de Vox contestaba: “Algunas personas que se benefician de la inmigración ilegal deberían abandonar el palacio y bajar a ver las consecuencias que esto tiene para los españoles: para la sanidad, la seguridad, los salarios y los impuestos”.

La elección de Prevost, un candidato que los pseudomedios cercanos a la ultraderecha habían tratado de impedir con un falso dosier en el que se le acusaba de inacción ante un caso de abusos, supuso no obstante un conato de esperanza: León XIV era un Papa más ‘conservador’ en lo moral, amante de la liturgia y garante de una unidad que, en tiempos de Francisco, había estado en discusión, con amenazas de cisma por parte de los grupos más tradicionalistas.

Así, Prevost se ha significado a favor de las misas en latín, no ha acelerado las propuestas renovadoras de Francisco sobre la presencia de laicos o mujeres (aunque ha nombrado una prefecta de Comunicación laica, se trata de la directora de EWTN, la cadena ultracatólica estadounidense) y, pese a sus enfrentamientos con Donald Trump, todo parecía indicar que habría un ‘pacto de no agresión’ con los sectores católicos más conservadores.

De hecho, Abascal rompió su norma no escrita de no acudir a acto alguno en el que estuviera Pedro Sánchez, y acompañó al Papa León tanto en su primer discurso, en el Palacio Real, como en su histórica alocución ante el Congreso de los Diputados. En ambas ocasiones, salió trasquilado. Porque el Papa no sólo no amonestó al presidente del Gobierno (omnipresente, por cierto, en todas las etapas de este viaje), sino que agradeció a España “su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo” e invitó a “huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo”. Además, puso como ejemplo la convivencia entre judíos, musulmanes y cristianos en Córdoba y Toledo, tan denostada por la ultraderecha.

En la Cámara Baja, por su parte, Prevost reclamó “una respuesta” al “drama migratorio” que “vaya más allá de la mera gestión de flujos” de personas y que les ofrezca “vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración”. En su discurso ante los parlamentarios y los senadores, el Papa también hizo hincapié en “la obligación de los Estados de resolver sus controversias por caminos pacíficos”, y se mostró muy crítico con el rearme puesto en marcha por los países de Europa porque “la verdadera seguridad”, dijo, “nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra”.

Si en su primer discurso no se dio por aludido, tras las palabras del Papa en el hemiciclo Abascal no tuvo más remedio que elaborar una interpretación muy particular del discurso de León XIV. En opinión del líder de Vox, la necesidad de acogida al débil y al inmigrante es “perfectamente compatible” con las leyes de los Estados, apuntó, indicando que, de hecho, a él le gustaría la misma política migratoria que, supuestamente, tiene el estado vaticano: “Si uno entra ilegalmente o con violencia, pues tiene multa, tiene cárcel y tiene la prohibición de entrada”. Olvida Abascal que, pese a no formar parte de la UE, la Santa Sede sí comparte espacio Schengen con Italia, su única frontera. Y que Francisco acogió a centenares de refugiados de Afganistán, Irak o Palestina en el Vaticano.

Prevost también habló de la dignidad de “todos” y de la necesidad de acogida tanto en el Estadi Olímpic de Barcelona, como en su encuentro con realidades sociales en el Raval. Todo ello sin que se produjera la que, a priori, era la etapa canaria del viaje, donde se esperaba que Prevost hablar expresamente de la inmigración.

No defraudó el Papa en Arguineguín, frente a cuyo muelle declaró que “no podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte”. Para León XIV, los migrantes “no son números ni expedientes. Son personas con una familia y una casa dejada atrás”, antes de depositar un ramo de flores frente al mismo mar que, desde hace años, devuelve cadáveres de personas que buscan un futuro mejor lejos de sus costas. “Nos inclinamos ante el altar (...), no podemos luego pasar de largo ante los cayucos y las pateras”, dijo el Papa, que reformuló las palabras del Papa Francisco para subrayar que “Europa no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”. ¿Habrá respuesta, o silencio, del líder de la ultraderecha católica al ‘ciudadano Prevost’?

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