Hace 7.300 años, Japón sufrió una erupción apocalíptica y sus habitantes lograron sobrevivir a una amenaza devastadora
La silueta del monte Fuji forma parte de la identidad cultural de Japón, aunque detrás de esa imagen tan reconocible se encuentra también un volcán. Su presencia recuerda que buena parte de la historia del archipiélago está vinculada a una actividad geológica capaz de transformar territorios enteros.
Y el Fuji, con toda su fama, está lejos de ser el único protagonista de esa historia. Otro volcán, situado frente al sur del país, desencadenó una catástrofe que alteró profundamente la vida de sus habitantes prehistóricos.
Un volcán submarino transformó la vida del Japón prehistórico
Una investigación internacional dirigida por la Universidad de Lund, en Suecia, ha descubierto que la erupción Kikai-Akahoya, ocurrida hace aproximadamente 7.300 años, provocó respuestas demográficas muy diferentes entre las comunidades japonesas.
El estudio, publicado en la revista científica Science Advances, revela que algunas poblaciones disminuyeron considerablemente, mientras otras siguieron creciendo pese a la destrucción ambiental. Los resultados cuestionan las explicaciones que atribuían a la catástrofe consecuencias similares para todas las sociedades afectadas.
La explosión se produjo en una caldera submarina situada aproximadamente a 30 kilómetros al sur de Kyushu, cuando Japón estaba habitado por comunidades Jomon dedicadas a la caza y la recolección. Alcanzó el nivel 7 del índice de explosividad volcánica y expulsó entre 332 y 457 kilómetros cúbicos de materiales.
Peter Jordan, profesor de arqueología de la Universidad de Lund, describe su violencia: “Esta erupción debió de ser devastadora, al estallar desde el fondo marino prácticamente sin previo aviso”. El episodio desencadenó terremotos, enormes tsunamis y depósitos de ceniza de varios metros de espesor.
Los desplazamientos favorecieron la recuperación de algunas poblaciones
Las consecuencias humanas de aquella explosión habían enfrentado durante décadas a los arqueólogos, divididos entre dos interpretaciones de la supervivencia prehistórica. Una defendía que las comunidades próximas al volcán habían desaparecido casi por completo. La otra planteaba que determinados grupos consiguieron permanecer incluso en territorios cercanos a la erupción. Sin embargo, las diferencias regionales identificadas por los investigadores impiden explicar toda la evolución demográfica mediante cualquiera de esas dos hipótesis.
El sur de Kyushu presentaba una situación de debilitamiento demográfico anterior a la catástrofe, circunstancia que modifica la interpretación de sus efectos posteriores. Cuando se produjo la explosión, quedaban relativamente pocos habitantes y buena parte del territorio recibía principalmente visitas de pequeños grupos de cazadores-recolectores con gran movilidad. Por lo tanto, la erupción agravó las dificultades de una región cuya población ya estaba disminuyendo.
La zona septentrional de Kyushu experimentó una evolución distinta, puesto que sus habitantes continuaron aumentando incluso después de sufrir graves alteraciones ambientales. Los investigadores consideran posible que la llegada de supervivientes procedentes del sur contribuyera a ese crecimiento. También identificaron desplazamientos desde el interior hacia la costa norte, donde los ecosistemas marinos se recuperaron con mayor rapidez y proporcionaron nuevas oportunidades alimentarias.
Los cambios demográficos alcanzaron igualmente regiones japonesas alejadas del centro de la explosión, pese a que allí sus poblaciones habían crecido anteriormente. Tras la catástrofe, esa expansión se detuvo en algunos territorios y llegó a invertirse en otros, incluidos sectores de la costa del Pacífico. Esta distribución amplía considerablemente el alcance territorial de las consecuencias identificadas por el estudio.
Las dificultades alimentarias impulsaron nuevas formas de supervivencia
Entre las posibles explicaciones de esos descensos figuran alteraciones climáticas temporales y problemas relacionados con la disponibilidad de alimentos. Los científicos también plantean que la ceniza pudo provocar un desgaste dental intenso en ciervos y jabalíes, animales utilizados como alimento por las comunidades Jomon. Sin embargo, las pruebas disponibles todavía impiden determinar qué mecanismos ambientales tuvieron mayor responsabilidad.
La supervivencia también exigió cambios en la organización de las comunidades afectadas, que buscaron alternativas para desenvolverse en territorios profundamente transformados. Enrico Crema, profesor de la Universidad de Cambridge y autor principal de la investigación, señala que los supervivientes emigraron, establecieron nuevas relaciones sociales y desarrollaron actividades económicas diferentes. Estas respuestas permitieron que determinados grupos recuperaran capacidad de crecimiento en condiciones posteriores a la catástrofe.