Este castillo, a medio camino de la Alhambra y la Mezquita, estaba comunicado con un sistema de túneles y pasajes secretos

La Fortaleza de la Mota, a 1.033 metros sobre el nivel del mar, está situada concretamente en Alcalá la Real, provincia de Jaén, y su posición geográfica no fue producto del azar, sino de una necesidad estratégica vital. Este enclave servía como el punto medio ideal entre dos de los mayores tesoros del mundo islámico: la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba. Durante siglos, esta ciudad amurallada fue reconocida como la “llave, guarda y defendimiento” de los Reinos de Castilla. Su silueta domina un mar de olivos, atrayendo a curiosos viajeros que buscan comprender el pasado fronterizo de la península. 

Desde sus torres, los gobernadores controlaban el paso entre las provincias andaluzas, vigilando rutas comerciales y militares cruciales. Hoy en día, su perfil sigue ejerciendo un poder de atracción irresistible para cualquier visitante. Es un monumento donde lo militar se funde con lo cotidiano en un abrazo histórico inigualable. La historia de este recinto es una crónica de la frontera entre dos mundos, el cristiano y el musulmán, durante la Edad Media. Conocida en las fuentes árabes como Qal´at Yahsub o Qal´at Sa´id, la fortaleza vivió periodos de inmenso prestigio cultural y político. Bajo el dominio de los ziríes de Granada y posteriormente de los nazaríes, el complejo se transformó en una estructura inexpugnable. 

Fue el rey Alfonso XI quien, tras un asedio de ocho meses en 1341, logró conquistarla definitivamente para la corona castellana. A partir de ese momento, Alcalá la Real se consolidó como la última frontera de Al-Andalus durante 150 años. El trazado urbano actual todavía conserva las huellas de esta convivencia accidentada, mostrando restos de calles y casas de varios siglos. La mezcla de estilos arquitectónicos en sus muros refleja el paso de diferentes dinastías y poderes dominantes. 

Uno de los secretos más fascinantes que guarda el cerro de la Mota es su intrincada red de pasajes subterráneos. Este sistema, denominado la Ciudad Oculta, permitía la comunicación secreta y el abastecimiento en tiempos de guerra. Entre estas galerías destaca el camino hacia la mina de agua musulmana conocida como el Pozo de la Conquista. Los cristianos utilizaron contraminas estratégicas para alcanzar los suministros de agua y debilitar la resistencia de los defensores. A través de más de 120 metros de recorrido subterráneo, era posible conectar el arrabal con la zona alta. Estos túneles, excavados en la roca blanda del cerro, servían como rascainfiernos para acceder a puntos vitales. Actualmente, recorrer estas galerías permite al visitante experimentar la claustrofobia y el ingenio de los asedios medievales. 

La defensa de la ciudad se articulaba mediante un perímetro amurallado extenso, uno de los más grandes de Andalucía. Contaba con tres líneas sucesivas de murallas y hasta siete puertas de acceso para controlar el tráfico. Entre ellas, la Puerta de la Imagen destaca por ser la más soberbia, con sus arcos de herradura y medio punto. Otras entradas, como la Puerta de las Lanzas o la del Peso de la Harina, cumplían funciones militares y comerciales. En la parte más elevada se sitúa la Alcazaba, el último bastión defensivo de la ciudadela amurallada. Este recinto militar cuenta con la imponente Torre del Homenaje, que alcanza los 20 metros de altura. El diseño de entrada en doble recodo de esta torre dificultaba cualquier intento de asalto directo. Desde su terraza se divisan las atalayas que servían para enviar señales de humo en caso de peligro.

Más allá de su función militar, el interior de la fortaleza albergaba una ciudad vibrante con una trama urbana compleja. Los arqueólogos han sacado a la luz viviendas, talleres, bodegas y plazas que muestran la vida cotidiana. Existía una zona comercial donde se ubicaban las carnicerías y se controlaba el peso de productos básicos. La producción de vino era fundamental, como lo demuestran los numerosos lagares y tinajas encontrados en las casas. Las familias nobles construyeron palacios con amplios patios durante el periodo en que la ciudad fue próspera. Incluso se conserva un nevero subterráneo, una enorme cavidad para almacenar nieve con fines medicinales, ya que permitía conservar alimentos y bajar la fiebre de los enfermos en épocas de calor. 

El centro espiritual y administrativo de la ciudad sufrió transformaciones radicales según quién ostentara el mando. La iglesia Mayor Abacial es el edificio más imponente, construida sobre los cimientos de la antigua mezquita aljama. Este templo renacentista combina fases góticas, manieristas y platerescas en una arquitectura de gran solidez. Cerca de ella se encontraba el Palacio de los Banu Said y, más tarde, el Palacio Abacial barroco. El cementerio de la ciudad también ocupó espacios dentro de la iglesia y la alcazaba en siglos posteriores. 

Aljibes, nevero y atalayas

La supervivencia en este “puerto seco” dependía de un control exhaustivo de los recursos naturales y el agua. Numerosos aljibes, tanto excavados en la roca como construidos de obra, garantizaban el abastecimiento durante asedios. Algunos de estos depósitos terminaron convirtiéndose en osarios o vertederos tras perder su función original. La gestión de la nieve en el nevero permitía incluso el enfriamiento de bebidas para las clases privilegiadas. El sistema de vigilancia se completaba con un cinturón de atalayas estratégicamente situadas en los cerros circundantes. Estas torres se comunicaban mediante señales de humo y banderas, logrando una alerta casi instantánea. 

Tras la conquista de Granada en 1492, la fortaleza fue perdiendo su valor estratégico y su población descendió. En el siglo XIX, la invasión napoleónica dejó cicatrices profundas, con la destrucción de murallas e incendios. Sin embargo, los recientes trabajos de conservación y restauración han devuelto el esplendor a este conjunto monumental. La Fortaleza de la Mota no es solo un castillo, sino una ventana abierta al pasado de Andalucía. Su reconocimiento como Bien de Interés Cultural asegura que su legado perdurará para futuras generaciones de viajeros.