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Alberto Penadés

Sociólogo/politólogo. Enseño en la Universidad de Salamanca y he trabajado en el CIS. Profesionalmente me interesa la opinión pública, la política comparada y la teoría política. Blogueo sobre política y encuestas; a veces sobre historia y crítica de libros.

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¿Quién tiene ministerio de cultura?

Si su país es federal y se encuentra entre las primeras democracias avanzadas (voy a llamar así a los países que ya eran democracias cuando España hizo la transición) notará que no tiene ni ministra ni ministro de cultura y no lo ha tenido nunca. Es una prueba de tornasol inapelable para el federalismo entre las democracias más maduras, siete de un total de 24 países. Sí y solo sí es federal, no es cultural;  no basta el truco de descentralizar. Eso es lo que revela una lectura paciente de la Wikipedia. En todos los demás casos hay un ministerio de alto nivel con el nombre de "Cultura" en la puerta. Que además, menos en griego, japonés y hebreo, que no usan el abecedario, se dice siempre igual: o cultura o kultur, o cosa muy parecida, hasta en finés. Alcanzo a distinguir que los griegos usan el equivalente a "civilización" (la palabra tiene la raíz "polis"), pero lo pasamos por cultura. 

Los federales son estos:

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A la luz del farol

¿Quiénes creen, o han creído durante estos años, en la posibilidad real e inminente de la independencia de Catalunya? Se acaban de publicar los últimos datos del Sondeig d'Opinió Catalunya (n=1200) del  Institut de Ciències Politiques i Socials (ICPS), que desde 2015 realiza una pregunta interesante sobre cómo quieren los catalanes que termine el procés y, lo que ahora nos interesa más, cómo creen que terminará. El número de personas que, año tras año, sostienen que acabará con la independencia es siempre el mismo: en torno al 16% de la población de Catalunya. Estos son, aproximadamente, la mitad de los que lo desearían que el proceso culminara de ese modo. Casi todos ellos son partidarios de la independencia, pero no todos: más o menos uno de cada diez de los convencidos del futuro del procés, en su fuero interno, querrían otra cosa. 

Hace unos días, la ex-consejera Clara Ponsatí ha dicho: " estábamos jugando al póquer e íbamos de farol". Se ha leído como autocrítica, pero interesa la paradoja.  Si solo la mitad de los convencidos lo creen, es difícil que lo crean "el gobierno", "los españoles" o como llamemos a los presuntos destinatarios del farol (una forma específica de engaño). Cabe entonces pensar que los receptores pueden ser los catalanes no "procesistas", y aunque no haya sido muy eficaz, pues  solo una pequeña minoría ajena a los fines ostensibles del procés piensa que su resultado es inevitable, tampoco debe desdeñarse: en torno al 1,7% de los ciudadanos de Catalunya lo ven venir y no lo desean. En una entorno en el que algunos hacen gala de la convicción de que basta con alcanzar la mitad más uno -y se deja ver que ya se toca con los dedos- cada victoria cuenta. Sin embargo, esto pide, de nuevo, el principio, ya que casi todos sabemos que es imposible hacer una secesión sin consenso en tiempos de paz y democracia (y UE). Cabe, por último, pensar en una especie de refuerzo parecido al autoengaño (que no excluye lo anterior), aunque la idea de engañarse a uno mismo es enigmática. Tanto como hacerse trampas al solitario, ya que ha salido la baraja.

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Cinco lecciones de la moción de censura de Pedro Sánchez

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Himnos y letras

Un himno sin letra es una bendición. No hay más que leer las letras de la mayoría de ellos. Si alguien piensa que el Himno de Riego, que ha sido el único rival serio de la Marcha Real, supone alguna mejora, es que no lo ha leído.  Por lo demás, cantos patrióticos, batallas, armas, sangre, honor, Dios, la Virgen María, el chauvinismo menos disimulado, el paisajismo del paraíso... ese es el material del que se hacen.

Además, es demasiado tarde para este género. Las letras de (casi) todos los himnos "nacionales" de nuestro entorno son del siglo antepasado (o aun más viejas). La única excepción es Austria, que estrenó himno y letra en 1946, y que tiene también la única letra, hasta donde sé, compuesta por una mujer,  Paula von Preradović. Una vindicación del paisaje del tipo de Sonrisas y lágrimas, dicho sea con todo el cariño, que ojalá fueran todos los himnos como esas grandes canciones de Broadway (Rodgers y Hammerstein 1959). De hecho, eso debió de pensar alguien del equipo de Ronald Reagan quien, en 1984, en un momento de inspirada diplomacia,  hizo sonar Edelweiss -un tema de aquel musical- tomándolo por el himno, en una recepción al presidente de Austria. Hay que reconocer que,  en la película, lo parece.

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Los votos y las sombras: sobre el voto electrónico

Hace unos días tuve el pequeño honor de comparecer en la subcomisión del Congreso que estudia la reforma electoral y sobre cuya actividad seguramente tengamos ocasión de ofrecer comentarios en este blog en lo sucesivo.  El tema de la sesión era el voto electrónico y, como se pedía mi opinión, allí la di y aquí la comparto en estilo libre.

Confianza no equivale a seguridad (si la hubiere)

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La varita mágica de la fórmula electoral

Podemos acaba de proponer una pequeña, pero nada trivial, reforma del sistema electoral para el Congreso de los Diputados. No se propone reformar las circunscripciones, lo que tendría que  superar la objeción constitucional –aunque alguna solución imaginativa podría sortearla – y tampoco se propone dar a cada una un número de escaños que se acerque más a la igualdad de voto. Todo esto sería arduo de lograr, dificultades jurídicas aparte. Lo que se propone es suplir una fórmula que, bien mirado, podría considerarse adaptada al tamaño de circunscripción medio en España, la fórmula d’Hondt, por otra que, en este momento, produciría un importante trasvase de escaños desde el PP hacia otros partidos, la fórmula llamada de Webster (en América) o de Sainte-Laguë (en Europa).

La gracia de esta reforma es que solo perjudica de veras al Partido Popular, deja al PSOE un poco como estaba, aunque algo peor, y haría muy difícil la gobernabilidad en las condiciones actuales, pues cuesta imaginar cómo se podrían aprobar los presupuestos si tuviéramos un Congreso elegido con los votos de 2016 y la fórmula en discusión, ya que necesitarían el apoyo del PSOE, de Unidos Podemos o de algún partido independentista.

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La polarización era esto

Cuando se mira solo la evolución del voto independentista parece que el proceso soberanista catalán está llamado a tener más consecuencias en las cenas de Navidad que en las elecciones. Sin embargo, la polarización social que tantos dicen percibir sí deja un rastro claro en la evolución del voto no independentista. 

A medida que el eje nacionalista ha ido supliendo al eje izquierda-derecha como base de la competición electoral, los partidos más anti-nacionalistas catalanes (que son, además, los partidos más a la derecha con respecto a la media de Cataluña) han ido creciendo, impulsados por Ciudadanos, a expensas, en distinta medida, de casi todos los demás. La principal conclusión cualitativa es que hoy, por fin, es imposible un gobierno de izquierdas, ni aunque se intentara recomponer ese eje. Y ese es el resultado más llamativo de las elecciones catalanas, me parece a mí. 

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El eje territorial, la ideología y el cambio

Al hacerse eminente la cuestión territorial, el poco o mucho impulso de cambio político y reformas institucionales que pudiera haber hace un par de años parece amortiguarse. Lo acuciante del problema mismo podría abrir una nueva oportunidad de cambio constitucional, pero la falta de templanza a la hora de competir sobre ese eje parece bloquearlo.

Con todo, algunos sostienen que es la izquierda, o cierta izquierda, quien quiere utilizar la cuestión territorial para romper un supuesto consenso constitucional.  (Es el  argumento que defiende, por ejemplo,  Jorge San Miguel desde Ciudadanos, a quien escojo por respeto). Veamos algunos datos de opinión pública que iluminan este asunto.

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El absurdo cambia de bando

En este blog se cree mucho en la rotación, de modo que nuestra jefa de turno, Amparo González, me dijo hace unos días que, también por turno, me tocaba a mí escribir hoy. Disculpen que acuda al metarrelato, no es que me guste, pero es que me he quedado sin artículo. Pensaba titularlo algo parecido a "cosas que seguirán siendo ciertas", y hacer una enumeración de hechos con los que contar para una futura negociación política sobre la cuestión catalana.  Mis opiniones básicas apenas han cambiado hoy, pero avanza el día y ya no estoy seguro de los hechos, de modo que me toca apresurarme a opinar, por lo que pueda valer.

El referéndum podría y debería haber pasado como otra consulta informal, como el 9N, y aún más irregular. En lugar de eso, como sabemos, se ha tratado como si fuera un desorden y se ha provocado uno muy grave. Yo no sé si será cierto que el mundo está indignado, pero seguro que estarán perplejos ante la suma torpeza de las autoridades.  A quienes siguen hablando de quién empezó todo, o de los escritos de los jueces, debemos recordarles que el tiempo de enfrentarse al referéndum con puros silogismos lo han dejado pasar, por desgracia, y que una vez que se quiebra la paz y se ha perdido la cara, resulta inútil, tras el desastre en términos de consecuencias, intentar vindicar la actuación policial en términos legales.  Yo con los silogismos me manejo más o menos bien, pero no sería capaz de gobernar. Y los que ocupan el poder da la impresión de que tampoco.

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Elogio de la sociología mundana

En La imaginación sociológica (1959), C. Wright Mills puso en circulación el término "Gran Teoría" para referirse al estilo de sociología en el que predomina la organización formal de los conceptos y sus interpretaciones sobre la comprensión o explicación del mundo. Una de las cualidades por las que puede conocerse, y son muchas, es que no resiste el resumen; su hinchazón verbal y conceptual deja un residuo seco de poco valor cuando se evaporan los alcoholes de las cábalas y figuraciones que desfilan por los textos. Las maravillosas "traducciones" que hacía el propio Mills, como demostración, resumiendo algunas densas páginas de Talcott Parsons, el gran teórico del momento, dejaban patente que su contenido era algunas veces informativo, unas pocas veces absurdo y, muchas más, trivial.

Lo que atrae, me parece a mí, de la sociología teórica, hasta la más grandilocuente y verbosa, no es el postestructuralismo, el postmodernismo, la teoría crítica o lo que quiera que diferencie una cosa de otra, sino su contenido oracular. La sociología autodenominada teórica, tanto la buena como la mala, suele presentar guías para atar cabos, agrupar intuiciones sobre cosas que suceden y nos suceden, y a veces da con el bosquejo de algún proceso que no tenemos ciencia suficiente para entender cabalmente. Como hizo Weber con la sociedad burocrática, por poner un ejemplo clásico. Otros son, y perdonen si aviento un prejuicio, mucho menos iluminadores, como la idea de "modernidad líquida" de Zygmunt Bauman, que en mi poco ponderada opinión es como si fuera una broma.

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