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Alberto Penadés

Sociólogo/politólogo. Enseño en la Universidad de Salamanca y he trabajado en el CIS. Profesionalmente me interesa la opinión pública, la política comparada y la teoría política. Blogueo sobre política y encuestas; a veces sobre historia y crítica de libros.

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Los dictadores muertos

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El arrastre de Pedro Sánchez y la cocina del CIS

El arrastre

El efecto de arrastre de una victoria política o electoral, las caras nuevas, las medidas anunciadas... todo ello tiene un valor en la opinión pública y en el presunto favor de los votantes. El efecto puede ser pasajero, algunos lo llaman incluso luna de miel, y no siempre se manifiesta igual (a veces no se da, todo hay que decirlo). Los especialistas discuten las causas -los perdedores se silencian, la gente cambia de opinión, los poco alineados se movilizan "verbalmente" para sumarse al carro ganador... Otros se rasgan las vestiduras cuando el viento hincha las velas de un ganador que nos es antipático -manipulación, inutilidad de las encuestas, análisis oportunista, estupidez del público... A primera vista, debería llamar la atención hasta de los más partidistas que el fenómeno principal que describe la encuesta es el hundimiento del PP. Lo razonable es atribuirlo al deterioro político de la corrupción, que la sentencia del caso Gürtel y la moción de censura llevaron a la altura de lo insoslayable para la mirada pública. El 17% de los ciudadanos en esta encuesta recuerdan haber votado al PP -lo hizo el 23% del censo- y solo la mitad de ellos piensan -pensaban a comienzos de junio- en volver a votar a ese partido. (*)

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¿Quién tiene ministerio de cultura?

Si su país es federal y se encuentra entre las primeras democracias avanzadas (voy a llamar así a los países que ya eran democracias cuando España hizo la transición) notará que no tiene ni ministra ni ministro de cultura y no lo ha tenido nunca. Es una prueba de tornasol inapelable para el federalismo entre las democracias más maduras, siete de un total de 24 países. Sí y solo sí es federal, no es cultural;  no basta el truco de descentralizar. Eso es lo que revela una lectura paciente de la Wikipedia. En todos los demás casos hay un ministerio de alto nivel con el nombre de "Cultura" en la puerta. Que además, menos en griego, japonés y hebreo, que no usan el abecedario, se dice siempre igual: o cultura o kultur, o cosa muy parecida, hasta en finés. Alcanzo a distinguir que los griegos usan el equivalente a "civilización" (la palabra tiene la raíz "polis"), pero lo pasamos por cultura. 

Los federales son estos:

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A la luz del farol

¿Quiénes creen, o han creído durante estos años, en la posibilidad real e inminente de la independencia de Catalunya? Se acaban de publicar los últimos datos del Sondeig d'Opinió Catalunya (n=1200) del  Institut de Ciències Politiques i Socials (ICPS), que desde 2015 realiza una pregunta interesante sobre cómo quieren los catalanes que termine el procés y, lo que ahora nos interesa más, cómo creen que terminará. El número de personas que, año tras año, sostienen que acabará con la independencia es siempre el mismo: en torno al 16% de la población de Catalunya. Estos son, aproximadamente, la mitad de los que lo desearían que el proceso culminara de ese modo. Casi todos ellos son partidarios de la independencia, pero no todos: más o menos uno de cada diez de los convencidos del futuro del procés, en su fuero interno, querrían otra cosa. 

Hace unos días, la ex-consejera Clara Ponsatí ha dicho: " estábamos jugando al póquer e íbamos de farol". Se ha leído como autocrítica, pero interesa la paradoja.  Si solo la mitad de los convencidos lo creen, es difícil que lo crean "el gobierno", "los españoles" o como llamemos a los presuntos destinatarios del farol (una forma específica de engaño). Cabe entonces pensar que los receptores pueden ser los catalanes no "procesistas", y aunque no haya sido muy eficaz, pues  solo una pequeña minoría ajena a los fines ostensibles del procés piensa que su resultado es inevitable, tampoco debe desdeñarse: en torno al 1,7% de los ciudadanos de Catalunya lo ven venir y no lo desean. En una entorno en el que algunos hacen gala de la convicción de que basta con alcanzar la mitad más uno -y se deja ver que ya se toca con los dedos- cada victoria cuenta. Sin embargo, esto pide, de nuevo, el principio, ya que casi todos sabemos que es imposible hacer una secesión sin consenso en tiempos de paz y democracia (y UE). Cabe, por último, pensar en una especie de refuerzo parecido al autoengaño (que no excluye lo anterior), aunque la idea de engañarse a uno mismo es enigmática. Tanto como hacerse trampas al solitario, ya que ha salido la baraja.

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Cinco lecciones de la moción de censura de Pedro Sánchez

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Himnos y letras

Un himno sin letra es una bendición. No hay más que leer las letras de la mayoría de ellos. Si alguien piensa que el Himno de Riego, que ha sido el único rival serio de la Marcha Real, supone alguna mejora, es que no lo ha leído.  Por lo demás, cantos patrióticos, batallas, armas, sangre, honor, Dios, la Virgen María, el chauvinismo menos disimulado, el paisajismo del paraíso... ese es el material del que se hacen.

Además, es demasiado tarde para este género. Las letras de (casi) todos los himnos "nacionales" de nuestro entorno son del siglo antepasado (o aun más viejas). La única excepción es Austria, que estrenó himno y letra en 1946, y que tiene también la única letra, hasta donde sé, compuesta por una mujer,  Paula von Preradović. Una vindicación del paisaje del tipo de Sonrisas y lágrimas, dicho sea con todo el cariño, que ojalá fueran todos los himnos como esas grandes canciones de Broadway (Rodgers y Hammerstein 1959). De hecho, eso debió de pensar alguien del equipo de Ronald Reagan quien, en 1984, en un momento de inspirada diplomacia,  hizo sonar Edelweiss -un tema de aquel musical- tomándolo por el himno, en una recepción al presidente de Austria. Hay que reconocer que,  en la película, lo parece.

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Los votos y las sombras: sobre el voto electrónico

Hace unos días tuve el pequeño honor de comparecer en la subcomisión del Congreso que estudia la reforma electoral y sobre cuya actividad seguramente tengamos ocasión de ofrecer comentarios en este blog en lo sucesivo.  El tema de la sesión era el voto electrónico y, como se pedía mi opinión, allí la di y aquí la comparto en estilo libre.

Confianza no equivale a seguridad (si la hubiere)

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La varita mágica de la fórmula electoral

Podemos acaba de proponer una pequeña, pero nada trivial, reforma del sistema electoral para el Congreso de los Diputados. No se propone reformar las circunscripciones, lo que tendría que  superar la objeción constitucional –aunque alguna solución imaginativa podría sortearla – y tampoco se propone dar a cada una un número de escaños que se acerque más a la igualdad de voto. Todo esto sería arduo de lograr, dificultades jurídicas aparte. Lo que se propone es suplir una fórmula que, bien mirado, podría considerarse adaptada al tamaño de circunscripción medio en España, la fórmula d’Hondt, por otra que, en este momento, produciría un importante trasvase de escaños desde el PP hacia otros partidos, la fórmula llamada de Webster (en América) o de Sainte-Laguë (en Europa).

La gracia de esta reforma es que solo perjudica de veras al Partido Popular, deja al PSOE un poco como estaba, aunque algo peor, y haría muy difícil la gobernabilidad en las condiciones actuales, pues cuesta imaginar cómo se podrían aprobar los presupuestos si tuviéramos un Congreso elegido con los votos de 2016 y la fórmula en discusión, ya que necesitarían el apoyo del PSOE, de Unidos Podemos o de algún partido independentista.

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La polarización era esto

Cuando se mira solo la evolución del voto independentista parece que el proceso soberanista catalán está llamado a tener más consecuencias en las cenas de Navidad que en las elecciones. Sin embargo, la polarización social que tantos dicen percibir sí deja un rastro claro en la evolución del voto no independentista. 

A medida que el eje nacionalista ha ido supliendo al eje izquierda-derecha como base de la competición electoral, los partidos más anti-nacionalistas catalanes (que son, además, los partidos más a la derecha con respecto a la media de Cataluña) han ido creciendo, impulsados por Ciudadanos, a expensas, en distinta medida, de casi todos los demás. La principal conclusión cualitativa es que hoy, por fin, es imposible un gobierno de izquierdas, ni aunque se intentara recomponer ese eje. Y ese es el resultado más llamativo de las elecciones catalanas, me parece a mí. 

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El eje territorial, la ideología y el cambio

Al hacerse eminente la cuestión territorial, el poco o mucho impulso de cambio político y reformas institucionales que pudiera haber hace un par de años parece amortiguarse. Lo acuciante del problema mismo podría abrir una nueva oportunidad de cambio constitucional, pero la falta de templanza a la hora de competir sobre ese eje parece bloquearlo.

Con todo, algunos sostienen que es la izquierda, o cierta izquierda, quien quiere utilizar la cuestión territorial para romper un supuesto consenso constitucional.  (Es el  argumento que defiende, por ejemplo,  Jorge San Miguel desde Ciudadanos, a quien escojo por respeto). Veamos algunos datos de opinión pública que iluminan este asunto.

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