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Alberto Penadés

Sociólogo/politólogo. Enseño en la Universidad de Salamanca y he trabajado en el CIS. Profesionalmente me interesa la opinión pública, la política comparada y la teoría política. Blogueo sobre política y encuestas; a veces sobre historia y crítica de libros.

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El reparto de carteras y la ley de Gamson

Según se cuenta en los medios, Podemos ha pedido una entrada en el gobierno con un número de carteras proporcional a sus votos, aproximadamente 1 por cada 2 de los socialistas. La vicepresidenta en funciones ha respondido que el reparto proporcional de carteras no es la "fórmula de la democracia"; y ha hecho notar que los dos partidos no suman mayoría absoluta para pensar en tales repartos.

No quisiera yo recomendar lo que deben hacer, pero es interesante saber que cierto reparto proporcional sí es la fórmula habitual de distribución de los ministerios, aunque no proporcional a los votos, sino a los escaños. Lo regular, en este caso, sería más bien un ministro de Podemos por cada cuatro socialistas, no uno por cada dos. Al menos si formaran mayoría. Tiene razón la vicepresidenta en hacer notar que una coalición que todavía tiene que sumar otros apoyos no puede repartirse cargos como si no los necesitara. 

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La redistribución de la izquierda en la Comunidad de Madrid

La comunidad de Madrid se encamina a un sistema de seis partidos. Para ser una Comunidad Autónoma donde no hay particularidades nacionales, ni culturales, ni lingüísticas no está mal. (Aunque la cuestión identitaria tiene su papel, y no por el madrileñismo, sino porque en Madrid el nacionalismo desmoñado, en este caso el centralista, también divide).  La oportunidad la brinda el sistema electoral con distrito único (129 escaños), atemperado por un umbral de entrada del 5%, pasado el cual los partidos obtienen representación más o menos proporcional a sus votos.

Como caber, los partidos caben. En el supuesto extraterrestre de que todos tuvieran idéntico número de votos cabrían hasta 20; en condiciones realistas deben de caber como diez (son viables los partidos que tengan una expectativa racional de superar el 5% -teniendo en cuenta un margen de incertidumbre- y cuando esto pueda ser creído por los votantes, que también descuentan el margen de error).  Lo que pasa es que diferenciar diez partidos solo con el eje izquierda-derecha tiene su miga. Quiero decir, de toda la vida, en la extrema izquierda encuentran trivial el juego de buscar las diferencias, y en pocos centímetros de la escala algunos pueden detectar divergencias que parecen ser casi de vida o muerte. Pero luego entre la gente (incluso entre “la gente”) todo eso no se entiende.  Cosas del sistema.

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28A: ganadores, medias victorias y batacazos

Los nacionalpopulistas han invadido Europa. Incapaces de recoger el voto de los descontentos con la automatización y la globalización, la izquierda tradicional se ha derrumbado en todo el continente. Pero, en las esquinas, tanto en la península escandinava como, sobre todo, en la península ibérica, así como en la ínsula británica, los viejos partidos socialdemócratas, resisten el avance de los populistas de extrema derecha, como versiones modernas de Astérix y Obélix. En los últimos meses, el SAP en Suecia y SDP en Finlandia se han consolidado en el poder; y, en los próximos meses, se pueden consolidar el PS en Portugal y el PSOE en España. Y, cuando haya elecciones en el Reino Unido, los laboristas podrían volver a Downing Street. ¿Por qué? ¿Cuál es la poción mágica de esta neo-socialdemocracia?

La crisis económica y las políticas de austeridad pueden explicar la victoria de los socialistas portugueses y españoles. Pero no es suficiente. Otros países del sur de Europa, como Italia o Grecia, han padecido una crisis tan o más notable y, sin embargo, sus partidos socialdemócratas fueron barridos hace tiempo. Mientras, ni en el Reino Unido ni en los países nórdicos han experimentado un severo apretón del cinturón, y, sin embargo, también parecen resistir, aunque desgastados, los socialdemócratas.

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El sistema electoral ya no es el que era

En tiempos de bipartidismo (imperfecto) el sistema electoral parecía encauzar el comportamiento de los votantes (y de los líderes de los partidos y de los potenciales startups electorales) de una manera bastante efectiva. Aparte del nutrido contingente de minorías territoriales, los llamados "panes", o partidos de implantación no estatal, de los que hoy no vamos a ocuparnos, en estas lides solo había dos tipos de peces, los grandes y los muy pequeños. Antes de 2015 nadie había sacado más que el PCE en 1979 (10,8%) pero menos que AP en 1986 (26%). De hecho, por debajo de cierto nivel ningún partido había aguantado más de dos guantazos electorales -salvo el PCE/IU, naturalmente- y todos desaparecían del mapa (PSP, UN, UCD, CDS, UPyD…) a la tercera como mucho; y salvo AP, que a la tercera saltó el umbral de rentabilidad. Pasado ese umbral uno cambiaba de liga: entraba en la de gobernar, y esa era cosa de dos.  [1]

El gráfico 1 presenta el perfil de proporcionalidad del sistema electoral entre 1977 y 2011. El eje vertical es la ratio entre la fracción de escaños y de votos o "tasa de ventaja" de cada partido. La línea de ventaja igual a uno indica la proporcionalidad perfecta, por encima hay ventaja y por debajo desventaja. Una métrica interesante, pero difícil de obtener, de un sistema electoral es su "umbral de rentabilidad", mencionado más arriba (breakeven point en el inglés de los autores que idearon estos gráficos) [2] En los sistemas proporcionales el umbral de rentabilidad es bajo (puede ser el 5% o menos) y pasado ese umbral el perfil es plano, los partidos apenas obtienen ventajas por encima de la unidad.  En los sistemas mayoritarios el umbral es alto (puede ser  del 25% o más) y pasado ese umbral la ventaja normalmente se eleva bien claramente por encima de la unidad.  La línea discontinua es solo una aproximación, una ayuda visual. Aunque no había datos para corroborarlo, antes de 2015 la distribución de los resultados en España hacía esperar que el umbral de rentabilidad estuviera más allá del 20% de los votos.

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Políticos historiadores

¿Historia como guerra cultural?

Es natural preguntarse, como cuestión de curiosidad profesional, por qué los políticos, o algunos de ellos, muestran tanto interés en hablar de historias y geografías más bien alejadas de la vida corriente y las preocupaciones productivas de la gran mayoría de sus representados: de la Conquista de América, de la Guerra Civil, de Venezuela o de Arabia Saudita, por ejemplo. Entiéndase, no es que no sea importante la memoria histórica -y, sobre todo, la recuperación de desaparecidos en la guerra- o que no sea saludable discutir sobre democracia en perspectiva comparada, o que no se pueda tocar la bola de la leyenda negra. Pero de los políticos generalmente sacamos poco al respecto: al fin y al cabo, una leyenda blanca no es menos sandía que una negra, y la cosa suele dar poco más de sí.  

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Sociología y parasociología

Recordarán o sabrán algunos de nuestros lectores que en 1996 el físico Alan Sokal escribió un maravilloso artículo daliniano, Trasgrediendo los límites: hacia una hermenéutica trasformativa de la gravedad cuántica , que derramaba salsa posmoderna sobre la física contemporánea con argumentos tan deliberadamente ridículos como compactos y seductores para quienes tuvieran el oído hecho a las boludeces, y el más cuestionable hábito de tomárselas en serio. Su objetivo era exponer, por vía de la burla, la debilidad intelectual de los “estudios culturales”, cosa que un poquito logró cuando el trabajo fue publicado porSocial Text, una revista académica relevante dentro de ese área, que picó en la broma.

Habrán sabido ya que tres académicos con bastante sentido del humor, James Lindsay, Helen Pluckrose, y Peter Boghossian, se han pasado casi un año escribiendo 20 artículos igualmente delirantes e intentándolos publicar, con bastante éxito, en determinadas revistas académicas. Ahora veremos cuáles. Han explicado el proyecto en Areo, una revista digital dirigida por Pluckrose. 

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Los dictadores muertos

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El arrastre de Pedro Sánchez y la cocina del CIS

El arrastre

El efecto de arrastre de una victoria política o electoral, las caras nuevas, las medidas anunciadas... todo ello tiene un valor en la opinión pública y en el presunto favor de los votantes. El efecto puede ser pasajero, algunos lo llaman incluso luna de miel, y no siempre se manifiesta igual (a veces no se da, todo hay que decirlo). Los especialistas discuten las causas -los perdedores se silencian, la gente cambia de opinión, los poco alineados se movilizan "verbalmente" para sumarse al carro ganador... Otros se rasgan las vestiduras cuando el viento hincha las velas de un ganador que nos es antipático -manipulación, inutilidad de las encuestas, análisis oportunista, estupidez del público... A primera vista, debería llamar la atención hasta de los más partidistas que el fenómeno principal que describe la encuesta es el hundimiento del PP. Lo razonable es atribuirlo al deterioro político de la corrupción, que la sentencia del caso Gürtel y la moción de censura llevaron a la altura de lo insoslayable para la mirada pública. El 17% de los ciudadanos en esta encuesta recuerdan haber votado al PP -lo hizo el 23% del censo- y solo la mitad de ellos piensan -pensaban a comienzos de junio- en volver a votar a ese partido. (*)

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¿Quién tiene ministerio de cultura?

Si su país es federal y se encuentra entre las primeras democracias avanzadas (voy a llamar así a los países que ya eran democracias cuando España hizo la transición) notará que no tiene ni ministra ni ministro de cultura y no lo ha tenido nunca. Es una prueba de tornasol inapelable para el federalismo entre las democracias más maduras, siete de un total de 24 países. Sí y solo sí es federal, no es cultural;  no basta el truco de descentralizar. Eso es lo que revela una lectura paciente de la Wikipedia. En todos los demás casos hay un ministerio de alto nivel con el nombre de "Cultura" en la puerta. Que además, menos en griego, japonés y hebreo, que no usan el abecedario, se dice siempre igual: o cultura o kultur, o cosa muy parecida, hasta en finés. Alcanzo a distinguir que los griegos usan el equivalente a "civilización" (la palabra tiene la raíz "polis"), pero lo pasamos por cultura. 

Los federales son estos:

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A la luz del farol

¿Quiénes creen, o han creído durante estos años, en la posibilidad real e inminente de la independencia de Catalunya? Se acaban de publicar los últimos datos del Sondeig d'Opinió Catalunya (n=1200) del  Institut de Ciències Politiques i Socials (ICPS), que desde 2015 realiza una pregunta interesante sobre cómo quieren los catalanes que termine el procés y, lo que ahora nos interesa más, cómo creen que terminará. El número de personas que, año tras año, sostienen que acabará con la independencia es siempre el mismo: en torno al 16% de la población de Catalunya. Estos son, aproximadamente, la mitad de los que lo desearían que el proceso culminara de ese modo. Casi todos ellos son partidarios de la independencia, pero no todos: más o menos uno de cada diez de los convencidos del futuro del procés, en su fuero interno, querrían otra cosa. 

Hace unos días, la ex-consejera Clara Ponsatí ha dicho: "estábamos jugando al póquer e íbamos de farol". Se ha leído como autocrítica, pero interesa la paradoja.  Si solo la mitad de los convencidos lo creen, es difícil que lo crean "el gobierno", "los españoles" o como llamemos a los presuntos destinatarios del farol (una forma específica de engaño). Cabe entonces pensar que los receptores pueden ser los catalanes no "procesistas", y aunque no haya sido muy eficaz, pues  solo una pequeña minoría ajena a los fines ostensibles del procés piensa que su resultado es inevitable, tampoco debe desdeñarse: en torno al 1,7% de los ciudadanos de Catalunya lo ven venir y no lo desean. En una entorno en el que algunos hacen gala de la convicción de que basta con alcanzar la mitad más uno -y se deja ver que ya se toca con los dedos- cada victoria cuenta. Sin embargo, esto pide, de nuevo, el principio, ya que casi todos sabemos que es imposible hacer una secesión sin consenso en tiempos de paz y democracia (y UE). Cabe, por último, pensar en una especie de refuerzo parecido al autoengaño (que no excluye lo anterior), aunque la idea de engañarse a uno mismo es enigmática. Tanto como hacerse trampas al solitario, ya que ha salido la baraja.

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