Este castillo no se encuentra en alto como otras fortalezas porque fue construido para defender un manantial de agua

La mayoría de las fortalezas construidas a lo largo de la historia en la península suelen coronar los cerros más elevados para vigilar el horizonte. Una privilegiada altura que, sin embargo, en ocasiones no se cumple, como un curioso viajero puede comprobar de cerca en la provincia de Sevilla, donde existe una construcción que desafía la lógica militar convencional. Se trata del Castillo de las Aguzaderas, una fortificación cuya estampa rompe con la tradición al situarse, de manera casi insólita, en una depresión del terreno rodeada de lomas. Mientras que la mayoría de los castillos buscaban la altura para la defensa, este enclave se esconde en una vaguada, revelando una prioridad distinta a la mera vigilancia territorial.

Esta joya arquitectónica se encuentra situada a unos tres kilómetros de la localidad de El Coronil, en plena campiña sevillana y a unos 50 kilómetros de la capital. El acceso al monumento es sencillo a través de la carretera A-376 en dirección a Montellano, aunque también es un destino popular para quienes practican senderismo o cicloturismo por la Vereda de las Aguzaderas. Su perfil se recorta nítidamente entre campos de girasoles, ofreciendo una imagen que parece detenida en el tiempo para los viajeros que transitan la zona. De hecho, el nombre de la fortaleza guarda una relación directa con la naturaleza salvaje que antaño poblaba estas tierras. 

Y es que, según la tradición local, el término “Aguzaderas” proviene de las rocas sobre las que se asienta el edificio, donde los abundantes jabalíes de la comarca acudían a afilar o “aguzar” sus colmillos. Este origen etimológico subraya la estrecha vinculación del castillo con su entorno natural y con la presencia constante de fauna en las inmediaciones del agua. Aunque se asienta sobre cimentaciones anteriores de origen árabe, la fundación del castillo que conocemos hoy data del siglo XIV. Fue reedificado en 1383 por Ruy Pérez de Esquivel y experimentó diversas modificaciones estructurales durante los siglos XV y XVI. A lo largo de su historia, pasó por diversas manos, desde el Cabildo de la Catedral de Sevilla, que lo construyó entre 1348 y 1355, hasta pertenecer a la influyente Casa de Medinaceli.

La razón fundamental de su ubicación en una hondonada no era otra que la protección del manantial de agua de la fuente de las Aguzaderas. En una zona de secano eminentemente agrícola, el control del agua era un activo estratégico superior a la ventaja táctica de la altura, pues de este manantial dependía el abastecimiento de toda la zona. Perder el dominio sobre esta fuente significaba condenar a la población, lo que justificaba el diseño de una fortaleza específicamente para custodiar este recurso vital. Durante los años de la Reconquista, el castillo desempeñó un papel crucial como parte de la denominada Banda Morisca. Esta era una línea defensiva de torres y fortalezas que mantenían comunicación visual entre sí para proteger la frontera cristiana frente al reino nazarí de Granada. A pesar de estar en un bajo, el Castillo de las Aguzaderas lograba mantener enlace visual con otros puntos estratégicos de la zona como el Castillo de Cote o las torres del Bollo, Lopera o el Águila.

Arquitectónicamente, el edificio es un exponente típico de la arquitectura militar medieval andaluza, con una planta prácticamente cuadrada y muros de gran altura. Posee cuatro torres cuadradas en sus esquinas y dos torres semicirculares en los frentes, destacando especialmente su imponente Torre del Homenaje situada en el muro sur. En el muro norte existe un cuerpo de menores dimensiones que tenía la función específica de defender el acceso directo al manantial. Es cierto que con el paso de los siglos el castillo perdió su función militar y estratégica, pasando a ser una propiedad privada más que incluso llegó a utilizarse para guardar ganado. En el siglo XIX fue donado por la Casa de Medinaceli al Ayuntamiento de El Coronil, que es su actual propietario. 

Abandono y rescate

Tras un periodo de abandono en el que incluso se proyectó convertirlo en una fábrica de jabón, el monumento fue finalmente rescatado del olvido para el disfrute público. De ahí que el valor histórico y artístico del recinto fuese reconocido oficialmente en 1923, cuando fue declarado Monumento Nacional. No obstante, debido a su estado ruinoso en aquel entonces, tuvo que someterse a una profunda restauración en la década de 1960 impulsada por el Ministerio de Cultura. Gracias a estas intervenciones, la fortaleza ha llegado hasta nuestros días en un buen estado de conservación, permitiendo que su estructura sea perfectamente legible para los visitantes.

En la actualidad, el Castillo de las Aguzaderas es un espacio vivo que se integra en la oferta cultural de la provincia de Sevilla. Es de acceso libre y gratuito, lo que permite a cualquier interesado recorrer su patio de armas, subir al adarve de la muralla o explorar las dependencias de la Torre del Homenaje. Además, cada verano sus muros sirven de escenario para la “Noche Flamenca Las Aguzaderas”, un evento que une el patrimonio histórico con el arte del flamenco en una experiencia sensorial única. Además y como toda fortaleza con solera, las Aguzaderas cuenta con su propia leyenda popular conocida como “La sombra del guerrero”. Se dice que, al caer la medianoche, la silueta de un antiguo soldado de la guarnición recorre el adarve realizando su ronda de vigilancia perpetua. 

Según el relato, el espectro espera el regreso de su amada, advirtiendo la tradición a los visitantes que llegan a leer o escuchar semejante leyenda que no se dejen ver por el recinto a esas horas para no ser confundidos con enemigos del pasado. En definitiva, este castillo representa uno de los tesoros ocultos más fascinantes de Andalucía, destacando por ser uno de los pocos ejemplos de toda nuestra geografía que no buscaba las alturas. Su historia, ligada intrínsecamente a la supervivencia a través del agua, ofrece una lección de estrategia medieval donde el recurso natural primaba sobre la posición geográfica. Visitarlo es, sin duda, una oportunidad para sumergirse en un pasado de batallas, leyendas y una cuando menos curiosa arquitectura militar.