Científicos plantean levantar un muro submarino de 80 kilómetros en el Thwaites para intentar frenar la pérdida de hielo del glaciar del Juicio Final

Cuando el agua se calienta, se dilata y gana volumen. Y mientras el hielo está congelado sobre tierra firme, esa agua no está en el mar. El aumento catastrófico del nivel del mar se plantea como una posibilidad real cuando grandes masas heladas liberan de golpe el agua que retenían, y esa liberación puede alterar ciudades costeras, puertos y zonas bajas en poco tiempo.

Hoy la preocupación no gira en torno a una marejada puntual, sino a un incremento sostenido que, acumulado durante años, desplaza la línea de costa y obliga a levantar defensas. La pregunta sobre si puede ocurrir en la actualidad depende de la estabilidad de algunos glaciares que almacenan suficiente agua dulce como para cambiar el mapa litoral.

Esa incertidumbre ha llevado a plantear intervenciones físicas en puntos concretos del planeta que intentan frenar el deshielo antes de que el volumen liberado acelere la subida global.

Un equipo internacional plantea levantar una cortina submarina para frenar el retroceso en la Antártida

En ese contexto encaja la propuesta de un grupo internacional que quiere levantar el llamado Seabed Curtain frente al glaciar Thwaites, en la Antártida, para frenar su retroceso y evitar una fuerte subida del mar. El plan consiste en colocar una barrera flexible anclada al fondo marino, a unos 650 metros de profundidad, con unos 150 metros de altura y cerca de 80 kilómetros de longitud, que bloquee la entrada de corrientes templadas bajo el hielo.

La idea parte de que el agua relativamente cálida que se cuela por la base está acelerando la pérdida de masa y que cortar ese flujo podría reducir el ritmo del deshielo. No se trata de detener por completo la fusión, sino de ganar tiempo mientras se reducen las emisiones que están calentando el océano.

El diseño aún no está cerrado, aunque la propuesta básica contempla una tela reforzada tensada mediante elementos flotantes y fijada al lecho marino con una base pesada. Algunos planteamientos apuestan por una única estructura continua, mientras otros sugieren dividirla en varios tramos para que no actúe como un gran paracaídas sometido a la presión del agua.

En 2024, modelos preliminares elaborados por glaciólogos apuntaron que esta solución podría reducir hasta diez veces el ritmo de pérdida en determinadas zonas, aunque esas simulaciones no han pasado por una prueba real.

Para avanzar, el equipo prevé instalar un tramo de 150 metros de largo y 40 de alto en el fiordo Ramfjorden, en Noruega, y estudiar también efectos ecológicos en el fiordo Mijenfjorden, en Svalbard, protegido por una isla en su desembocadura que permite comparar con otros entornos polares.

La iniciativa no ha convencido a toda la comunidad científica. Investigadores de la Universidad de Monash publicaron el año pasado un trabajo en el que calificaron la idea de no probada y alertaron del riesgo de “daño ambiental intrínseco” si se despliega una infraestructura de ese tamaño en un ecosistema polar. También dudan de que pueda construirse con la rapidez y la escala necesarias para responder a la crisis climática.

Otros expertos han llegado a describir el proyecto como una distracción frente a la reducción de gases de efecto invernadero, que consideran la medida principal para frenar el calentamiento del océano.

El enorme bloque helado del mar de Amundsen muestra señales de debilitamiento cada vez más rápidas

El glaciar Thwaites, apodado El graciar del Día del Juicio Final, ocupa una superficie comparable a la de Reino Unido o al estado de Florida y alcanza espesores de hasta 4.000 metros en algunos puntos. Está situado en el mar de Amundsen y su interior se encuentra en zonas que superan los dos kilómetros por debajo del nivel del mar, mientras que en la costa el fondo es más somero, una configuración que lo hace inestable.

El coste de este proyecto se medirá en miles de millones, pero el de los daños puede alcanzar billones

Su pérdida ya representa en torno al 4% del incremento global del nivel del mar y, si colapsara, podría añadir alrededor de 65 centímetros adicionales. Además, su desintegración abriría la puerta a la inestabilidad de amplias áreas de la Antártida Occidental, con potencial para sumar entre uno y dos metros más en los próximos siglos.

Los datos históricos muestran una aceleración clara. Desde la década de 1970 el flujo del hielo ha aumentado, y entre 1992 y 2011 la línea de apoyo central retrocedió casi 14 kilómetros. La descarga anual de hielo en la región se ha incrementado un 77% desde 1973, y estudios recientes que perforaron el tronco principal detectaron agua relativamente templada y condiciones turbulentas capaces de impulsar una fusión considerable en la base.

Algunos cálculos apuntan a que, si no se reduce el calentamiento o no se actúa de algún modo, el glaciar podría colapsar en las próximas décadas, liberando de forma directa al océano el agua que hoy retiene sobre tierra firme.

El presupuesto millonario abre un debate fuerte sobre si compensa asumir ese riesgo

El coste estimado del muro submarino podría superar los 80.000 millones de dólares, una cifra que ha alimentado el debate sobre su viabilidad. Marianne Hagen, codirectora del proyecto y exviceministra de Asuntos Exteriores de Noruega, defendió en declaraciones a IFLScience que “si es posible quitar 65 centímetros de subida global del nivel del mar con una intervención concreta en un lugar, estoy dispuesta a explorarlo”.

En otra intervención añadió que “el coste de este proyecto se medirá en miles de millones, pero el de los daños puede alcanzar billones”, al comparar la inversión con los gastos de reparar infraestructuras costeras y proteger a millones de personas que viven en zonas bajas.