Un Dalí de 1946 cambia de aspecto en 20 años y la ciencia identifica qué parte de la obra falla
Los cuerpos que parecen a punto de romperse al avanzar esconden una carga que pesa más por lo que representa que por su forma. En La tentación de San Antonio, Salvador Dalí pintó elefantes con patas extremadamente largas que transportan objetos muy concretos, y esos objetos explican la tensión de toda la imagen.
Sobre sus lomos aparecen estructuras como obeliscos, construcciones monumentales, figuras desnudas y elementos que remiten al poder, al deseo o a la riqueza material. Cada uno de esos elementos actúa como una tentación que se acerca al santo, que se protege con una cruz mientras permanece arrodillado.
Los elefantes avanzan cargados con todo eso, como si llevaran encima aquello que puede hacer tambalear a cualquiera. Sus patas, tan finas, dan la sensación de que en cualquier momento podrían ceder, y ahí está la tensión de la imagen, en ver cómo algo tan frágil sujeta un peso que parece excesivo.
Un estudio situó el deterioro poco después de 1946
Esa misma superficie, que muestra toda esa tensión escénica, también ha sufrido con el paso del tiempo. El estudio publicado en la revista Heritage, según recoge Artnet News, analiza el estado de conservación de La tentación de San Antonio y concluye que su deterioro comenzó poco después de ser pintada, en 1946. La investigación se llevó a cabo con la participación del European Centre of Archaeometry de la Universidad de Lieja, los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica y otras instituciones europeas.
El trabajo identifica materiales y procesos que explican los cambios en la pintura y sitúa su origen antes de que la obra ingresara en el museo en 1965. Ese análisis permite entender por qué ciertas zonas presentan alteraciones que no responden a una intención estética.
Para llegar a esas conclusiones, el equipo aplicó varias técnicas científicas sobre la obra. Utilizó fotografía en luz visible y ultravioleta, microscopía digital y mapas obtenidos con fluorescencia de rayos X. También recurrió a espectroscopía Raman, FT-IR y difracción de rayos X, además de analizar pequeñas muestras con cromatografía y espectrometría.
Ese conjunto de herramientas permitió ver cómo se distribuyen los pigmentos y cómo se organizan las capas de pintura, y también detectó productos que se generan cuando los materiales empiezan a degradarse.
La superposición de pigmentos provocó alteraciones en la superficie
El análisis de los pigmentos mostró una presencia amplia de blanco de zinc, blanco de plomo, negro de carbono, azules de cobalto y cerúleo, verdes con base de cromo y amarillo de estroncio. Los mapas químicos revelaron que las zonas con cambios más visibles coinciden con capas donde el blanco de zinc se aplica sobre capas con blanco de plomo. En cambio, cuando ese mismo pigmento se encuentra sobre la base de preparación, no aparecen esos problemas. Esa diferencia indica que la interacción entre capas produce alteraciones en la película pictórica.
Esas alteraciones se perciben en la superficie como pérdida de brillo, aumento de transparencia o textura irregular. Varias zonas, como la figura de San Antonio, su roca o elementos arquitectónicos, muestran ese aspecto desigual desde hace décadas. Los análisis indican que el problema empezó durante el secado de la pintura, cuando las capas aún estaban en proceso de endurecerse, y no como resultado de un envejecimiento lento a lo largo del tiempo.
Otro factor que interviene en ese proceso es el uso de ámbar como medio pictórico. Salvador Dalí describía este material como un recurso de gran valor, y lo empleó con mayor concentración en las capas finales. El equipo detectó ácido succínico, que confirma el uso de resina fósil de tipo báltico. Esa sustancia interactúa con algunos pigmentos y genera cambios con el paso del tiempo, sobre todo en presencia del blanco de zinc, que reacciona con el medio y altera la estabilidad de la capa.
Fotografías antiguas confirmaron daños ya presentes en los años cuarenta
La comparación entre fotografías tomadas en 1947 y en 1965 muestra que varios de esos cambios ya estaban presentes antes de que la obra entrara en la colección del museo. La transparencia y ciertas irregularidades se apreciaban en imágenes antiguas, lo que refuerza la idea de que el deterioro se produjo en una fase temprana. Ese dato permite descartar una degradación progresiva asociada solo al paso de los años.
El estudio también detectó cloro en toda la superficie de la pintura y en su marco original. Las concentraciones más altas aparecen en las zonas donde abunda el blanco de zinc. Los investigadores plantean que esa presencia puede deberse a la exposición a sales durante el transporte de la obra desde Estados Unidos en 1947, en un momento en que algunas capas aún no estaban completamente secas.
Catherine Defeyt, investigadora del European Centre of Archaeometry de la Universidad de Lieja, explica que “la degradación ocurrió muy pronto en la vida de la obra y ahora está estabilizada”. David Strivay, profesor en la misma universidad, añade que “el uso del ámbar, que Dalí consideraba un medio sublime, tuvo un papel inesperado en la evolución de la pintura”. Francisca Vandepitte, conservadora en los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica, señala que “los signos de envejecimiento se explican por la naturaleza del trabajo y por su historia material”.
Ese estado estabilizado permite exponer la obra sin riesgo, mientras los elefantes continúan avanzando con sus cargas intactas, apoyados sobre patas que parecen incapaces de sostener todo lo que llevan encima.