Esta fruta se embolsa en el árbol una a una antes de recolectarse y es uno de los símbolos del paisaje de esta zona aragonesa
Entre lomas ocre y valles fluviales labrados por los ríos Martín, Guadalope y Matarraña, resiste una tradición agrícola singular que define la identidad de esta zona del Bajo Aragón. A finales de cada verano, los campos entre Teruel y Zaragoza se transforman en el escenario de una cosecha admirada en el panorama agroalimentario. Y es que el célebre Melocotón de Calanda no es solo un fruto estacional, sino el reflejo vivo de un compromiso histórico con la excelencia agronómica. Esta fruta dorada se ha convertido en el símbolo del paisaje aragonés, donde el esfuerzo humano y la tierra ofrecen un producto de distinción.
El secreto de la excepcionalidad de este producto comienza meses antes de la recolección con una labor minuciosa conocida como el aclareo. Durante los meses de mayo y junio, los agricultores recorren las plantaciones retirando hasta el 70% de los frutos nacidos en las ramas. Esta drástica reducción se realiza de forma manual con el fin de garantizar una distancia mínima de veinte centímetros entre cada pieza restante. Gracias a esta práctica ancestral de selección temprana, los nutrientes del árbol se concentran en pocos ejemplares, logrando desarrollar una textura pulposa firme y un gran calibre.
Tras la selección del aclareo llega el paso más emblemático y laborioso que diferencia a este cultivo de cualquier otro en el mundo: el embolsado individual en el propio árbol. Entre los meses de junio y agosto, cada melocotón es introducido, a mano, dentro de una bolsa protectora de papel translúcido y parafinado. Esta funda transpirable protege la fruta de manera totalmente natural frente a plagas de insectos, inclemencias meteorológicas como el granizo y residuos fitosanitarios externos. Al madurar suavemente en su envoltorio, el fruto experimenta una maduración lenta y homogénea que le otorga una piel fina, uniforme y aterciopelada.
Amparado comercialmente por la variedad población autóctona conocida como Amarillo Tardío y sus clones seleccionados como Jesca, Evaisa y Calante, el melocotón presenta unos rasgos inconfundibles. Su gama cromática abarca tonos que van del amarillo crema al amarillo pajizo, exhibiendo en ocasiones una atractiva chapa rojiza en la superficie expuesta. El estricto reglamento técnico exige que cada pieza alcance un diámetro superior a los 73 milímetros para asegurar un calibre generoso y uniforme. Al retirar la bolsa protectora durante la cosecha, el melocotón revela una presencia impoluta y uniforme que delata de inmediato el cuidado artesanal recibido durante su desarrollo.
La zona geográfica delimitada por la Denominación de Origen Protegida comprende un territorio específico de 4.650 kilómetros cuadrados. Esta extensión abarca 45 municipios distribuidos entre las provincias aragonesas de Teruel y Zaragoza, situando a Calanda como epicentro histórico de la producción. Localidades como Alcañiz, Mazaleón, Maella, Caspe, Puigmoreno y Albalate del Arzobispo forman parte de esta comarca frutícola privilegiada de suelos calizos. El clima continental moderado de la comarca, marcado por veranos calurosos y la presencia del cierzo, resulta idóneo para moldear el carácter exigente de estas plantaciones.
En el plano organoléptico, el Melocotón de Calanda destaca por una firmeza crujiente al corte y una pulpa carnosa de irresistible dulzura. El Consejo Regulador exige un nivel mínimo de 12 grados Brix de azúcar para garantizar que cada fruto desprenda un aroma característico e intenso antes del primer bocado. Además de su excepcional calidad gastronómica, esta fruta ofrece valiosas propiedades nutricionales gracias a su elevado contenido en agua, fibra, potasio y betacarotenos naturales. Su baja aportación calórica y su riqueza en vitaminas de los grupos A, B y C consolidan a este manjar como un aliado perfecto para una alimentación equilibrada.
Distinción en 1999
El prestigio internacional de esta fruta obtuvo el máximo reconocimiento institucional en 1999 con la concesión de la Denominación de Origen Protegida. Para salvaguardar la autenticidad frente a imitaciones, cada envase certificado debe lucir el sello oficial del Consejo Regulador y una etiqueta negra numerada e individual. Este distintivo negro garantiza de forma transparente la trazabilidad completa del producto desde el huerto de origen hasta el punto de venta final. La comercialización en fresco se limita de forma estricta a los meses de septiembre y octubre, cuando la fruta alcanza su madurez óptima.
Más allá de su evidente valor gastronómico, este cultivo representa un motor socioeconómico vital para el mantenimiento del empleo rural y la estabilidad de la población en el Bajo Aragón. Miles de familias de agricultores perpetúan este saber hacer centenario que aúna la tradición campesina con modernas innovaciones en la protección medioambiental de los cultivos. Consumido fresco a mordiscos, en almíbar tradicional o integrado en elaboraciones de alta cocina como helados y tartas, el fruto sigue conquistando paladares exigentes a la vez que continúa siendo el orgullo de una tierra aragonesa que lo mima como parte imprescindible de su patrimonio agrícola.