El giro cultural que convirtió a Lacoste en icono del gueto
Lacoste nació en 1933 de la mano del tenista René Lacoste, apodado “el Cocodrilo”. Su prenda más icónica, el polo, fue revolucionaria: ligera, cómoda y pensada para el tenis, rompía con la rigidez de la ropa deportiva de la época. Durante décadas, el logotipo bordado se convirtió en sinónimo de elegancia deportiva y distinción social.
El polo Lacoste trascendió rápidamente el deporte. En los años 60 y 70, se integró en el estilo preppy y en los códigos de vestimenta de clases acomodadas en Europa y Estados Unidos. Vestir Lacoste significaba pertenecer a un entorno privilegiado, asociado a clubes privados, campos de golf y élites urbanas.
Sin embargo, su historia dio un giro inesperado en Francia a finales del siglo XX. En las banlieues (zonas periféricas marcadas por la desigualdad social) los códigos de la moda comenzaron a transformarse. Allí, las marcas de lujo y de estatus se reinterpretaron como símbolos de éxito y resistencia frente a la exclusión.
El auge del rap francés en los años 90 y 2000 fue clave en este proceso. Artistas y colectivos de las periferias adoptaron marcas como Lacoste como parte de su estética, proyectando una imagen de poder y reconocimiento. Lo que antes representaba la élite empezó a adquirir un nuevo significado ligado a la identidad urbana.
De los clubes de tenis a las calles: la reapropiación del cocodrilo
En este contexto, Lacoste dejó de ser solo una marca para convertirse en un símbolo cultural. Jóvenes de barrios populares comenzaron a apropiarse de sus prendas, transformando su significado original. El polo pasó de ser una pieza de tenis a un uniforme no oficial de la calle, cargado de códigos propios.
Este fenómeno ha sido analizado por estudios sociológicos sobre moda y consumo. Investigaciones sobre la cultura urbana en Francia destacan cómo ciertos grupos utilizan marcas de prestigio para redefinir su identidad y desafiar las jerarquías sociales, resignificando símbolos asociados a la élite.
Durante años, esta asociación fue incómoda para la propia marca. Lacoste trató de mantener su posicionamiento clásico mientras veía cómo su imagen era reinterpretada en contextos alejados del deporte o el lujo tradicional. Sin embargo, con el tiempo, esta conexión con la calle terminó influyendo también en su estrategia y percepción global.
Hoy, el cocodrilo representa una dualidad única en la moda: sigue siendo un icono de elegancia deportiva, pero también un símbolo de identidad urbana. Una historia que demuestra cómo la cultura puede transformar el significado de una marca, convirtiéndola en algo mucho más complejo que su origen.