Las Guerras Cántabras vuelven al primer plano gracias a un hallazgo arqueológico que ayuda a reconstruir el avance romano

El dominio romano de Hispania seguía incompleto cuando comenzaron las operaciones militares contra cántabros y astures. Aquellos territorios septentrionales fueron el escenario de las Guerras Cántabras, desarrolladas bajo Augusto entre los años 29 y 19 antes de Cristo. Roma llevaba cerca de dos siglos extendiendo su poder por la península, pero las comunidades de las montañas del norte mantenían su resistencia.

Las campañas exigieron movilizar legiones, establecer posiciones militares y combatir en regiones de relieve accidentado, mientras el nuevo régimen de Augusto consolidaba su autoridad. El sometimiento de estos pueblos culminó una etapa decisiva de la conquista romana de Hispania.

Las tropas romanas atacaron el poblado por el norte

Las posiciones militares establecidas durante aquellas campañas comienzan a identificarse junto a poblados indígenas de la vertiente cantábrica leonesa. Un equipo de la Universidad de León ha descubierto en La Ercina un campamento romano de 1,7 hectáreas, situado a unos 500 metros de La Peña del Castro. La institución relaciona este recinto con el asedio y la conquista del asentamiento de la Edad del Hierro, cuyos accesos podían vigilarse desde la fortificación.

La dirección del ataque contra La Peña del Castro ha quedado mejor definida gracias a las excavaciones de este verano. Los arqueólogos han confirmado que las tropas avanzaron por la ladera norte, donde las campañas anteriores ya habían encontrado indicios de un asalto. También se había documentado un incendio intenso que arrasó parte del poblado y destruyó construcciones importantes, incluidos dos templos identificados previamente. Estos resultados permiten reconstruir una operación militar alrededor de un asentamiento que conservaba sus propias estructuras defensivas y religiosas.

La destrucción del poblado podría haber continuado después de la conquista, una posibilidad que el equipo está investigando mediante nuevas excavaciones. Eduardo González Gómez de Agüero, codirector de la intervención arqueológica, plantea que algunas estructuras pudieron ser derribadas deliberadamente para romper los vínculos de la comunidad con su territorio. La presencia de una torre de vigilancia en la parte superior del asentamiento aporta otro elemento para estudiar cómo se ejerció el control tras el ataque.

La secuencia exacta de los acontecimientos sigue siendo objeto de investigación porque el ataque y la destrucción pudieron corresponder a fases distintas. El equipo deberá precisar cuándo se produjo el asalto y examinar si hubo una primera toma del poblado seguida de nuevas demoliciones. Esta distinción ayudaría a comprender las actuaciones romanas después de la victoria y la función que desempeñó la vigilancia del asentamiento.

Las tachuelas militares confirman la presencia de soldados romanos

El campamento descubierto presenta una planta cuadrangular y una entrada en clavícula, disposición característica de determinadas fortificaciones romanas de campaña. Su perímetro estaba protegido por una muralla de piedra local de 1,5 metros de anchura, cuya altura conservada actualmente es inferior a medio metro.

Los investigadores calculan que durante su utilización pudo alcanzar aproximadamente el doble de esa altura, mientras una plataforma interior de tierra de 12 metros de ancho reforzaba el muro y servía de ronda.

Los restos de armamento y las tachuelas de las suelas militares documentan la presencia de soldados romanos, junto con indicios de construcciones interiores realizadas con materiales perecederos. González Gómez de Agüero destaca el estado en el que se encuentra a día de hoy el recinto y señala que “uno de los aspectos relevantes es su estado de conservación”.

La identificación del recinto fue resultado de un proyecto arqueológico iniciado en 2013 y suspendido temporalmente durante la pandemia. Tras reanudarse, el examen del terreno mediante fotografía aérea, tecnología LiDAR y otras técnicas permitió detectar una anomalía que no correspondía a una formación geológica natural.

Las prospecciones de primavera localizaron la estructura y las excavaciones del verano de 2026 confirmaron su carácter militar romano. El LiDAR utiliza pulsos de luz láser para medir distancias y obtener representaciones detalladas del relieve, útiles para reconocer alteraciones del terreno.

El descubrimiento ayuda a reconstruir la conquista de León

La relación entre un campamento militar y un poblado atacado amplía el conocimiento de las Guerras Cántabras en la montaña leonesa. Aunque se habían localizado recintos romanos en Asturias, Cantabria y Palencia, la conexión arqueológica con asentamientos de la Edad del Hierro estaba menos documentada en esta zona.

Carlos Fernández, director del grupo de Historia y Arqueología de la Universidad de León, destaca que “es un paso importante para conocer cómo se realizó la conquista en la vertiente cantábrica leonesa, una zona en la que faltaba relacionar los campamentos romanos con los poblados de la Edad del Hierro”.

La proximidad de otros enclaves del valle del Porma ofrece además nuevas posibilidades para reconstruir los movimientos de las tropas por los pasos de la cordillera.