Una habitación oculta en los Andes revela que las élites prehispánicas empleaban drogas para legitimar su autoridad

Héctor Farrés

15 de mayo de 2025 14:40 h

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Durante siglos, levantaron templos sin tener cárceles ni ejércitos. Ni un arma, ni una celda, ni un castigo ejemplar. La autoridad no se imponía por la fuerza, sino por lo que parecía venir de otro mundo.

Las piedras hablaban, el sonido se transformaba en visión, y las sustancias alteraban la percepción. En ese contexto, la civilización Chavín encontró una forma insólita de sostener el orden social: a través del delirio inducido.

Un sistema de control que no necesitaba castigo ni fuerza

A más de 3.000 metros de altitud, en el actual Perú, las cámaras ocultas de Chavín de Huántar conservaban tubos de hueso cuidadosamente tallados, diseñados para inhalar vilca y tabaco silvestre.

Así lo detallan los investigadores de la Universidad de Stanford, que han vinculado el hallazgo a prácticas rituales de élites religiosas. Según sus análisis químicos, esos restos conservan rastros de compuestos psicoactivos con un alto contenido de DMT, una sustancia capaz de provocar experiencias visuales extremas. El uso de estas drogas no era abierto ni comunitario, sino reservado a un grupo restringido que habría utilizado el trance como vía de legitimación.

La arquitectura del complejo reforzaba la inmersión. Los pasadizos angostos, los cambios bruscos de luz y las salas con propiedades acústicas precisas se combinaban con trompetas hechas con conchas marinas que generaban un estruendo prolongado.

Las condiciones físicas y sensoriales se articulaban para intensificar los efectos de los psicotrópicos, en una especie de coreografía perceptiva que convertía lo invisible en tangible. Este diseño no servía solo a fines espirituales. Según los responsables del estudio publicado en PNAS, toda esa puesta en escena funcionaba como “una tecnología de control simbólico sostenida por el asombro”.

El acceso a esas ceremonias, muy distinto al de las tradiciones amazónicas más conocidas, estaba limitado a ciertos individuos. No era una celebración colectiva, sino un acto de poder. Solo quienes formaban parte de las élites religiosas o políticas podían vivir esas visiones inducidas, lo que transformaba las experiencias en herramientas para organizar el mundo.

Como explican los autores del estudio, “la desigualdad se naturalizaba mediante experiencias extraordinarias interiorizadas como certezas”. Y de esa forma, se consolidaban jerarquías sin necesidad de represión física.

Durante buena parte de su existencia, esta civilización mantuvo la cohesión sin guerras ni estructuras punitivas. No hay evidencias arqueológicas de cárceles ni de conflictos armados sistemáticos. En su lugar, los investigadores creen que el orden se sostenía gracias a la eficacia simbólica de los rituales.

Incluso la construcción de monumentos y templos habría contado con una participación voluntaria impulsada por esa red de creencias. El respeto no se imponía: se construía desde lo sensorial y lo sobrenatural.

El colapso espiritual que puso fin a una era

Sin embargo, ese equilibrio se rompió. Alrededor del año 400 a.C., los indicios de violencia interna aumentan de forma considerable. El registro arqueológico muestra una fractura en la autoridad espiritual que, hasta entonces, había canalizado la cohesión del grupo. Los rituales dejaron de ser suficientes.

El desgaste de las creencias, posiblemente impulsado por nuevas condiciones sociales o disputas internas, marcó el inicio de una etapa más fragmentada. Según los datos del estudio, “el declive del sistema coincide con una transición hacia formas más seculares de organización”.

Pese a su desaparición, el legado Chavín ha servido a los arqueólogos para demostrar cómo el poder no siempre se impone con violencia ni se sostiene con riqueza. La espiritualidad, cuando se articula con precisión, puede tener el mismo efecto.

La clave estaba en el acceso restringido a lo que se entendía como conexión directa con lo divino. Ese control del misterio, canalizado por sustancias alucinógenas y reforzado por la arquitectura, definía la relación entre autoridad y obediencia. Un sistema que, durante siglos, evitó la represión sin perder el dominio.