El heredero que pudo sobrevivir: el ingeniero ruso refugiado en República Dominicana al que su hijo identifica como el último Románov
El silencio de una madrugada cambió el curso de un imperio. En la oscuridad del sótano de una casa de Ekaterimburgo, la familia real rusa cayó bajo las balas de un grupo bolchevique que cumplía la orden de eliminar al zar Nicolás II, a su esposa Alejandra y a sus hijos. La violencia de aquella ejecución puso fin a más de tres siglos de dominio de los Románov y abrió una herida histórica que aún provoca debate.
La matanza, que debía borrar a una dinastía, alimentó durante décadas teorías sobre posibles supervivientes y destinos ocultos. Esa duda, sostenida en la falta de pruebas inmediatas y el hermetismo del nuevo poder soviético, ha seguido inspirando libros, películas y hasta investigaciones familiares que buscan respuestas, como ha publicado recientemente Listín Diario en República Dominicana.
El ingeniero ruso que llegó a la isla con un secreto a cuestas
George Slujalkovsky Felix, hijo de un refugiado ruso que llegó al Caribe tras la Segunda Guerra Mundial, retomó ese misterio. En marzo de 2020 publicó Alexis Nicolaevichs Romanov: escape, persecución y muerte, un libro que plantea que su padre, George Nicolás Slujalkovsky Fidler, podría haber sido el propio zarévich Alexéi, el heredero que muchos creyeron muerto junto a los suyos.
El relato se enlaza con el hecho histórico que conmocionó a Rusia en 1918. Aquella noche, el zar, su esposa y sus cinco hijos fueron asesinados en el sótano de la Casa Ipatiev, en Ekaterimburgo, lo que puso punto final a la dinastía. Durante décadas, el destino de los cuerpos y las versiones sobre posibles fugas generaron una cascada de teorías, desde las protagonizadas por Anastasia hasta las que señalaban la huida del joven Alexéi. Las pruebas forenses y el ADN, obtenidos entre los años 90 y 2010, confirmaron científicamente la ejecución total, aunque la Iglesia Ortodoxa Rusa nunca la ha reconocido como verdad definitiva.
Según relata Listín Diario, el 26 de noviembre de 1949 el barco Charlton-Sovereign llegó a Santo Domingo, entonces Ciudad Trujillo, con más de 700 desplazados europeos procedentes de Shanghái. Solo 160 fueron aceptados, entre ellos un ingeniero ruso llamado George Nicolás Slujalkovsky Fidler. Los registros de inteligencia lo describían como un hombre de muchas habilidades, políglota y reservado. En el país trabajó como ingeniero minero y formó una familia con una dominicana, con la que tuvo cinco hijos.
Durante el régimen de Rafael Leónidas Trujillo, Slujalkovsky fue vigilado y detenido bajo sospecha de poseer una gran fortuna y de promover ideas comunistas. Un documento firmado por el subsecretario de Guerra, Fausto E. Caamaño, ordenaba su seguimiento “discretísimo”. En julio de 1950, mientras estaba preso en la Torre del Homenaje de la Fortaleza Ozama, envió un memorándum solicitando su libertad y negando vínculos con comunistas, alegando incluso haber combatido a grupos de ese signo en China y Filipinas.
Una desaparición que alimenta la sospecha de un linaje roto
En 1955, tras pedir permiso para viajar a Brasil, partió con su familia rumbo a Sudamérica. Al llegar, el empleo prometido nunca existió y quedaron sin recursos. Su esposa, María Engracia, logró regresar a la República Dominicana con sus hijos, pero a él se le negó la repatriación por “antecedentes”. Según el libro, Trujillo habría ordenado eliminarlo. En Brasil permaneció oculto, incomunicado durante años.
Las cartas que envió a sus hijos desde el exilio estaban vigiladas. Llegaban abiertas y con fragmentos rotos. En una de ellas escribió frases que su hijo nunca olvidó: “Ustedes tienen sangre azul” y “dentro de mi nombre encontrarán mi verdadero nombre”. También dejó otra, más enigmática: “¿Quién soy yo en realidad? Solo lo sabe el señor”. George padre murió en Brasil en circunstancias nunca aclaradas; su cuerpo desapareció y la tumba estaba vacía cuando su hijo fue a buscarla en 1989.
El libro, resultado de dos décadas de investigación, recoge documentos, cartas y fotografías que intentan sostener la posibilidad de que aquel refugiado fuera el último heredero de los Románov. “Mi papá siempre insinuó que él era Alexis”, dijo George Slujalkovsky hijo al medio dominicano. Su obra fue escrita junto a la investigadora salvadoreña Lidia Prous Rossell, que falleció antes de concluir el libro.
La historia no resuelve el enigma, pero deja constancia de una vida marcada por huidas, silencios y un parecido físico imposible de ignorar. El supuesto zarévich murió sin revelar su secreto, y su hijo convirtió esa duda en una búsqueda pública que mantiene viva una pregunta centenaria: si alguno de los Románov logró escapar del sótano de Ekaterimburgo.