Un hombre enterrado en una barca revela una rara cepa de lepra en la Alemania del siglo V
El cementerio de Fallward no deja de sorprender a los arqueólogos. El célebre yacimiento del periodo de las grandes migraciones (siglos III al V d. C.) puede presumir de un nuevo hallazgo. Uno más que añadir a su larga lista, entre los que figuran una impresionante silla tallada en un solo bloque de madera y conocida internacionalmente como el trono de las marismas. Y otras decenas de tumbas en un gran estado de conservación.
Ahora, investigadores del Instituto de Biología Molecular Clínica (IKMB) de la Universidad Christian-Albrechts de Kiel y del Instituto de Baja Sajonia para la Investigación Histórica Costera (NIhK) han identificado otro ejemplo de concreto de movilidad en la época. Se trata de un hombre que procedía de la región del Danubio y que resulta que estaba infectado con un patógeno de la lepra muy poco común.
“Es el primer individuo de este grupo que se ha identificado en Europa”, asegura Daniel Myburgh, del IKMB y autor principal del estudio, publicado en la revista iScience. Además de este hombre, el grupo de ADN Antiguo del IKMB analizó otras diez muestras óseas para esclarecer posibles relaciones genéticas y detectar rastros de enfermedades infecciosas.
Una forma inusual de lepra
El hombre había sido enterrado en una barca junto con numerosos objetos funerarios de madera, cerámica y metal. “Los objetos funerarios hallados en la tumba despertaron un particular interés científico; entre ellos se encontraba una silla, artísticamente decorada y tallada en un tronco de aliso. Además, el hombre poseía un cinturón militar romano tardío, lo que sugiere que el difunto tenía contactos a lo largo de grandes distancias”, explica Hauke Jöns, del NIhK.
Pero los objetos no fueron lo único sorprendente. Los análisis genéticos confirmaron que el hombre era originario de la región del Danubio y que padecía una forma inusual de lepra, una enfermedad infecciosa crónica que durante siglos se consideró una enfermedad letal e incurable.
El patógeno específico con el que dieron los investigadores pertenece a un grupo cuyo representante más antiguo conocido proviene de Egipto, datando de entre los siglos IV y II a. C. Aún no se ha detectado en Europa Central ni Septentrional.
“La lepra es una enfermedad crónica. Pueden pasar años antes de que aparezcan síntomas claros. El hombre aún no había sufrido ningún daño óseo. O bien padecía una forma asintomática de la enfermedad, o bien esta solo había afectado a los tejidos blandos. Es posible que haya viajado largas distancias mientras portaba la enfermedad”, explica la profesora Almut Nebel del IKMB, también autora del estudio.
Los análisis genéticos confirman así la imagen de un hombre que, aunque enterrado en la costa del Mar del Norte, tenía sus raíces en la región del Danubio y vínculos con el sureste de Europa y el Mediterráneo. Probablemente, vivió allí durante un tiempo, teorizan. Y esa movilidad la atribuyen a su ocupación: mercenario del ejército romano o comerciante, entre otras posibilidades.
Más allá de sus orígenes, los autores subrayan la complejidad de las historias de vida individuales durante la Antigüedad tardía, así como la movilidad de los patógenos en un mundo interconectado a través de vastas distancias. Una realidad otra vez acreditada durante los siglos III al V d. C.